Redes de traficantes que operan en el sureste traen desde Centroamérica a mujeres y niñas, quienes son retenidas y explotadas sexualmente en bares o casas clandestinas
Evangelina Hernández
El Universal
Miércoles 02 de diciembre de 2009
Nancy no quiere saber nada de México. Se empeña de día y de noche en tratar de olvidar la pesadilla que vivió al cruzar los más de 4 mil kilómetros que separan a Guatemala de Estados Unidos. Los recuerdos y las huellas de dos meses y medio de violaciones, torturas y golpes la persiguen, la atormentan. Esos 75 días de hambre y sed le borraron el brillo de sus ojos y las ilusiones con las que salió de su país los primeros días de agosto del año pasado. Todavía el rostro de su captor se aparece en sus sueños para recordarle que si lo denuncia la va a matar a ella o a alguien de su familia.
Diez días después de que empezó su travesía, Nancy por fin logró subirse de polizón al tren en la parada de Arriaga, Chiapas. De un salto se alcanzó a agarrar de los tubos de uno de los vagones. Respiró profundo varias veces. El miedo y la adrenalina de haberlo logrado la perturbaron por segundos. El grito de otro migrante de origen centroamericano la hizo reaccionar: “¡Agárrate fuerte, no te vayas a caer!”. Se amarró a los fierros con un cinturón. Poco a poco se fue relajando hasta que se quedó dormida. Había pasado como hora y media cuando una sacudida del ferrocarril la despertó y le mostró la peor parte de la aventura.
Cuatro hombres con el rostro cubierto y un arma “imponente” entre las manos la bajaron del tren, la empujaron hasta subirla en la parte trasera de una camioneta Van y la llevaron a una vieja casa donde empezó la pesadilla.
Rafael su hermano relata lo que a Nancy le duele repetir. La secuestraron cuando el tren se detuvo en la comunidad de Las Anonas, un pequeño poblado del municipio de San Pedro Tapanatepec, Oaxaca, lugar que en los últimos tres años se ha convertido en el azote de los caminantes centroamericanos.
En esa zona de la ruta de los migrantes, un grupo de hombres armados que se hacen llamar Los Zetitas, a quienes supuestamente el cártel de Los Zetas les cobra una cuota por operar en la región, asaltan, violan y matan a los indocumentados que viajan amarrados al lomo de los vagones del tren con la esperanza de dejar atrás la pobreza y llegar al norte. Autoridades, maquinistas y hasta algunos lugareños se aprovechan de la vulnerabilidad de los centroamericanos, “les sacan lo poco que traen de su país”, denuncia Alejandro Solalinde, coordinador diocesano de la Pastoral de Movilidad Humana en el sur.
La desdicha de Nancy empezó en la estación Las Anonas de la empresa ferrocarrilera Chiapas-Mayab. “La bajaron del tren junto con otras personas, pero a ella la apartaron inmediatamente del grupo y la subieron a una camioneta”, comenta Rafael, vía telefónica, desde Estados Unidos. De sólo recordar se le quiebra la voz. Le duele saber que su hermana fue obligada, a golpes y bajo amenazas de muerte, a realizar un video pornográfico. “Varios hombres la violaron durante la filmación”.
En una breve conversación dice que los secuestradores le prometieron a ella que la iban a dejar ir después de ese “trabajito”, pero no fue así, “después del primer video, siguió otro y otro”. Días después, no sabe cuántos, se la llevaron a Tijuana, Baja California.
En un burdel de la frontera norte de México, Nancy, con sus escasos 20 años, fue presentada como la “novedad de un table dance”. La obligaron a prostituirse hasta que completara “una cuota”, que los mismos captores le impusieron. Dos meses y medio después de que la bajaron del tren le sacaron a golpes el número de teléfono de sus familiares. Leer el resto de esta entrada »




