Babel
Javier Hernández Alpízar
“Desmentir a la AP, a la UPI / ésa es también misión del poeta”, decía Ernesto Cardenal en su Canto Nacional y en las antologías, como Poesía de uso, que divulgaron sus versos por toda Hispanoamérica.
Las agencias de prensa forman parte de la guerra. Su manera de mostrar u ocultar una guerra es parte de la guerra. Por lo menos desde la primera invasión a Irak, en los años noventa del siglo pasado, los reporteros de guerra son encerrados en un lugar seguro a esperar el boletín del ejército estadounidense o llevados por los militares, a donde los militares quieren, para reportar lo que el ejército quiere.
En México, tendremos que aprender esa lección, hoy que la militarización es el eje central de la política real, una política de facto.
Al inicio de una guerra del pueblo nicaragüense por deshacerse de una dinastía dictatorial (los Somoza), hubo un incidente que es ilustrativo de cómo transmitir la guerra se puede salir de control a un régimen represivo. Así lo platica Ernesto Cardenal al escribir sus memorias: “Describo la muerte de Julio Buitrago (…). Y que fue televisada por Somoza: cientos de guardias con ametralladoras y camiones, tanquetas, aviones y helicópteros, embistiendo contra una vivienda; y cuando de ella no sale ni un tiro más, descubren que había sido un sandinista disparando solo. La transmisión fue suspendida inmediatamente para anunciar un jabón. (Durante el gobierno sandinista la Fuerza Aérea todos los 15 de julio bombardeaba con flores esa casa).
“Después describo la muerte de Leonel Rugama –continúa Cardenal– en un combate similar, basándome en una crónica del diario La Prensa. Eran tres, de 18, 19 y 20 años (el mayor era Leonel) cercados por el batallón elite de Somoza, con jeeps, buses, camiones, ametralladoras, tanquetas, cañones, guardias aun a varias cuadras de distancia, y arriba una avioneta y también un helicóptero, sin que el ejército supiera cuántos eran los que estaban disparando en aquella casa. Y los tres murieron sin rendirse.”
“Y grita un militar: “¡Ríndanse / (que están cercados!” / allí fue que gritaste dicen / ¡Que se rinda tu madre! y/ ya eran miles los / (espectadores viendo la película /pueblo, montón de pueblo, el pueblo por /el que morían”…
El régimen somocista trasmitió eso por TV porque quería mostrar al público nicaragüense la enorme superioridad de la Guardia Nacional sobre los focos guerrilleros. Pero el tiro le salió por la culata. La gente, irritada contra la dictadura, simpatizó con los jóvenes guerrilleros que no se rindieron. Y la frase “¡que se rinda tu madre!” se volvió una consigna política pintada clandestinamente en las calles.
Los militares estadounidenses expertos en contrainsurgencia han estudiado todos estos fenómenos y son parte de sus enseñanzas antiguerrilleras y antipopulares a los militares de América Latina. El gobierno mexicano y sus diferentes fuerzas armadas, policiacas y militares, se han estado preparando desde 1994 y no han dejado de hacer todos los ajustes necesarios en su estrategia.
El control de la televisión es básico, porque es el único medio que llega a casi toda la población. Además con la fuerza de la imagen y la persuasión de la cotidianidad.
Difícilmente se arriesgan a pasar escenas de guerra en la TV y, en todo caso, son escenas editadas, controladas, editorializadas en vivo por los locutores, no dejando ningún margen de ambigüedad que pueda tener el efecto de rebote. Eso hicieron con la famosa imagen de un policía de la PFP tirado e inconsciente pateado en los güevos por un manifestante. Incluso Carmen Aristegui terminó indignada contra los “macheteros” de Atenco. Esa imagen era parte de la guerra, decía lo que los militares necesitaban que dijera. De ahí al asalto policiaco militar de Atenco el 4 de mayo de 2006 había solamente un paso.
¿Qué transmiten por la televisión durante la guerra? No aparecen los paramilitares, ni los de Chiapas, ni los de Oaxaca, ni los de Guerrero. No aparecen los pueblos organizados. Atenco es simplificado en un manifestante que el patea los güevos a un policía ya caído. Oaxaca es reducida a un Flavio Sosa, el eterno entrevistado y hoy el único preso político reconocido por AMLO. Los zapatistas no existen, excepto un odiado villano llamado “Marcos”, de quien solamente se dice lo que se necesita: las críticas a la izquierda institucional (editadas, sin mencionar las críticas a los otros partidos, PAN y PRI) y la “legitimación” de otro grupo armado, también editada, porque leyendo el texto completo se habla de “diferencias” que no excluyen el respeto y se habla de su demanda de presentación de desaparecidos, sin “legitimar” nada más. Pero el término “legitimidad” es una obsesión allá arriba, la repetición y hasta el abuso de esa palabra, sus sinónimos y antónimos, es un síntoma de la ausencia de lo que la palabra significa.
Leamos, pues, la TV con cuidado. Porque es un mensaje cifrado del régimen. Dice de manera cuidadosa algunas cosas y oculta cuidadosamente otras. Hay que leer no sólo la literalidad, hay que leer sintomáticamente.
Toda escritura y toda expresión tiene sus lapsus, sus mensajes no voluntarios, y por ellos se conoce al emisor, tanto o más que por lo que dice y lo que calla.
Leamos un comercial donde el régimen vende la “reforma electoral”. Aparece un grupo de “ciudadanos” que platica en la sobremesa, en un lugar donde lo más probable es que paguen con tarjeta de crédito. Alaban la “reforma” porque así la democracia será “más barata”, dejarán de haber “inconformes con los resultados” (el subtexto cínico, acepta, normaliza y banaliza los fraudes electorales: lo importante es que la gente acepte los resultados), incluso vende la ilusión de que habrá en otras ocasiones “mejores propuestas”. Los diálogos son totalmente inverosímiles, ni las esposas de los funcionarios del IFE se tragarían tales peroratas. Pero el síntoma aparece al final: En el señor que da lustre a los zapatos del hombre que lleva la voz cantante en los diálogos. El ciudadano “ilustrado” que explica y saca conclusiones pregunta a su sirviente, de manera impositiva, si ya entendió (subtexto, lo cree imbécil) y el bolero contesta con un idiotismo, además, servil: “Sí, jefe, a la reforma del estado hay que sacarle brillo”. Lo mejor de todo es que ese idiotismo del personaje no sólo transparenta el clasismo y racismo de los productores del spot televisivo y radial (por eso a los funcionarios del IFE con sueldos escandalosamente altos les gusta que les den lustre a sus zapatos, eso alimenta sus fantasías señoriales y les hace producir filosofía barata: “¿puede alguien ser feliz sin unos zapatos bien lustrados?”), además transparenta otra cosa, el límite de la ciudadanía postulado por sus teóricos.
Nunca han sido ciudadanos todos los hombres y mujeres mayores de cierta edad. A pesar de la prédica de la ideología liberal de “igualdad de todos ante la ley” (con la cual Zedillo intentaba justificar ante algunos indígenas llevados para escenografía su incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés) y de la consigna “un hombre, un voto”, la ciudadanía siempre ha estado ligada de facto a otros signos de status: la propiedad es uno de ellos, otro es estar alfabetizado.
El mensaje sintomático es que se trata de convencer a quienes tienen poder de compra, por lo menos para pagar a quien les lustre los zapatos. Además, incluye cierto grado de alfabetización que les permita, por lo menos, repetir como pericos los eslóganes del IFE y de los académicos que producen sus teorías, de la “transición a la democracia” a las recientes especulaciones sobre democracias “defectuosas”, “imperfectas” o quién sabe qué carajos se están inventando ahora.
Fuera de ella quedan los “idiotas”, literalmente, los que no tienen un discurso político propio (ni siquiera repiten como pericos lo que dicen los “jefes”), sino que escucharán el de sus patrones: ellos les dirán por quién votar y hasta puede que compren su voto, con dádivas o amenazas, o combinando ambas: “Los regalos hacen esclavos como los latigazos hacen buenos perros”, dice un sabio refrán de los esquimales.
Otra lectura posible, de las muchas que la TV podría generar si la leemos como síntoma, como un mensaje que envían no sólo Azcárraga y Salinas, sino Slim y los que verdaderamente gobiernan, entre ellos los militares, otra lectura, pues, es la siguiente.
Felipe Calderón da un mensaje anunciando que aplazó el alza a la gasolina. Leer ese mensaje, en el contexto de la campaña que tiene La Jornada para hacer aparecer a AMLO como el líder de los usuarios de la gasolina en México, es otro gran síntoma. Cuando fue aprobada la medida por los legisladores, TV Azteca incluyó entre las voces críticas, a las que TV Azteca hizo aparecer como quienes tienen la razón, a AMLO. Un villano favorito era, por un momento, de los suyos.
El mensaje es claro: No existen las mujeres violadas, de Ciudad Juárez a Atenco (Carmen Aristegui se deslindó públicamente de un pronunciamiento de Mujeres sin Miedo), de Michoacán a Castaños, Coahuila. No importan. No existen los paramilitares que las organizaciones indígenas, campesinas y populares denuncian en Chiapas, Oaxaca, Guerrero y la Huasteca. No existe la guerra contra los de abajo. La voz de Luis Villoro, en unas líneas, en El Correo Ilustrado sale a título individual y apela a la solidaridad internacional. La “inteligencia” mexicana ya palmó.
¿Quiénes existen? ¿Quiénes son ciudadanos? ¿De quiénes se disputan el “liderazgo” los “presidentes” mexicanos (el de las televisoras y el de La Jornada)? Los usuarios de la gasolina.
Sin embargo, ni siquiera a esos les tienen un mínimo de respeto. Creen que los pueden manejar con spots en TV y radio o con una eterna campaña electoral en La Jornada. En el fondo, les conceden apenas unos gramos de inteligencia más que al “idiota” que contesta “Sí, jefe”. Les conceden la inteligencia para repetir como loros lo que dicen los columnistas “democratólogos”.
Olvidan, los señores de la guerra y de la TV, que tienen todas las cosas bajo control hasta que algo se salga de su control. ¿Qué tal si esos “idiotas” que imaginan no son tales? ¿Qué tal si en lugar de contestar con un “sí, jefe” cualquier día contestan que no?
Nadie puede asegurar que eso pasará, pero nadie pude asegurar que eso no pasará nunca, que es imposible que un día el bolero se levante y le embadurne la jeta al señorito que lo alecciona y humilla.