Obediencia y desobediencia

Babel
Obediencia y desobediencia
Javier Hernández Alpízar
La palabra “desobediencia” está satanizada, demonizada. Desde el mito: El ángel favorito de Dios fue expulsado al infierno (sin Arieles ni nada) por rebelarse, por negarse a obedecer, por desacato: fue un hijo… desobediente.
Luego se ha dicho que el pecado original es también la desobediencia, estaba prohibido, vedado el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, y la transgresión fue desobedecer y probar el fruto.
Así que desde el principio de los tiempos, desobedecer tiene mala prensa. Todas las autoridades, al principio fundidas en una sola la religiosa y la política, piden obediencia y condenan, anatemizan, mandan al averno, la desobediencia.
Las autoridades religiosas prometían un castigo eterno, como las llamas de infierno de todos tan temido, con las que amenazaban los pecadores, y pecado es sinónimo de desobediencia.
Las autoridades más o menos secularizadas han sustituido el infierno por penas severas en este mundo, hay incluso expertos en derecho penal, en la moral, la superstición del castigo.
Si alguien no obedece, palo. Y si muchos desobedecen, represión, la fuerza pública. Y si desobedecieran todos o la mayoría, ¡ay, Señor!, habría anarquía. Cosa que para el poderoso es peor que el infierno: es un mundo sin él como rey y señor. Inconcebible.
Incluso, toda esta imaginería cristiana, en su versión punitiva, como los sermones que recuerda el joven protagonista del Retrato del artista adolescente en la Irlanda católica de James Joyce, sigue presente (en México, en España, en otros países) detrás de un poder político no secularizado y represivo.
Sigue presente incluso en quienes se oponen a esas tiranías, desde los luchadores sociales en serio, como los Flores Magón (“Es preferible ser un ángel rebelde en el infierno que un esbirro de Dios en el cielo”) hasta los rebeldes de aparador tipo Madonna y Lady Gaga (“asústame, panteón”).
Pero en la ética (Cf. Etica y psicoanálisis de Erich Fromm, nada esotérico) la obediencia es igual de importante a incluso menos que la desobediencia. Se es libre porque se pude desobedecer, y solamente se obedece cuando obedecer es racional, y cuando no le hace daño al que obedece, ni a nadie.
Toda orden inhumana (la orden de matar, de torturar, de ocultar crímenes, etc.) desde el punto de vista ético debe ser desobedecida, y desde el punto de vista político, también: debe ser desobedecida.
Esta tradición, que viene de muy lejos, y que en el siglo XX ha tenido representantes de la talla de Gandhi y de Monseñor Arnulfo Romero, es vigente. Como es vigente el orden criminal, autoritario, sea el imperialismo británico, la dictadura salvadoreña (que acabaron asesinando a las dos almas grandes mencionadas) o en el régimen mexicano actual que emprende una guerra completamente sucia, entre dos bandos indefinidos, con mutuas intersecciones, cooperaciones y complicidades, en donde las víctimas de las balas “perdidas”, el fuego “cruzado” y los daños “colaterales” son miles, “bajas” de población civil, más que en las sucias guerras de los Estados Unidos bombardeando y ocupando poblaciones en Afganistán, Irak y Libia, pero cuando le dicen: “No más sangre”, acusa al otro de deslealtad, casi de traición a la patria (como si ellos y no el pueblo, fueran la patria).
Los regímenes políticos autoritarios siguen un camino natural, desde la época del imperio egipcio de la Biblia hasta hoy: son una incitación a la desobediencia, tarde o temprano los pueblos dicen: Ya Basta.
Y es que la obediencia, la racional, la sana, es el cemento con el que se construye el orden social: toda sociedad, nación y reino se levanta sobre la fuerza de la promesa (cumplida) de obedecer y respetar reglas. Pero los poderes, de todo tipo de regímenes, tienden a descomponerse, corromperse, y cuando violan demasiado las reglas, se arma un caos como el que ahora vive México: la gente teme a todos, y termina por convertir su miedo en otro movimiento del alma, del cuerpo y del cuerpo social: La desobediencia, el desacato y la autodefensa.
Como dice Freud, normalmente las reglas prohiben a los de abajo placeres que quienes tienen el poder sí se permiten a sí mismos, pero el degenerar de esto funciona casi como un principio termodinámico, cuando quieres contener y explotar y sobreexplotar la energía social en un espacio demasiado estrecho, termina por desbordarse.
Por ejemplo: los gobiernos estadunidense y mexicano cínicamente regulan el flujo de emigrantes de Centroamérica y de México hacia el norte, como la represa que contiene al agua: dejan pasar la que necesitan y la usan y la agotan y contaminan, pero a la que no necesitan la contienen, y si se excede, la desechan. Hacer eso con el agua es un crimen ambiental, como puede explicar cualquier experto en represas: destruyen una región del planeta. Pero hacerlo con humanos es prácticamente fascista: y eso hacen Washington y México con los migrantes. Dejan pasar la mano de obra que necesitan, contienen y desechan los “excedentes”.
Obviamente, cuando un movimiento como el que comienza a nacer alrededor de Javier Sicilia, Pietro Ameglio, Raúl Vera, Miguel Concha, y las víctimas de la violencia criminal y la criminal violencia gubernamental en México, plantea la sola posibilidad de la desobediencia, entonces sale el “no, cómo puede ser, Dios mío”.
Curiosamente, en ambos extremos de lo que puede ser un diálogo o un choque hay un factor común, y no es raro, el cristianismo: Son los herederos de los conquistadores, criollos, encomenderos, hacendados que pensaban: “Cristo me bendice, estos indios son mis esclavos, lo dice la bula del Papa”, por el lado de Calderón, el panismo más reaccionario y sus semejantes en otros partidos (“el pueblo soy yo, y sólo yo puedo salvar al pueblo”); frente a otra tradición cristiana, que viene desde Fray Bartolomé de las Casas, Fray Francisco de Vitoria (sus oenegés retoman esos nombres) y hasta los más cercanos: Iván Illich, Gandhi, en el lado de quienes han convocado a la marcha nacional por la paz, y a la firma de un acuerdo para refundar la nación con dignidad.
Es un visiotipo (como el que comentábamos ayer) identificar religión y especialmente cristianismo con “reaccionario”. Hay sectores del catolicismo y de las iglesias evangélicas que se han coludido con el poder, desde el Yunque hasta los paramilitares evangélicos de Chiapas, pero también hay sectores cristianos que reconocen que la vida es sagrada, especialmente cada ser humano, sin importar su condición, y que retoman principios “radicales” como “No matarás”, “No robarás”, “No mentirás”, ¿le suenan conocidos?
De ahí que puedan ser entendidos por muchos, porque no es difícil, no es nada del otro mundo: Si las órdenes, de cualquier autoridad, respetan ese tipo de principios, si son acordes a la dignidad humana, no es nada deshonroso obedecer. Pero el capitalismo realmente existente (el crimen es el capitalismo realmente existente, como la piratería en la época de la Nueva España) se basa en órdenes inhumanas como “Mata”, “Roba” (despoja) y “Miente” (la propaganda).
Y así como hay malos cristianos que sin cuestionarse toman su arma y van a seguir el camino de Caín, asimismo hay cristianos que no, que dicen como las Abejas a Javier Sicilia: “Javier, tú eres pacifista como nosotros”.
Obviamente esta enseñanza espiritual, religiosa, ética y política no es exclusiva del cristianismo. Ahí está Gandhi, pues no, no es una empresa capitalista de lucrar con la venta de libros: Es un hombre tan íntegro que hasta sus enemigos lo respetaron.
Y en esas reflexiones (Cf: http://www.sipaz.org/documentos/ghandi/ameglio_esp.htm ), desde la no violencia gandhiana, y en esa práctica de la no violencia, gente como Sicilia, Ameglio y compañía ya tienen camino andado.

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