Lectores de Tarkovski, Becerra, Montejo,
Sabines, Cardenal y Tsvietaieva
Poetas mujeres y hombres con versos propios
Erotismo, humor, lo erudito y lo popular
Javier Hernández Alpízar, Jalapa, Ver.– Con la heterodoxia gráfica del arroba (@), que se usa lo mismo para codificar buzones electrónicos que para inventar un género plural e incluyente para ellos y ellas, en todas las identidades y preferencias posibles: “L@s Amoros@s”, Los amorosos, Las amorosas, Adictas y Adictos a la poesía, realizaron su primer maratón en el foro abierto del Agora de la Ciudad.
Obviamente bajo el patronazgo simbólico de un poeta popular, por sus lectores, a quien en los recitales, cuando no encontraba “Los amorosos” y hojeaba la antología Nuevo recuento de poemas, le decían a gritos la página en que se encuentra esa espacie de himno de los solitarios que se pasan la vida dándose, y buscando sin encontrar, según expresa el poema.
La música fue apenas un puente para tomar respiro, el sábado 16 de febrero, y si bien hubo atención y gusto para oír algunas canciones, el oído estuvo dedicado a escuchar poemas leídos en voz alta.
El foro del Agora se convirtió en un resonador de la poesía, con una dinámica que, da la impresión, en lugar de promover poetas como figuras, promueve los poemas, la lectura y el gozo.
Sin proponérselo, la primera ronda fue de lectores más que de autores, y miren que alguna parte del público esperaba escuchar poemas en voz de sus autores, pero Rosi Caudillo eligió compartir algunos poemas del poeta ruso Arseni Tarkovski, padre del cineasta Andréi Tarkovski, cuyo cine también es favorito de la lectora, y el ya por siempre joven poeta tabasqueño José Carlos Becerra. Cuitláhuac Pascual compartió poemas del venezolano Eugenio Montejo. Marisol Torres leyó poemas del autor de “Los amorosos”, que da título al maratón, el chiapaneco Jaime Sabines. Alguien leyó unos poemas del nicaragüense Ernesto Cardenal. Y el bloque terminó con un descubrimiento para la mayoría de los presentes, cuando Yesenia López leyó a la poeta rusa Marina Tsvietaieva.
Luego Víctor Arteaga rompió el hielo leyendo los primeros poemas propios y el público mostró que eso esperaba, con una escucha atenta.
Un paréntesis musical lo hizo el oaxaqueño Víctor Díaz, con algunas rolas y trovas con sabor a son oaxaqueño, derivado de las chilenas de la costa.
A continuación el trovador acompañó con su guitarra una ronda de lecturas de las tres fundadoras Adictas a la poesía, que leyeron de amor y con humor, erotismo y desparpajo: Angélica González, Mirna Parra y Mirna Valdés. La tercera de las cuales llevó el programa, como lo que tradicionalmente se llama maestra de ceremonias.
Jorge Abrego leyó poemas irreverentes, con un ritmo y respiración que algo tiene del hip hop, y pasó de la poesía escrita al acto poético cuando convirtió una instalación, minitelevisión con una veladora encima, en una pinkfolydiana e iconoclasta acción rompiendo el monitor con una macana: Poesía sí, televisión no, sería más o menos la traducción.
María Rosa leyó poemas propios y de su hijo, Froylán Malpica; un chica de Tlaxcala que pasaba por ahí y se acercó, Rocío Jiménez, recitó versos anarquistas de una poeta de apellido Lezama. María Antonia leyó sus poemas de versos cortos, casi minimalistas como “pies descalzos / pisan la tierra morena”, inspirado en su abuelo. Alicia Castillo regresó a lo jocoso con poemas eróticos del siglo XIX y uno del XX, pícaros y risueños.
Samuel Aguilera llegó con un par de versadas jarochas y leyó textos dedicados a la mujer, a la madre (preguntándose incluso qué Edipo nos heredó esa costumbre de asociar uno y otro tema) y a la propia muerte, con el estilo, léxico e imaginería campesinos. Y cerró la niña María Camila con algunas lecturas algo complicadas para su edad.
El balance fue satisfactorio para algunos asistentes, por la variedad de lo leído; por la genial idea de hacerlo en una plaza pública (ya que normalmente lo hacen en el Café Teatro Tierra Luna) y porque no se usó la música como hilo conductor del recital (para ella hay diversos foros), sino la poesía hablada, la palabra como un tesoro ella misma.
Los ruidos del parque, voces, tambores afro, el ruido de un helicóptero, a veces se entrometían y otras eran parte de la atmósfera de poemas que después de todo nacieron de la música de la vida en la calle o en los campos, en los paisajes naturales y humanos rusos, tabasqueños, venezolanos, chiapanecos, nicaragüenses, oaxaqueños, jarochos y jalapeños.
Un buen lance en el camino de “poetizar la vida y socializar la poesía”, como es el lema, según su blog (http://www.adictosalapoesia.org/), a pesar de que nadie se animó a leer como espontáneo, aunque había algunos libros para tomar, lo cual hubiera sido muy audaz desde la primera vez.
El cierre lo hizo, desde el más allá, el patrono de Los Amorosos, con una grabación – aplausos y todo– del poema de los que están solos, solos, solos.