Japón y los sueños de Kurosawa

Babel
Japón y los sueños de Kurosawa
Javier Hernández Alpízar
Cuando ocurrieron los derrumbes de las Torres Gemelas de Nueva York hubo quien observó que escenas así habían sido anticipadas por el cine estadounidense.
Si el cine es un poco como soñar despierto, se podría psicoanalizar a una nación analizando sus sueños- filmes. Muchas veces los estadounidenses habían filmado- soñado la ciudad de Nueva York destruida por monstruos terribles, extraterrestres o desastres naturales. Jamás imaginaban una causa un poco más humana y mortal, menos que los cohetes que destruyeran las Torres Gemelas fueran aviones comerciales bajo su propia bandera.
Se comentó incluso que la película Spiderman fue editada de nuevo antes de salir a cartelera para no ofender el patriotismo estadounidense. A mi juicio, hasta hoy no sabemos realmente qué pasó, quiénes realmente derribaron esas torres. Pero la pesadilla controlada del cine se hizo realidad.
De Japón, quienes nunca hemos viajado a esas islas, tenemos las imágenes de la televisión y el cine. Desde la infancia, con la Señorita Cometa y Ultraman, hasta producciones hollywoodenses como Godzilla (que imagina un monstruo emerger del mar, probable consecuencia de la radiactividad) y Perdidos en Tokio, de la cineasta Sofía Coppola.
Pero las pesadillas que ahora amenazan con volverse realidad en el caso de Japón estuvieron en el sueño- filme de Akira Kurosawa: Los sueños.
Es una película excelente, impactante, de 1990, basada, al menos según el anónimo autor de su entrada correspondiente en Wikipedia, en sueños que realmente tuvo el cineasta japonés en diferentes momentos de su vida.
Son, cada uno, una pequeña historia. Algunas encierran cierta angustia, otras son de luminosa belleza.
Pero hay dos que son no solamente pesadillescas sino que condensan un horror potencialmente real, que en estas horas y días negros podría hacerse terrible realidad: El Monte Fuji en rojo, en el cual una central nuclear cerca de ese monte comienza a fundirse y la radiación convierte todo en un infierno, la gente huye e intenta refugiarse en el mar, pero el filme deja claro que no hay salvación: La radiación acabará con todos.
El siguiente sueño es El Ogro Llorón, en el cual aparece un personaje, un oni, que tiene un cuerno, quien explica que los seres humanos mutaron en seres con cuernos después de un desastre nuclear.
El último de los sueños (desde luego no comentamos todos, son ocho y solamente retomamos los tres últimos) es “El pueblo de los molinos de agua”, una especie de utopía, una aldea que no usó la tecnología y decidió vivir respetando la naturaleza. Los occidentales, en cambio, fuimos incapaces de soportar un dolor de cabeza. Tuvimos que inventar la aspirina.
Los titulares de la prensa de este fin de semana, que informan del terremoto, el tsunami y sobre todo del desastre nuclear en Japón, “la mayor alarma atómica después de Chernobil” (La Jornada), por una explosión en una planta nuclear y la declaración de emergencia en dos más, parecieran volver realidad las pesadillas que filmó Kurosawa.
Es una triste expectativa y una dura realidad observar que precisamente el país que sufrió los criminales bombardeos atómicos, en Hiroshima y Nagasaki, del 6 y el 9 de agosto de 1945, probablemente el mayor crimen de guerra en la historia de la humanidad, cometido por los Estados Unidos, pueda volver a vivir el horror de las explosiones nucleares y las consecuencias infernales de la radiactividad, pero ahora por reactores nucleares de “uso pacífico”.
El tiempo da la razón a quienes fueron acusados de catastrofistas. La nuclear no es una energía segura limpia ni controlable. No es la alternativa al petróleo y los combustibles fósiles, que hicieron posible la vida cómoda que nos tocó a unas pocas generaciones, a costa de arruinar el planeta de modo brutal y poner en severo entredicho el futuro de la especie y el planeta.
Sea por crímenes de guerra como Hiroshima y Nagasaki, por desastres nucleares como Chernobil y los que podrían ocurrir en cuestión de horas en Japón, o por otros desastres silenciosos, tal las pruebas nucleares en lugares como el desierto de Nuevo México, los atolones de Mururora y las islas Bikini (es una grotesca ironía que esa palabra evoque una sexi prenda para la playa y un dibujo animado como Bob Esponja, quizá no es casual esa trivialización y banalización del mal), la energía nuclear ha sido como el genio de los cuentos (otra palabra para llamar a los genios, un sinónimo en sus raíces griegas, es demonios): Parecen satisfacer todos nuestros deseos de consumo aparentemente sin límites, pero sus consecuencias negativas son más indeseables de lo que nos atrevamos a imaginar.
Cada día y a cada desastre, como el derrame de petróleo provocado hace meses por British Petroleum en el Golfo de México, calificado por algunos como el equivalente a Chernobil en desastres petroleros, confirma que el control, la seguridad, el dominio de la técnica sobre elementos de la naturaleza es una ilusión. Sin importar su uso bélico o pacífico, el uso de esas formas de energía es de por sí un desastre que ocasiona la especie humana, para el privilegio y comodidad de una minoría.
Aunque jamás existiera un desastre en una planta nuclear, los solos desechos radiactivos causan daños severos a los humanos y a la naturaleza. Negarlo es un cinismo criminal.

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