Hipólito Rodríguez
Frente al ruido imperante, me gustaría empezar haciendo un elogio de las virtudes del silencio. El silencio es un bien común que hace posible la reflexión y la serenidad en las relaciones humanas. El silencio es el espacio en el que se desenvuelve la transmisión del conocimiento y donde adquiere sentido la comunicación. El silencio es el ámbito natural en el cual se hace posible la creación y la música.
A pesar de su importancia, desde hace algunos años, el silencio ha comenzado a convertirse en un bien escaso. Poco a poco, de múltiples modos, el silencio ha empezado a convertirse en rehén de una serie de dispositivos técnicos que invaden nuestra vida cotidiana. Curiosamente, muchos de esos dispositivos se presentan como instrumentos de comunicación, pero en la práctica no contribuyen a mejorar los canales de entendimiento entre las personas, sino que más bien se han configurado en los más potentes enemigos de las relaciones de convivencia. Hoy, en cualquier lugar, podemos advertir que los individuos, sobre todo los más jóvenes, se hallan atrapados por dispositivos de comunicación que más que propiciar su integración a la comunidad, suscitan el aislamiento.
De acuerdo con la teoría de la comunicación, un mensaje sólo tiene vigencia si logra conectar a dos personas, emisor y receptor, las cuales comparten un código y un contexto. La comunicación en este sentido constituye un rasgo esencial de las relaciones humanas: gracias a la comunicación podemos ejercer nuestra capacidad para articular sentido, para construir relaciones de cooperación y convivencia, para apropiarnos de nuestro entorno y compartir la riqueza de significados que nuestra cultura ha producido. En la comunicación, tanto el que habla como el que escucha, cuentan con la libertad de emitir y recibir. De hecho, podría decirse que no hay dialogo sin libertad: para que la comunicación sea efectiva, los que participan en ella han de contar con espacios de autonomía. A partir de esa autonomía, los que se comunican dan su anuencia para recibir y trasmitir los mensajes que les importan, sin más restricciones que las que ellos acuerdan.
La comunicación deja de ser genuina cuando alguien obliga al otro a recibir su mensaje. Cuando, de un modo unilateral, sin consulta previa, alguien supedita al otro y lo coloca en calidad de entidad pasiva, como mero receptáculo de sus mensajes, hablamos de una situación autoritaria. En este sentido puede decirse que, en una dictadura, el ciudadano ha perdido los espacios de diálogo, desde el momento en que no puede replicar a los mensajes del emisor dueño del micrófono. No hay verdadera comunicación ahí donde las personas han sido despojadas de su facultad de replicar, de compartir el micrófono, de asumir un papel activo en el proceso de construcción de sentido.
El autoritarismo no es un fenómeno que solo ocurra en el plano de la política. También se observan fenómenos de autoritarismo en el terreno de la publicidad y en las relaciones interpersonales. El silencio impuesto por la televisión comercial no es un verdadero silencio: se trata de la orden de callar y acatar los mensajes que imperativamente nos envía el comerciante: “compra, consume, adquiere, vístete, diviértete, haz lo que yo te digo”. El silencio autoritario equivale a una situación impuesta por un emisor que se ha adueñado del proceso de comunicación y coloca a los receptores en calidad de obedientes escuchas, cuyo único margen de acción consiste en asumir órdenes.
Merced a las nuevas tecnologías, en los últimos años asistimos a un fenómeno nuevo en el terreno de la comunicación. Más que aumentar nuestras posibilidades de diálogo, vemos que poco a poco deja de haber equidad en el diálogo y se nos obliga a aceptar monólogos. Se nos imponen mensajes por todas partes, mensajes indeseables, mensajes que se repiten e inundan todas las esferas de nuestra vida cotidiana. No se invita a la reflexión, se conmina al acatamiento. Esto ocurre lo mismo en el mundo comercial que en el mundo político: ambos se instalan en todos los ámbitos de lo visual, en las camisetas, en la televisión, en las calles, en el radio, a la hora de la comida, antes de dormir, al hacer deporte, al mirarse en el espejo, al hacer el amor, al mirar nuestro cuerpo desnudo, al planear nuestro tiempo de ocio.
Podrá pensarse que sólo hablamos de generalidades. Pero solo basta ver nuestro presente cotidiano. Un día en la vida común de un ciudadano de Xalapa puede transcurrir de la siguiente forma.
En la mañana, apenas va a empezar el día, nos despierta el penetrante sonido emitido por el altavoz de un camión que, para vender gas, nos avisa de que ya llego, ya esta aquí, el maravilloso producto que es preciso comprar. Una canción estridente y que pretende ser simpática, nos recuerda que el día ya comenzó. Pero no es solo una empresa la que nos invita a adquirir el indispensable combustible. Son tres o cuatro las que compiten por convencernos y en el transcurso del día las escucharemos. Un poco después, una motocicleta empieza a tocar de modo insistente su claxon para indicarnos que ya podemos salir a adquirir tortillas. Necia, terca, la motocicleta da vueltas y vueltas, tocando su chillante claxon, para exigir que salgamos a comprar su producto. Este fenómeno se repite varias veces a lo largo del día, y sobre todo un poco antes de las comidas. No es posible que las personas que preparan sus alimentos se sustraigan a tan convincente invitación. Mientras tanto, los vecinos pueden tener la generosa intención de compartir con nosotros sus gustos musicales. No falta en el barrio la casa que ocupa el espacio público difundiendo una guapachosa canción de moda a todo volumen. A veces, este afán de compartir tiene ruedas: ahora es común encontrarse a ciudadanos cuyos vehículos van cimbrando las calles con sus poderosos aparatos de sonido. Probablemente estas personas han perdido parte de sus facultades auditivas, pues no puede explicarse de otra manera el alto volumen con que escuchan dentro de sus estrechos carros sus canciones favoritas. Podría argumentarse que el ruido que hacen los coches, los trailers y los autobuses obligan a subir el volumen, pero la verdad es que incluso en zonas poco transitadas se escuchan estas bocinas motorizadas.
También en la oficina, en las escuelas, en los espacios de trabajo, nos hallamos expuestos a este acoso. A menos que uno habite en lugares apartados, el frenesí del comercio nos persigue con su ruido. Si antes el merolico contaba sólo con su voz para seducir a sus clientes, ahora las tiendas forcejean entre ellas para ver quien usa más decibeles para atraer a sus ensordecidos consumidores. El comercio establecido y el comercio ambulante poseen poderosos aparatos de sonido para convocar a todos a comprar. Ya no se trata sólo de que habitemos en una sociedad pregonera, sino de que nos hallamos secuestrados por una sociedad mercantil que persigue al consumidor en cualquier rincón de su existencia. Si salimos a comer a algún restaurante, no puede faltar ahí la televisión, la rockola o el radio, emitiendo a todas horas algo que pretende ser alegre o divertido. Desafortunadamente, son cada vez más escasos los lugares donde puede uno disfrutar de un silencio convivencial, un silencio propicio para la conversación o para la reflexión. Si la naturaleza le tiene horror al vacío, pareciera que nosotros le tenemos un horror al silencio. Tal vez hay un pánico a celebrar los momentos de introspección.
Xalapa ha devenido una ciudad muy ruidosa, pero como he tratado de mostrar, no es una excepción. Hay ciudades en Veracruz donde los taxistas persiguen en la calle a los peatones, tocando el claxon detrás de ellos, pues a los choferes les resulta inadmisible que alguien quiera caminar, habiendo tantos vehículos desocupados. Hay ciudades donde la música tropical goza de cabal salud y se expande gracias a la tecnología por todas partes, inundando cualquier resquicio de serenidad. Puede uno desear alejarse de la ciudad y su ruido, y viajar en autobuses, pero ni ahí se dispone de un momento de silencio: estamos obligados a escuchar la agresiva y sonora intromisión de películas que no hemos escogido ni nos apetece ver.
Rescatar el derecho al silencio es un desafío mayor. Se trata de una lucha ciudadana por hacer respetar espacios de autonomía. La invasión de la que es víctima el silencio sólo puede ser detenida acudiendo a normas que entre todos debemos construir. En Veracruz contamos desde 1949 con un código legal que pretende establecer limites al ruido, pero a casi sesenta años de su existencia, podría afirmarse que este código nació siendo letra muerta. La principal avenida de la ciudad es una carretera por la que circulan camiones que rara vez acallan a sus escapes. El ensordecedor paso de esos transportes hace que la ley se convierta en mudo testigo de nuestra vulnerabilidad. Para proteger el silencio como bien común se hace indispensable emprender no sólo el camino legal, imponiendo normas y prohibiciones, sino también la educación ambiental, concientizando a todos del terrible impacto que poseen todas las formas del ruido como sustancias contaminantes en la calidad de nuestra vida.
Ivan Illich decía que “A menos que tengamos un altavoz, seremos silenciados”. Es una cuestión de equidad el cuidar que no se nos imponga la voz del comercio o de los políticos. Es una cuestión de democracia que se respete nuestra voz y nuestro silencio. Es una cuestión de salud pública el evitar el grito y la estridencia. Más que gritar, debemos apelar a la construcción de consensos entre ciudadanos.
Muchas gracias.
