El opio del desarrollo

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Babel
El opio del desarrollo
Javier Hernández Alpízar
La idea de “desarrollo” es una estrategia de naturalización del capitalismo. Si aceptamos la noción de desarrollo, aceptamos un paquete de conceptos que incluye la idea (falsa) de que el capitalismo es la forma natural y normal de ser del mundo social.
La idea de desarrollo es el sucedáneo del desacreditado y pasado de moda “progreso”. Idea que a su vez fue la secularización incompleta –si gustan, la profanación– de la idea de una divina providencia o de un plan de la historia de la salvación.
La noción de desarrollo se basa en el prejuicio de que existe una línea que inicia en “lo primitivo” y deriva paulatina, progresiva y evolutivamente en un estadio cada vez mejor. Hay en esta fabulación moderna un esquema según el cual toda historia humana o social debe seguir esta línea ascendente de mejoría constante y tendencialmente infinita.
Este supuesto lo comparten –por encima o por debajo de sus diferencias y polémicas– ideologías típicamente modernas como el liberalismo y su refrito el neoliberalismo, el marxismo (secularización de la idea religiosa del socialismo utópico) y el positivismo (hermano gemelo del neoliberalismo, los “científicos” porfiristas son los ancestros de los doctores neoliberales de hoy).
Complementariamente a la idea de desarrollo, proceso pensado como “deber ser” de todo grupo humano, están, según esta mitología, las sociedades “menos desarrolladas”, “en vías de desarrollo” o “subdesarrolladas”.
Esta noción es una especie de ganzúa ideológica con dos funciones:
La primera es ocultar la “dependencia”, es decir la refuncionalización de pueblos y culturas enteras para servir a los intereses de una metrópoli. No se trataría así de pueblos expoliados, saqueados, vampirizados por su metrópoli, sino pueblos “primitivos”  a los que hace falta “desarrollar”.
La otra función del pseudoconcepto de “subdesarrollo” es proponer más de lo mismo como medicina: Más neoliberalismo, más desregulación, más subordinación, más entreguismo, hacerse más dependientes, colonial y estructuralmente, de la metrópoli para “alcanzar el desarrollo”. Es como decir: Estás mal por insuficiencia de capitalismo, aumenta la dosis de capitalismo para mejorar. Receta del doctor FMI.
La noción de desarrollo como esquema explicativo que se pretende universal y necesario (“científico” y “objetivo”) es falsa. Como falsa fue su predecesora hoy casi jubilada, la idea de progreso.
No hay un desarrollo, progreso o evolución lineal absoluto en la historia de una sociedad humana; en toda historia humana hay avances y retrocesos (que no siempre son como la receta de baile leninista: dar un paso atrás para adelantar dos). Solamente por un prejuicio creemos que somos mejores que nuestros antepasados. Considerado más fríamente, los pueblos que han cometido (¿hemos?) los crímenes de Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki, Vietnam, Guatemala o la masacre cotidiana que desangra hoy a México no son (somos) necesariamente mejores que civilizaciones anteriores que tuvieron sistemas de castas, esclavitud o guerras floridas, junto a altos niveles en nociones matemáticas y espirituales. Incluso los males de una y otra sociedad histórica se asemejan tanto que parecen sólo cambiar de nombre.
Los actuales presidentes o primeros ministros de países como Canadá, los Estados Unidos o México no son evidentemente mejores que el rey poeta texcocano Netzahualcóyotl.
No obstante, creemos en el desarrollo con la fe ciega que pueblos anteriores creyeron que la tierra era plana o que sacar corazones de guerreros y deportistas era la única manera de mantener vivo al sol. Hoy le sacamos el corazón a la tierra y la despanzurramos para mantener vivo no al sol, sino a la especulación de una transnacional en la bolsa de valores.
No adelantamos mucho pegándole al desarrollo adjetivos para hermosearlo, tales como “sustentable”, pues son alcahuetes del mismo proxeneta.
Entonces ¿qué proponemos? Lo que siempre nos preguntan los creyentes y fieles (musulmanes) del Desarrollo (así con mayúscula, como dios tutelar). Proponemos salir del maniqueo y falso debate entre quienes están “a favor” del desarrollo y quienes están “en contra”. De hecho ambos quieren (sin son de buena fe) mejorar la vida humana, pero se enredan en una falso desacuerdo propiciado por un concepto tan falso como engañoso.
Pensar sin usar la noción de “desarrollo” nos libera de una pseudoconcreción, una ilusión, una superstición. Nuestras ideas serán menos confusas si la dejamos atrás. Podremos pensar de manera más concreta y clara en la vida humana y en la vida de las otras especies, ya no como medios o como víctimas para sacrificar en el altar del insaciable e incomprensible dios Desarrollo (máscara del dios Capital, el dios Dinero), sino como seres que se merecen respeto tal como son, independientemente de nuestras necesidades, deseos, ambiciones o prejuicios.
Desechar la noción de desarrollo no quiere decir deslegitimar la aspiración a mejorías. De hecho, proponemos tirar a la basura la noción de desarrollo para mejorar nuestras ideas y la transformar la realidad también. Pero las mejorías pueden y deben pensarse  como concretas, finitas, contextualizadas. Y de preferencia, en diálogo, no como imposición y hegemonización.
La noción del desarrollo como proceso ascendente que tiende al infinito no es solamente falsa (el planeta es finito), sino contraproducente. En lugar de mejorar el mundo, imponiendo el dictado del poder en nombre suyo, el planeta ha empeorado. Y cuando decimos empeorado nos referimos a que ponemos en peligro de extinción a la especie, tal como ya hemos extinguido a muchas especies. Si el criterio de mejoría es la biodiversidad (y la diversidad humana) más que desarrollo vivimos en franca involución.
Eso para no abundar en que la idea de desarrollo (un paquete ideológico revulsivo) comparte muchos prejuicios discriminatorios como ser androcéntrica, adultocéntrica, racista (supremacista blanca), eurocentrada y otros similares.
En otras palabras, el capitalismo no es natural ni perenne. De hecho la conservación de la especie y de la posibilidad de la vida en el planeta exige hoy su abandono, desmantelamiento, y la remediación, en la medida de lo posible, de sus daños.
La noción de desarrollo usada para tratar de explicar, o peor aún para normar a las sociedades, es tan científica como la explicación de que el mundo se sostiene en una tortuga, que está sobre cuatro elefantes, que su vez descansan sobre…
Apuesto que si un lector creyente fervoroso del desarrollo tuvo la paciencia de llegar hasta aquí debe estar pensando que preconizamos el primitivismo o el regreso al huevo originario. Eso solamente prueba cómo funciona el prejuicio del desarrollo. Por eso a quienes se oponen a sus agresiones se les ataca sin más diciendo que “se oponen al desarrollo”.
¿Queremos entender qué significa en verdad el “desarrollo”? Ciudad Juárez como polo de desarrollo, como modelo a seguir. Y Japón, que después de Fukushima es una llaga abierta, pero era hasta hace pocos años el modelo a seguir.
El desarrollo es el opio de los neoliberales. Es como una religión sin valores ni humanos ni divinos, pero hecha de puros misterios “evidentes”. No resiste a un análisis serio. Mejor desechémosla, con buen humor.

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