Colombia: Política y lenguas indígenas

Prensa Indígena
(Por: Luis Jaime Cisneros)

SIEC. Actualidad Étnica, Bogotá, 19 de diciembre.- Un tema crucial ha estado inquietando a los círculos políticos y a los universitarios. Se trata de asuntos vinculados con las lenguas indígenas, con sus hablantes y con la política de educación intercultural bilingüe en que el estado está comprometido; política mal entendida por muchos y mal explicada por otros.

Cuando los europeos llegaron al continente americano, en el siglo XVI, trajeron armas, caballos, costumbres y lenguaje. Muchos no tenían buen dominio de su propio lenguaje; venían de una tierra que había estado ocho siglos compartiendo una vida en común con el árabe y que vivía dialectalmente dividida. La lengua castellana era, entonces, la lengua  oficial. Esos hombres venían a conquistar tierras para la corona española y uno de sus instrumentos de conquista tenía que ser, ciertamente, el español.

Donde iba el imperio, iba la lengua. Buena lección habían dejado en territorio ibérico los romanos. No tuvieron esos soldados interés alguno en penetrar en el espíritu de los recién conquistados. Esa fue tarea de los frailes, todos ellos entrenados en su latín. La misión de la iglesia fue, por distinta, más refinada. A los frailes les interesaba otro horizonte; sabían que para conversar sobre la existencia de un dios invisible lo importante era penetrar en la interioridad de estas gentes.

Atentos a su tarea intelectual, los  frailes apuntaron al lenguaje; se tomaron la tarea de aprender las lenguas indígenas para poder comunicarse con aquellas gentes cuya interioridad había sido maltratada o desconocida por el invasor. No fueron soldados los que escribieron las primeras gramáticas de las varias lenguas con que iban tropezando los conquistadores.

Si los frailes no se apoderaban del instrumento que condujera a la comunicación, no había conquista posible para la iglesia. Para conversar sobre lo de adentro, se necesitaba acudir a la lengua materna. Mientras que la austeridad política resolvía imponer el servicio de la lengua europea, la iglesia se empeñaba en conocer los idiomas de los pueblos conquistados  para conmover el espíritu de esos hombres y convocarlos a nueva reflexión.

Debemos tener presente esta situación en este siglo de computadoras y viajes especiales, para hacernos cargo de nuestra realidad cultural. En lo que al tema concierne, nuestra situación está teñida de ideologías y no dispuesta a revisar historia y tradición, necesitada de una reflexión serena y despejada de prejuicios. Y como a la escuela corresponde la primera voz de alerta, tiene que asumir esa responsabilidad, para que los ciudadanos que forme sepan entender que somos país pluricultural y plurilingüe.

La consideración no es de naturaleza étnica sino lingüística. Cuando analizamos una lengua, tenemos en cuenta a los hablantes. La lengua con que primero adquirimos el conocimiento es la materna: la de la casa, la de los padres, la del barrio, la de los años primeros; con ello adquirimos el conocimiento de las cosas y vamos tomando posesión del mundo.

Una vez adquirido nos servimos de ella para entrar en comunicación con los otros; así vamos descubriendo la necesidad de conocer en profundidad a otros pueblos y por eso aprendemos una segunda lengua.

En la escuela descubrimos la existencia de otros pueblos, la conveniencia de adquirir una segunda lengua (si no tengo un manejo firme de la lengua primera, me será muy difícil abordar el acceso a las otras lenguas), por eso se ha estipulado siempre que los estudios escolares se inicien en la lengua materna, es lo que, en países como el nuestro, debe ocurrir en la primaria.

Si uno no está realizado en su lengua natural, no tiene fácil acceso al conocimiento en una lengua distinta. Incurrir en afirmaciones derivadas de actitudes racistas no tiene sentido lingüístico ni, por lo tanto, sentido político. Somos un país en que, junto a la lengua española, tienen vigencia varias lenguas andinas y varias lenguas amazónicas. El número de usuarios de lenguas andinas es superior al de las amazónicas.

Se ha progresado mucho en el conocimiento de unas y otras. Ahora se conocen textos relativos a ellas, porque una de las tareas nuestras ha consistido en asegurar a estas lenguas la escritura que desconocían.

La escuela necesaria y justificable en las zonas vernáculas es la que recibe a los alumnos ejercitando su lengua natural, para que en ella adquieran conciencia de que, como segunda lengua, el español les garantizará la comunicación con los demás, así como el aprendizaje de otras lenguas europeas o asiáticas les permitiría entrar en contacto con gentes de otra tradición cultural. La República 09/12/07

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