La crisis del maíz

Armando Bartra, La Jornada, 17 de febrero.- Saldo de 25 años de neoliberalismo y  abandono del campo. La defensa del maíz, lucha contra el hambre y el  éxodo.

Lo que vale una tortilla: Asia es impensable sin arroz, y Europa  inconcebible sin trigo. En cambio aquí, en Mesoamérica, nos estamos  quedando sin maíz. Y los gobiernos dicen que no hay problema, que son  cosas del mercado y que el mercado las va a remediar… algún día.

Así, en 2007 los mexicanos amanecimos pagando casi el doble por la  tortilla. Todo porque desde hace 25 años los neoliberales en el poder  dejaron de fomentar la milpa alegando que importar era más barato, de  modo que hoy, cuando en el mundo se disparan las cotizaciones de un  cereal que se emplea también -y crecientemente- para la producción de  etanol, tenemos que comprarlo fuera y a cualquier precio, porque aquí  escasea, pero también porque hay ocultamiento y especulación.

Con una producción anual promedio de 20 millones de toneladas, México  todavía es autosuficiente en maíz blanco. Aunque, visto más de cerca,  esto no es tan buena noticia, pues las cosechas que han crecido son los  cultivos del noroeste, sobre todo de Sinaloa; siembras de riego,  intensivas en agroquímicos y de altos rendimientos, que además acaparan  los subsidios; en cambio, la producción maicera en tierras de temporal  y con menores rendimientos no ha dejado de disminuir.

Así, el maíz devino agronegocio empresarial mientras la milpa campesina  se estancaba y retrocedía. Además de que la autosuficiencia es sólo en  maíz blanco, en cambio traemos de Estados Unidos un promedio de 7  millones de toneladas anuales del amarillo, que es para uso industrial  o forrajero. Pero cuando hay escasez y precios altos en el mercado  mundial, el maíz blanco se exporta con subsidio, se da al ganado en  sustitución del amarillo y se oculta con fines especulativos.

De modo que siendo autosuficientes y aun excedentarios en el grano para  consumo humano, para completar lo que se ocupa en las tortillas debemos  comprar en el extranjero un maíz caro, amarillo y en parte transgénico.  Si queremos comer, los mexicanos necesitamos importar más de 100 mil  millones de pesos anuales en alimentos, entre ellos 25 por ciento del  maíz que aquí se consume. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Por qué, si antes nos  dábamos abasto sobradamente, caímos en la dependencia?

La respuesta es sencilla, pero alarmante: porque desde los ochenta del  pasado siglo los tecnócratas en el poder renunciaron voluntariamente a  la soberanía alimentaria en nombre de las “ventajas comparativas”; un  paradigma según el cual es mejor exportar mexicanos e importar comida  que apoyar a los campesinos para que cultiven aquí nuestros alimentos.  El resultado ha sido dependencia alimentaria y migración, es decir,  hambre y éxodo.

Y cuando los precios del maíz se disparan, y con ellos los de la  tortilla, el huevo, el pollo, la carne de puerco… los empleados de  Calderón proclaman que los designios de la oferta y la demanda son  inescrutables, limitándose a autorizar importaciones que servirán para  que se siga especulando, y a convenir con los acaparadores un aumento  de “sólo” 30 por ciento. Incremento brutal para quienes tienen en la  tortilla su principal alimento, que por si fuera poco no se respeta.

Racismo alimentario.- El maíz es identidad porque es el sustento de  los pobres, el alimento básico de la mayoría del pueblo mexicano. En El  nuevo cocinero mexicano, libro de recetas publicado en 1831, se define  al maíz como “Planta (…) indígena del suelo americano (…) que se ha  cultivado con sumo provecho de la gente pobre, que en su fruto ha  encontrado un alimento sano, sabroso al paladar y barato”.

Sin embargo, después de la apología, se afirma también que: “este ramo  de industria se ha descuidado enteramente con notable perjuicio de los  pobres, que tendrían pan a menos precio, por ser siempre más barato el  maíz que el trigo”.

Por su parte, unos años antes, el científico y viajero Alejandro  Humboldt escribía, refiriéndose a México: “…el maíz debe considerarse  como el alimento principal del pueblo, como lo es también de la mayor  parte de los animales domésticos (…) El año en que falta la cosecha  de maíz es de hambre y miseria”.

¿Por qué, entonces, si fue y es tan importante, el maicero ha sido un  ramo enteramente descuidado, como ya en 1831 reconocían los autores del  Nuevo cocinero mexicano? Las razones son muchas, pero una de ellas -y  no poco relevante- es, precisamente, que el maíz es el alimento de las  mayorías, de los pobres, de los herederos de las culturas  mesoamericanas originarias. Maíz es lo que comen los indios, lo que  comen los campesinos, lo que come el peladaje.

Y los criollos y sus herederos, que desprecian a la indiada, desprecian  también el grano que la alimenta. Así las cosas, el maíz ha sido  relegado por consideraciones racistas. El desprecio racial a los  pueblos originarios ha sido una constante de la derecha mexicana, tanto  la criolla, como después la afrancesada y hoy la agringada. Desprecio  que se complementa con la subestimación de las lenguas, culturas y  alimentos vernáculos.

Pero además de discriminatoria, la derecha es socialmente insensible y  le tiene sin cuidado el hambre del pueblo, salvo cuando se alborota, de  modo que ni por razones culturales ni sociales le preocupa mayormente  la falta de maíz.

Un inmejorable ejemplo del racismo alimentario de la derecha lo  encontramos en Francisco Bulnes. Hostil a Benito Juárez, favorable a  Porfirio Díaz y enemigo de la revolución de 1910, Bulnes renegaba  también de quienes defendían los derechos indios, con argumentos  idénticos a los de derechistas de hoy, como Enrique Krauze. “Los yaquis  eran bárbaros y pretendían ser nación, como un francés de la nación  francesa” -escribía nuestro ultramontano en la inmediata  posrevolución-.

“En México 35 por ciento de la población es de indios aborígenes (…)  y según la doctrina de los defensores de los yaquis, los mestizos,  criollos y extranjeros propietarios (…) deben restituir a los  aborígenes todo lo que los españoles les quitaron (…) El zapatismo ha  sido una consecuencia lógica del yaquismo (…) Ningún mexicano debió  haber aceptado la existencia de una nación yaqui de cualquier otra  clase dentro de la nación mexicana”.

Pues bien, este antindianista radical era consecuente y sostenía  también la superioridad racial de los blancos comedores de trigo sobre  los prietos comedores de maíz y los amarillos comedores de arroz, razas  de segunda cuya proverbial barbarie y molicie justificaba cualquier  exceso civilizatorio en que tuviera que incurrir el hombre blanco.

Más sofisticado y reciente que el de Bulnes es el racismo embozado que  alega la ausencia en el maíz de dos aminoácidos esenciales para la  alimentación: lisina y triptofano, como presunta explicación científica  de la incapacidad de los mexicanos para acceder a los niveles de  bienestar y cultura de las naciones desarrolladas. ¿Cómo va a prosperar  -sostienen- un pueblo que se alimenta de un grano propio para animales?

Aparte de la obviedad de que ningún pueblo se sustenta sólo en un  cereal, pues todos son nutricionalmente limitados, y de que la cultura  del maíz se apoya también en el frijol, el chile y otros alimentos, el  argumento seudocientífico es una muestra más de racismo alimentario. El  desprecio racial al maíz y a los mexicanos de a pie se expresa muy  claramente en los periodos de crisis agrícola, cuando caen las cosechas  del cereal.

En estas coyunturas es habitual que se enfrenten dos posiciones: la de  quienes reivindican la importancia de recuperar la producción maicera  campesina, por razones económicas, pero también de justicia social y de  preservación de la cultura, y la de quienes reducen la cuestión a un  asunto de mercado, por lo que apuestan a la importación y, en todo  caso, a la producción intensiva y empresarial del grano.

Las reacciones frente al estancamiento de la producción maicera durante  los años setenta del siglo pasado -crisis que rompió una larga historia  de autosuficiencia y tuvo que compensarse con importaciones crecientes  con las que se satisfacía la cuarta parte del consumo total-  ejemplifica esta confrontación, en términos que se han mantenido  básicamente iguales durante los últimos 30 años.

La exposición El maíz, fundamento de la cultura popular mexicana, con  que Guillermo Bonfil inaugura el Museo Nacional de Culturas Populares,  es una de las respuestas a la crisis de los setenta; una acción  político-cultural con la que se reivindica el carácter nacionalista e  indianista de la defensa de la milpa. En el libro publicado en 1982 con  motivo de la exposición, encontramos argumentos que hoy, cuando  seguimos importando 25 por ciento de lo que consumimos, resultan  plenamente vigentes:

“Para romper el círculo vicioso de la dependencia es preciso alcanzar  la autosuficiencia alimentaria. Y para ello sólo hay dos posibilidades.  Una es reproducir, en escala nacional, la situación que predomina en  las relaciones económicas internacionales: dejar en manos de las  empresas trasnacionales y sus aliados internos la producción de  alimentos básicos. Esto implica que el Estado debe concederles grandes  subsidios para asegurarles altas tasas de ganancia (…)

La otra es apoyar las iniciativas populares; la lucha por la tierra y  por la autonomía en la producción; las demandas campesinas por mejores  precios a sus productos y por conservar una mayor proporción de su  cosecha, como medio de asegurar su subsistencia y desarrollo”.

No es accidental que 20 años después, en 2002, el Museo Nacional de  Culturas Populares haya realizado una segunda exposición con el mismo  tema, titulada Sin maíz no hay país, y tampoco es casual que la fórmula  se haya transformado en lema de las luchas recientes de productores y  consumidores.

Defensa de la diversidad.- La reivindicación de la milpa -la defensa  de la producción campesina de maíz- es una lucha contra el hambre y el  éxodo, un combate por la soberanía alimentaria y por la soberanía  laboral. Pero es también una batalla, aún más profunda y decisiva, por  preservar la pluralidad cultural y la diversidad biológica, de las que  depende no sólo el futuro del país, sino también el futuro de la  humanidad.

Pese al implacable emparejamiento tecnológico y cultural del último  medio siglo, el mapa de los maíces mexicanos es aún la cartografía de  los pueblos originarios. Nuestra diversidad maicera es raíz y sustento  de nuestra diversidad étnica. Pero el maíz está amenazado no sólo por  la insuficiencia de la producción y el acoso de las importaciones, sino  también por la tendencia a transformar un cultivo campesino de milpa en  una siembra intensiva empresarial.

Lo más valioso del maíz es su diversidad; las cerca de 300 variedades  de una planta domesticada que se desarrolló en múltiples condiciones  agroecológicas y que se fue adaptando a distintos fines. Pero esta  espléndida multiplicidad, que originariamente se correspondía con la  pluralidad cultural, se ha venido erosionando y hoy apenas se cultiva  una treintena de variedades. Y así como son diversos los maíces, lo es  la milpa en que se siembran y la producción campesina de la que forman  parte.

En la parcela tradicional hay maíz, pero también frijol y calabaza, y  por lo general la familia cultiva igualmente algunas hortalizas y  frutales, sostiene animales de traspatio, aprovecha el acahual y el  bosque, practica la caza y la pesca. Diversidad virtuosa que también se  está perdiendo por el avance de una especialización que se impone a  través de la propia naturaleza del paquete tecnológico.

El mundo campesino no fue avasallado por la implacable extensión del  comercio que transformó en mercancías una parte creciente de sus  insumos y de sus productos; tampoco fue derrotado por el latifundio  expropiador de las mejores tierras, ni por la competencia desleal del  empresario agrícola, ni por la rapiña del usurero, ni por la inequidad  del coyote, ni por la torpeza del burócrata.

La debacle profunda del mundo campesino empezó con la insidiosa  inducción de una tecnología que carcome el núcleo duro de su  racionalidad, al sustituir la laboriosa conservación de la fertilidad  natural por el empleo de máquinas e insumos de síntesis química;  recursos que terminan por hacer de la tierra un simple sustrato estéril  dependiente de los fertilizantes sintéticos y por mudar el equilibrio  biológico basado en la diversidad en un frágil monocultivo cuyas plagas  sólo los más feroces pesticidas pueden abatir.

Hoy, el campesino está preso en las asimetrías del mercado, pero  también, y sobre todo, en la perversidad de un modelo tecnológico que  lo obliga a emplear dosis crecientes de abonos químicos que  proporcionan una apariencia de fertilidad pero agotan los suelos; que  le exige el uso de herbicidas y “selladores” -propiamente llamados  “mata todo”- que destruyen las diversas formas de vida, y por la  aplicación de agresivos pesticidas que envenenan los suelos y las aguas  enfermando al agricultor y a los consumidores.

Una milpa donde se aplica Gramoxone es una milpa en la que no puede  haber matas de frijol y de calabaza; es una milpa a suelo raso, sin  biodiversidad y propensa a las plagas; es una milpa crecientemente  contaminada por pesticidas y cada vez más dependiente del fertilizante  químico, y es, por último, un cultivo cada día más caro cuya cosecha ya  no paga el costo de los insumos.

El paradigma campesino de producción, que había resistido con  prestancia desarrollos agronómicos en última instancia basados en el  manejo tradicional del agricultor, es herido de muerte hace medio siglo  por una “revolución verde” cuyas fuentes son la mecánica y la química.

Y recibirá la puntilla si no detenemos a tiempo la amenaza de los  transgénicos; una tecnología que, como los híbridos de la revolución  verde, fortalece la dependencia respecto de las trasnacionales que la  producen, pero que a diferencia de los primeros, amenaza a la  diversidad biológica desde el corazón, desde el propio germoplasma.

Muchos de los campesinos maiceros mexicanos están aprisionados en una  trampa tecnológica, pues suplantaron la vieja milpa por una parcela  degradada que sólo sigue produciendo a fuerza de dosis crecientes de  insumos comerciales. A veces la adicción a los agroquímicos todavía  tiene remedio, pero para superarla hacen falta fuerza de voluntad y  fuerza de trabajo, pues para restaurar la fertilidad natural de los  suelos hay que sustituir los insumos químicos por materiales biológicos  y por labores adecuadas.

Y algunos campesinos tienen la fuerza de voluntad, pero no tienen la  fuerza de trabajo, pues la crisis del campo derivó en migración, y de  un tiempo a esta parte en muchos pueblos ya no hay mano de obra.

Así las cosas, el cultivo de una pequeña parcela de maíz para  autoconsumo a base de agroquímicos y con el menos trabajo posible se ha  transformado en una estrategia campesina; vía sin duda insostenible,  pero por un tiempo adecuada a las condiciones de migración que encarece  la mano de obra, y de remesas que permiten adquirir los insumos.

Este es el tamaño del reto. Salvar al país es salvar al maíz. Pero  salvar al maíz es restaurar la milpa como paradigma de agricultura  sustentable basada en la diversidad productiva y sustento de la  pluralidad cultural. Y para eso el campo mexicano necesita una cirugía  mayor, una rectificación profunda que es impensable sin un cambio de  rumbo general, un viraje histórico en el modelo civilizatorio.
***
La apertura comercial desordenada y el fin de las políticas de fomento  destruyeron nuestra agricultura y también nuestra industria pequeña y  mediana que generaba empleos, de modo que para el millón de jóvenes que  cada año se incorpora al mercado de trabajo sólo hay tres opciones:  economía subterránea, migración o desempleo. Y el pueblo no aguanta  más. Todos los días sindicatos, organizaciones campesinas y ciudadanos  del común protestan airados.

Pero siendo múltiples, los agravios se resumen en uno solo: la vía por  la que los tecnócratas encaminaron a México lleva al precipicio, pues  el llamado “modelo neoliberal” sólo beneficia a megaempresarios y  trasnacionales. Llevamos 30 años esperando que la riqueza gotee y los  pobres son cada vez más pobres. Miseria y desesperanza que la derecha  gobernante enfrenta con migajas asistenciales y tanquetas.

El alza de la tortilla es una señal. El tiempo se acaba, y si queremos  recuperar a México necesitamos retomar las riendas de la nación  rescatando para el pueblo la soberanía que los gobiernos del PRI y del  PAN hipotecaron por migajas. Soberanía para crear empleos y producir  alimentos, pero también para preservar nuestra diversidad biológica y  cultural, asuntos mayores que no pueden dejarse al arbitrio del  mercado.

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1 comentario

  1. LORENA said,

    26 marzo, 2009 a 10:29 am

    QUE MAL QUE NO SEPAN COMO SE HACES LOS TRABAJOS CAMPESINOS CAMPESINOS


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