Contra la guerra

Javier Hernández Alpízar
Hay que marchar, pero luego encontrar nuevas formas de movilización de los cuerpos y de las conciencias, hasta lograr desterrar la violencia, la guerra, la muerte, la militarización.
Es importante no dejarse vencer por la falacia de que “la violencia es natural”, que es “inevitable”, que no hay otro camino. La violencia que hoy está desangrando a México ya se ha vivido bajo diferentes formas en muchos países. De hecho se vive hoy, en muchas formas, en varios países.
Es un mecanismo para asegurar que continúen las cosas como están. Es la violencia que en Europa, que algunos imaginan la inteligencia y humanidad por excelencia, llevó a los fascismos, dictaduras y totalitarismos, comenzando por el franquismo en España, con la complicidad de las grandes potencias, y el apoyo de quienes luego aterrorizarían Europa: nazis y fascistas de Mussolini.
En América Latina no solamente han sido las dictaduras en el Cono Sur, con cúpulas militares herederas de lo peor del fascismo europeo y estadunidense. Han sido dictaduras en el Caribe, como la del Chivo en Haití, tan parecido a los Chivos en México, dictadores en varios estados, y como ellos, asesino de mujeres, las hermanas Mirabal.
En México, la guerra contra la población civil, los juvenicidios (como en Salvarcar y ahora en Morelos), los crímenes contra niñas y niños (como en la guardería ABC), los feminicidios, de Ciudad Juárez al Estado de México, los asesinatos de mujeres defensoras de derechos humanos y activistas, desde Digna Ochoa a Betty Cariño (Gracias, Carlos Beas por aclararnos que nunca se llamó Beatriz, sino Alberta Cariño) y Susana Chávez y Marisela Escobedo, no empezó en este sexenio con sus entre 30 y 40 mil muertos.
Es consecuencia de la misma guerra contra el pueblo que durante el siglo XX asesinó desde los jaramillistas hasta las abejas en Acteal, desde los campesinos que la violencia obligó a volverse guerrilleros en Chihuahua y Guerrero hasta los estudiantes en 1968 y 71, los activistas por el respeto al voto durante décadas, y siempre: los campesinos, los indígenas, los pobres.
La diferencia es que durante el régimen priista, y no por mérito de los priistas, el mundo capitalista pudo regular el conflicto, la lucha de clases, mediante el “estado de bienestar”: Dar algunos derechos sociales a una parte de la población, no a toda, pero desmovilizando a los obreros, a la pobreza urbana casi toda, y aislando las luchas rurales e indígenas que finalmente han dicho su ya basta, sobre todo desde 1994.
Con Miguel de la Madrid inició un cambió: Se acabó el estado de bienestar como medio de regular el conflicto, y lo que antes era represión selectiva, regional, a ciertos sectores, mientras se controlaba con concesiones a los demás, se volvió ahora el más despiadado y salvaje capitalismo: el que ha encumbrado a Carlos Slim, Emilio Azcárraga, Salinas Pliego… y unos pocos más, además de los criminales, que son simplemente capitalistas sin escrúpulos, el lado oscuro del mismo capitalismo químicamente puro, el neoliberalismo.
La indiferencia que el país tuvo ante cada nueva masacre, cada nuevo aplastamiento de un grupo que protestaba en lo local, es la que ha permitido crecer la impunidad criminal de los de arriba: La indiferencia de quienes callaron (o retiraron públicamente su firma) ante las violaciones de mujeres en Atenco, de quienes no apoyaron al pueblo de Oaxaca porque no se subordinaba a su candidato, de quienes le han hecho el vacío al pueblo indígena en Chiapas porque no comparte las aventuras electorales de quienes lo reprimen.
Y ante la división, la dispersión de la fuerza para defenderse de los de abajo, la violencia de estado priva, bajo gobiernos de todos los colores partidarios: Los desalojos de ciudadanos, el despojo de sus viviendas, bajo el pretexto de utilidad pública, pero favoreciendo a los empresarios del salinismo, en los gobiernos perredistas del DF es el botón de muestra.
La protesta no es solamente contra Calderón, como en Oaxaca no era solamente contra Ulises Ruiz, es contra una oligarquía que ha corrompido a todos los partidos políticos, que usa a los candidatos como títeres, que hipócritamente dice combatir el crimen, pero cuya puntería indiscriminada lleva ya entre 30 y 40 mil muertos:
La desigualdad, la oligarquización, la concentración de riquezas en pocas manos, el oligopolio de medios de masas (Slim por un lado, Televisa y TV Azteca por otro), la reducción de la democracia a recambios de las élites, son parte del problema.
Además, la reducción del escenario al territorio nacional, cuando las drogas y el dinero se van a los Estados Unidos, mientras las armas y la muerte se reparten en México.
Como en la película La pesadilla de Darwin se denuncia que las armas van de Europa a Africa, así en esta Pesadilla de México, la violencia tiene una dirección: el cerebro está en Washington, y los poderes en México solamente son su pandilla de sicarios.
Por eso es necesario detener la guerra: Es la misma guerra que al menos desde 1994 no hemos podido parar, y los muertos siguen siendo del pueblo. Una marcha no es suficiente, pero puede ser el comienzo. En las primeras pláticas de Chomsky contra la guerra en Vietnam tenía auditorios mínimos… y llegaron a ser un movimiento civil nacional e internacional.

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