Miedo, euforia y cruda electoral

Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

 

El miedo que lograron sembrar los partidos políticos en estas elecciones obligó a que buena parte de la población se replegara y se dejara llevar por la guerra de lodo que ensució la contienda. Los comicios se realizaron en alerta roja, con fundados temores de que sucederían hechos violentos. Todas las baterías de los grupos políticos y sus secuaces se enfocaron a alentar la psicosis colectiva y a vislumbrar un escenario caótico. No se podía esperar otra cosa, porque todos los actores políticos se engancharon con la guerra sucia y le dieron rienda suelta a todo tipo de tropelías que de antemano desacreditaron este proceso electivo.

La violencia política, la denostación pública, la filtración ante los medios para poner en entredicho la endeble reputación de los candidatos; los secuestros de personajes políticos y los denuestos sistemáticos de los voceros de las coaliciones, minaron la confianza de un electorado que está harto de tanto engaño y de tanta traición.

La partidocracia en estos procesos electorales se ha desbocado y se ha comportado como una mafia que defiende intereses obscuros. Invierte el dinero del pueblo para corromper a la gente y para pagar a grupos de choque dispuestos a causar disturbios y amedrentar a la población. Los candidatos y sus partidos han perdido el respeto a las instituciones, a las leyes y sobre todo a los ciudadanos y ciudadanas.

El partidocentrismo ha secuestrado la vida política de nuestro estado y ha desquiciado a las instituciones generadoras de ciudadanía. Los electores han sido reducidos a su mínima expresión, como súbditos que sólo sirven para marcar la cruz en la boleta electoral. Después de este ritual los partidos orillan a vivir a los protagonistas de las elecciones en el ostracismo político. No existen como sujetos de derecho, sino como una masa informe que sólo es objeto de conmiseración.

Con el miedo a cuestas, la población que se animó a votar se sintió vigilada, experimentó la mirada pesada de gente extraña que merodeaba en las casillas. Esta sensación acrecentó el miedo y la inseguridad en los votantes. En las casillas prevalecía la desconfianza, tanto de los mismos funcionarios como de los electores. Siempre estuvo latente la idea de que cualquier incidente podía causar un conflicto mayor. No fue casual de que varios funcionarios de casilla no se presentaran a las 8 de la mañana para desempeñar su cargo.

En varias comunidades de La Montaña hasta las 11 y media de la mañana la votación fue copiosa. Después de las 12 del día desaparecieron las filas de votantes y no se percibía el ánimo en la gente para votar. Se sentía un ambiente tenso, frío y de pocos amigos. Desde esa hora y hasta el fin de la jornada, los electores llegaron a cuenta gotas. El ausentismo de los votantes inhibió a los mismos personajes de otros estados que fueron contratados para amedrentar a la población.

En este modelo de democracia electoral no importa la cantidad de los electores, ni la calidad del proceso electoral. La efusividad de los que triunfaron les impide ver con objetividad las irregularidades de la contienda. Mientras el coraje y el pesimismo de los perdedores los ofusca y no les permite aceptar el veredicto de la gente. Los juicios de los contendientes pierden piso porque hablan desde su parcela política y sólo retroalimentan la confrontación.

No es la población la que ocasiona el desorden ni la inseguridad, son los de la clase política. Es claro que los partidos son los causantes de las hostilidades políticas que se viven en el estado. La violencia provino de las estructuras paralelas de los partidos que están creadas para aplicar el libreto de la guerra sucia. Los secuestros y levantones de personajes políticos se suscitaron dentro de este ambiente de animadversión. Las filtraciones telefónicas, las infidencias de los candidatos y las declaraciones de testigos protegidos formaron parte de las estrategias mediáticas que violentaron la ley para golpear a los adversarios políticos. Este es el pésimo nivel de las contiendas electorales, por eso los partidos no penetran en el ánimo de la ciudadanía, ni los candidatos logran realizar campañas de altura que se ganen el apoyo y la confianza de la gente. Todo es un juego sucio, hasta las autoridades federales le entran con todo a esta disputa para asegurar su futuro político.

La declinación del candidato del PAN a favor de la candidatura de Ángel Aguirre fue el anuncio anticipado de un cierre de filas de la cúpula panista para transformar su derrota en un triunfo contundente. Este ajedrecismo político le permitirá al partido del presidente de la República imponer sus temas prioritarios supeditando la agenda política del PRD, el PT y Convergencia.

El domingo por la noche los simpatizantes de la coalición Guerrero nos Une celebraron un triunfo hechizo, porque en realidad fue un triunfo del PAN con los votos del PRI. Quienes realmente marcaron esta diferencia abismal en las urnas fueron en buena medida los que dijeron que eran priístas pero que votarían por Aguirre Rivero. La cruda de las elecciones empezará a causar estragos en el electorado cuando se dé cuenta que su voto será canjeado para defender los intereses económicos de la clase empresarial. Nadie tiene la certeza de que el gobernador electo respetará los votos de la gente que busca un cambio en las políticas económicas que son las culpables del empobrecimiento de la clase trabajadora.

¿Qué tipo de gobierno tendremos en Guerrero? ¿Cómo se mezclará el agua con el aceite? ¿Qué intereses políticos y económicos predominarán en el nuevo gobierno? ¿Podrá el gobernador electo cumplir con los compromisos asumidos con la clase trabajadora, cuando la élite empresarial lo tiene atado de las manos? ¿El PRD logrará reivindicar los derechos de la población pobre e instaurará un gobierno inspirado en los principios que le dieron origen? ¿Cómo garantizarle al pueblo de Guerrero que esta victoria electoral sentará las bases para recuperar la confianza de la ciudadanía y para apoyar las iniciativas de la sociedad orientadas a desmantelar las estructuras caciquiles y las mafias del poder?

La sociedad guerrerense demanda más responsabilidad de los partidos políticos y sus candidatos, ya no se puede tolerar actos ilegales entre los grupos políticos que se obstinan en gobernar nuestro estado, sin importarles los daños que causan con sus campañas electorales. El candidato perdedor debe respetar el veredicto de la sociedad. Debe entender que a pesar de las limitaciones de esta democracia electorera la gente es capaz de tomar decisiones para nombrar a sus gobernantes. Los candidatos deben de comprender que los partidos son sólo un instrumento que representa los intereses de la sociedad y que el poder político cobra su verdadero sentido, cuando se pone al servicio de los ciudadanos y ciudadanas.

El centro de su acción política radica en la atención responsable y respetuosa de lo que legítimamente le demanda la población. Si se pervierte el fin de esta misión, el fracaso de la política y de los políticos es inminente.

El reto del gobernador electo es demostrar capacidad para regir los destinos de un pueblo heroico y combativo, de no permitir que los intereses caciquiles y mafiosos lo aten de manos.

El grito de ¡no nos falles! es el reclamo claro y contundente de un pueblo que se siente traicionado por sus gobernantes. Es el hartazgo sexenal, el coraje y la indignación ante tanta violencia y tanta impunidad. Es el grito de un pueblo rebelde que mantiene viva en su memoria la lucha inaplazable por la justicia.

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