Juárez…

Babel
Juárez…
Javier Hernández Alpízar
Paradójicamente la ciudad que lleva el nombre de Benito Juárez, a quien la historia oficial recuerda con varios timbres de gloria patria como ser de origen indígena, ser caudillo de la resistencia nacionalista ante la invasión francesa liderada por Maximiliano de Habsburgo, y por la frase: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, es ahora la ciudad tubo de ensayo donde experimentan con seres humanos como conejillos de indias la manera de acabar con la gente pobre, indígena o descendiente de indígenas, emigrantes de todo el país; el uso de los cuerpos armados policiacos, militares, parapoliciacos y paramilitares como fuerza de ocupación para doblegar toda resistencia, defensa del territorio, la autonomía y la soberanía; todo esto en beneficio de Washington; y el caudillo de la militarización y la destrucción del tejido social (eufemismo por feminicidios, juvenicidios y masacres que se acercan al genocidio) está demostrando por vía del absurdo que la frase que tanto se discute si es de Juárez o una cita de Emmanuel Kant es verdad: Cuando no se respetan los derechos de los demás, sean los de los individuos pobres, mujeres, jóvenes, migrantes, trabajadores de la maquila, o los de las naciones subordinadas al poder extranjero, lo que está ocurriendo es una guerra, o algo peor que ella: la ocupación colonial realizada con tropas nativas.
En esta perversa ocupación y destrucción de una ciudad por el poder de facto que gobierna el país –una versión criolla del terrorismo de estado–, hay muchos símbolos de muerte y de resistencia contra la muerte.
El que ha dado a conocer al mundo la existencia de la ciudad: los feminicidios, cientos de mujeres asesinadas impunemente ante la complicidad de un aparato de justicia que no mueve un dedo para castigar a los culpables. La perseverancia de las mujeres, madres, hermanas, hijas, en la búsqueda de sus hijas desaparecidas, y justicia para quienes ya tienen la certeza de que fueron brutalmente torturadas y asesinadas.
La resistencia de los más pobres, como los habitantes de casas de cartón en medio del desierto en Lomas del Poleo, enfrentando las agresiones de pistoleros, sicarios, que los amenazan y en ocasiones han incendiado las viviendas de algunos, para despejar el terreno en favor de una familia de la oligarquía chihuahuense: los Zaragoza.
Así como la resistencia ante las invasiones extranjeras en el siglo XIX fue popular, indígena, campesina, mestiza, del pueblo pobre, de las mujeres, cuando el ejército mexicano ya estaba derrotado por el norteamericano; en los siglos XX y XXI, la resistencia la están dando las mujeres, los jóvenes, las y los religiosos, los pobres, los migrantes, los indígenas. Ahora el cuerpo armado de ocupación no lo forman directamente ciudadanos de los Estados Unidos, ellos solamente comandan el Plan Mérida.
Por eso, desde el poder, están tratando de destruir a los símbolos visibles de esas resistencias como a la familia Reyes. Asesinaron a Josefina Reyes Salazar en 2010, por el “delito” de ser defensora de los derechos humanos; secuestraron y desaparecieron el 7 de febrero de este 2011 a María Magdalena Reyes Salazar, Elías Reyes Salazar y su esposa Luisa Ornelas. Ahora, el 15 de febrero quemaron la casa de la señora Sara Reyes en el poblado de Guadalupe, en el Valle de Juárez, a una distancia aproximada de unos 100 metros de un puesto militar.
Sara Reyes tiene dos hijas, Marisela y Claudia Reyes Salazar, quienes están en huelga de hambre frente a la Subprocuraduría de Justicia del Estado, para exigir la presentación con vida de sus familiares desaparecidos.
Los asesinatos de defensoras de derechos humanos como Susana Chávez, Marisela Escobedo, las masacres donde mueren decenas de jóvenes, los asesinatos de mujeres, durante décadas consentidos –por lo menos mediante la impunidad– por gobiernos priistas y panistas (“del cambio”), son la experimentación de cómo destruir la resistencia de una nación para imponerle un modelo colonial: despojo y desplazamiento de población; explotación y formas de esclavitud (trata de personas, trata de blancas); discriminación racista, sexual, clasista y contra los niños y jóvenes; represión violenta mediante el asesinato y la desaparición forzada de quienes como la familia Reyes se atreven a recordar los más elementales derechos a los que aludieron Kant, Benito Juárez y toda persona que desee la paz: derecho a la vida, respeto a la dignidad de las personas.
Mientras los espectadores de los medios masivos pasan de la admiración a Barak Obama a horrorizarse con la posibilidad de que su ex ídolo ordene a las tropas estadunidenses invadirnos, y los consumidores de noticias como mercancías elegibles lamentan no poder vivir la euforia del pueblo egipcio derrocando dictaduras; en México, con y sin espacio en los medios masivos, las resistencias las realizan los aparentemente más débiles: las mujeres, los jóvenes, los indios, los pobres, los desplazados, los habitantes en casas de cartón en Lomas del Poleo, los ejidatarios de Mitzitón y de Bachajón agredidos por paramilitares en el Chiapas del gobierno perredista de Juan Sabines.
En manos de la gente más humilde –la que no tiene más que su vida y su cuerpo para resistir ante la injusticia– está la resistencia, el último reducto de lo que pudiéramos llamar nación mexicana, es decir, una variante local de la dignidad humana.
*** Mono Blanco en el Recreativo Xalapeño: Mono Blanco se presentará en un concierto y fandango en el Centro Recreativo Xalapeño, a partir de las 21:00 horas, este viernes 18 de febrero. Actualmente el grupo está integrado por Gilberto Gutiérrez Silva,  director, compositor y jarana; Octavio Vega Hernández en el requinto, jarana y arpa; Gisela Farías Luna, jarana y zapateado; Juan Pascoe, en la jarana; y Andrés Vega Delfín en el requinto.
La cooperación es de 30 pesos. Al final del concierto, que abrirá con el grupo jalapeño Son de Cristo, habrá fandango y antojitos.

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