Tepito global

Marco Rascón

Tras el sismo de 1985, el barrio de Tepito fue reconstruido con fines habitacionales, lo que coincidió con la entrada a México del proceso de integración económica que se expresaría territorialmente en el Distrito Federal mediante la absorción de espacio y mano de obra desempleada para la expansión de las nuevas actividades.
Si hasta ese momento en función del viejo modelo económico de “sustitución de importaciones”, “economía mixta” y proteccionismo aduanero, la economía nacional y metropolitana se sustentaban en la actividad de los corredores industriales de Vallejo, Iztacalco e Iztapalapa, de finales de los 80 en adelante hay una reconversión del espacio y nace el corredor Santa Fe-Tepito, que será el nuevo eje comercial y económico citadino. Paralelamente, el Distrito Federal se disloca y se transforma, dando lugar a una ciudad con marcadas características de segregación y destrucción del espacio público. En este proceso, Tepito se convierte en una ínsula, un puerto, una frontera que hoy lo mismo influye como centro de aprovisionamiento de mercancías extranjeras que se conecta con Los Angeles (California), Seúl (Corea del Sur), Houston, Nueva York, Shangai o el barrio de la directriz financiera: Santa Fe (Distrito Federal).
La mercancía llega a Tepito y al norte del Centro Histórico, el cual cumple una función inmobiliaria: ser una bodega y albergar a miles de familias tanto de la ciudad de México como del resto de la república que son vendedores ambulantes.
Lo que se ofrece en el llamado barrio bravo se vende al mismo tiempo en El Salvador, Panamá, Bogotá, Lima, Santiago, Río de Janeiro o Buenos Aires, ciudades que, de acuerdo con el modelo global, tienen su propio Tepito.
La complicidad fiscal y doctrinaria que mantiene el gobierno mexicano con la globalización dejó a Tepito a la deriva y en este vacío apareció un nuevo protagonista, que aunque quizás no era invitado a la fiesta, tenía mucho poder y estaba ante condiciones ideales: el narcotráfico en su nueva modalidad de narcomenudeo, luego de habernos transformado de país de tránsito de drogas en consumidor, luego de que los narcos colombianos decidieron pagar servicios a sus homólogos nacionales no con dólares, sino con droga. En Tepito nació una nueva competencia, no de lo comercial contra lo habitacional, sino entre la fayuca y la droga, generando una nueva etapa para el barrio que determinó su función en la ciudad.
Tepito, por tanto, es un eslabón central en el proceso de globalización de la metrópoli. Las autoridades han pretendido “resolver” el asunto del comercio ambulante en las calles colocando un policía entre vendedor y consumidor final, cuando el fenómeno se convierte en masivo y el policía no puede saber -ni tiene aparatos de inteligencia- cuánto, qué, de quién y por dónde ingresan las mercancías que luego se distribuyen en miles de puestos.
Un comerciante de Tepito me decía: “nosotros también fuimos víctimas de este proceso, pues anteriormente ofreciendo fayuca en un puesto le ganábamos un 30 o 40 por ciento, con lo cual vivíamos bien. Ahora, para obtener ese mismo nivel de ingresos necesitamos 10 puestos, pues la ganancia es en centavos por la alta competencia y lo masivo de las mercancías que entran”. Es como el caso de los campesinos que queman selva para cultivar: cada vez necesitan más territorio para la subsistencia, aunque eso deje un saldo de erosión. En el comercio urbano la destrucción es el espacio público.
La expropiación de La Fortaleza como una medida del Gobierno del Distrito Federal contra el narcotráfico tiene grandes debilidades, pues no va al centro de la regeneración de todo el territorio, sino a un lunar. Las causas de “utilidad pública” podrían estar en la creación de un centro de salud para adicciones, pero no por los fines en la lucha contra el consumo de drogas, que, hasta donde se sabe, no es de su competencia, sino del orden federal.
En primera instancia, tanto el gobierno como la población de Tepito deben levantar la vista y ver el futuro del barrio siendo sinceros con su vocación para regenerarlo en su conjunto y no predio por predio. Después habrá que reconocer que los más influyentes están en algún lugar de las ciudades de Estados Unidos ya mencionadas o de Asia. Determinar la función de este territorio en relación con el espacio urbano, principalmente el de valor histórico que ahora acapara y consume. Con ello, la ciudad debe reconocer las consecuencias de la apertura comercial y asignar territorios determinados a fin de proteger la economía y el comercio que genera actividad productiva interna.
En este sentido, las economías y realidades que se cruzan en la ciudad de México son similares en Jerusalén, que alberga a israelíes y palestinos: hay una economía global que se impone desde el exterior y que está en lucha contra las otras economías de los monopolios protegidos de la oligarquía local y la de miles de pequeños comerciantes establecidos y productores pequeños, cautivos del fisco y una normatividad injusta que no tienen que obedecer los de la economía global.
marcorascon@alcubo.com

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