El estado y lo local

Javier Sicilia

http://www.diario.com.mx/nota.php?notaid=f836e7d95ec37135671df6794592069d

En los años cuarenta, Gandhi, frente a la colonización y el Estado inglés, planteó una profunda disyuntiva: la aldea, con los 700 mil rostros que entonces tenía la India, o el Estado y su gigantismo controlador de la vida civil y promotor del industrialismo y su expansión. Toda la base de la resistencia india se basó en eso: la fuerza de lo local, con sus producciones autónomas, su autarquismo económico y sus tradiciones, dentro de una estructura confederada, contra un Estado que uniformaba la vida en función del mercado y sus hiperproducciones.

 Obnubilados por la efectividad de la no-violencia como arma de lucha, pocos atendieron esta realidad, que fue la base de la independencia de la India y que todavía aparece como símbolo de su bandera: la charca —la rueca—, la producción artesanal de telas, lo vernáculo —es decir, lo fabricado en casa—, como aquello que golpeó la fuerza inglesa: la producción industrial, el mercado y el Estado expansionista. Nerhu mismo, al asumir el poder, dio la espalda a Gandhi y ordenó el país en función de lo que los ingleses les habían heredado. Si Gandhi fue aclamado como padre de la Independencia india y como una figura cuya integridad espiritual era inmensa, pocos creyeron en su programa económico y anarquista. Frente a la fuerza de los Estados occidentales, Gandhi era un nostálgico del pasado, un hombre enclavado en un mundo en extinción, un “desarrapado”, como alguna vez Churchill se refirió a él.

Casi 60 años después, la historia parece darle la razón: La globalización, el desarrollo industrial y sus variantes tecnocientíficas, el Estado sometido a las fuerzas del mercado y de los poderes fácticos que lo generan, y el despojo de tierras y de formas de vida pueblerina, han rearticulado lo que de alguna forma fue la resistencia gandhiana contra el poder inglés: resistencias étnicas y culturales brotan por todas partes como un síntoma del malestar del sueño occidental. En México, más allá de las movilizaciones partidistas que demandan la rearticulación de un Estado regulador —un asunto que sólo compete a quienes vivimos en las ciudades—, los movimientos más profundos y radicales, como el zapatismo y la APPO, trabajan en el sentido en que Gandhi lo hizo.

Aunque atravesados por grupos de un marxismo trasnochado, la base fundamental de sus resistencias es una negativa a la regulación de un Estado que los destruye y una defensa de sus ancestrales formas de vida. El enorme abstencionismo durante las elecciones de Oaxaca parece apuntar hacia allá.

 La gran negativa de los pueblos de Oaxaca a ir a las urnas no es sólo un reclamo de la salida de Ulises Ruiz de la gubernatura, sino algo más profundo: el descrédito no sólo de los partidos, sino del Estado mismo que los partidos controlan y que daña la vida y las formas de gobernarse de los pueblos. Tanto para la APPO como para el zapatismo y las resistencias pueblerinas, no es posible la vida común cuando la comunión —es decir, el espectro religioso de sus formas de vida— está siendo fracturado por parte del Estado y de los poderes fácticos.

Cuando hablo de religión, no hablo en su sentido doctrinal, sino etimológico de religare, de generar y mantener vínculos. La religión es así lo que religa, lo que vincula a los hombres entre sí mediante su memoria y la preservación de sus formas autóctonas de vida. En este sentido, lo contrario de la religión no es, como lo afirma Michel Serres, el ateísmo, sino la ausencia de vínculos, “la negligencia”.  Si algo caracteriza al Estado y sus poderes fácticos, es precisamente la negligencia, la exaltación de la esfera privada y sus deseos, la promoción del individualismo que forma productores y consumidores, la disolución del vínculo social y la incapacidad para generar comunión y comunidad.

Así, cuando la mayoría del pueblo de Oaxaca se niega a ir a las urnas, expresa un repudio total al Estado y la necesidad de replantear la vida social en términos de comunión, en términos de aldea y de religión.

¿Hay forma de hacerlo? Limitar al Estado y sus poderes fácticos en favor de los miles de rostros que conforman la vida nacional. Pero ¿quién puede limitar al Estado y sus poderes, que desconocen cualquier sentido de lo ético y de la religión, que no sea la del discurso ideológico? ¿Quién puede limitar un Estado que desde siempre, y con mayor fuerza desde su refundación liberal y marxista, no ha dejado de pactar y promover los poderes económicos y tecnocientíficos para los cuales sólo existe la eficiencia y el valor como trabajo, mercancía y expansión? No lo sé. En todo caso la crisis tal y como la planteó Gandhi está allí más profunda y brutal que nunca.

 Quizá, más allá de la no-violencia que la resistencia de los pueblos ha tomado del gandhismo como arma de lucha, sea tiempo de revisar su programa económico. No para demandarle algo a un Estado en el que ya nadie cree y que es productor de nuestro malestar, sino para oponerle formas de organización en términos de aldeas y de ética, en términos de religar.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.

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1 comentario

  1. QQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQ said,

    9 septiembre, 2007 a 9:43 am

    _@ QQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQ


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