Javier Hernández Alpízar
Si en lugar de un texto, se tratara aquí de un altar, una ofrenda, una mesa de flores y agua, luces y comida, papeles de colores y fotografías, tendrían que estar presentes las imágenes de algunos muertos cuya presencia es de todas maneras actual, más aún que la de muchos vivos cuya opacidad los vuelve ya un peso muerto antes de “irse”.
Tendrían que estar, por ejemplo, y a sabiendas de que se olvidarán muchos nombres, pero la memoria obliga a poner a éstos: la comandanta Ramona, Raúl Jardón, Gregorio Selser, Digna Ochoa y Plácido, Griselda Tirado Evangelio, Pável González, Ernestina Ascencio, Ollin Alexis Benhumea, Francisco Javier Cortés Santiago, Felícitas Martínez y Teresa Bautista, Bradley Roland Will, Grace Sally y muchas otras personas, algunas que fallecieron por causas naturales que truncaron una vida de lucha, y otras a quienes la represión policiaco militar, o la descomposición social y la impunidad prohijada desde el poder, como las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez y otra ciudades, ha hecho víctimas de la violencia social y política en cada rincón del país.
Ante la imposibilidad de enlistar siquiera, ya no digamos los nombres de todas, expediente vasto, incluso la de enlistar cada masacre de colectivos, comunidades, de Tlatelolco a Wolonchán, de Atenco a Viejo Velasco y Chinkultic, pasando por el Jueves de Corpus y Aguas Blancas, o por las ejecuciones que han ocurrido en la contrainsurgencia en Guerrero, en la Huasteca, en Chiapas, tomaremos un nombre que simboliza, para esta columna, a todos esos muertos, los de Atenco, Oaxaca, Chiapas, los de todas estas luchas que el poder quiere, y no logra, cortar de tajo: Ollin Alexis Benhumea.
Una manera de entender la importancia de no olvidar a “nuestros muertos”, es la que tienen los indígenas, los de Bolivia, los de Chiapas y los nahuas de Morelos que hoy enfrentan la represión militar, como parte de un ciclo de la vida que está hecho para que nazcan nuevas vidas, nuevas personas que vengan a tomar parte en la lucha por recuperar la tierra, el agua, el aire.
Recuperarlos no sólo de la enajenación que implica su privatización y su inserción en el capitalismo, sino de la intoxicación por los desechos que arroja a sus cuerpos la vida urbana e industrial impuesta militarmente a los campesinos que se niegan a dejar sus tierras, desde México, Guatemala, hasta cada rincón. De esa lucha por la tierra es ejemplo claro Atenco, y de los costos que la represión policiaco militar hace pagar a sus defensores.
En estos días de muertos habrá ofrendas en lugares diversos, como en Los Angeles, California, donde la Federación Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB) pondrá un altar por los muertos de Oaxaca, algunos de ellos asesinados por la policía y los paramilitares precisamente en estas fechas, cuando en Oaxaca las calles olían a las flores de las ofrendas a los muertos. Leer el resto de esta entrada »


Publicado el 22 de Octubre de 2008