La guerra y las buenas personas

Babel
La guerra y las buenas personas
Javier Hernández Alpízar
Hay muchas reflexiones que están haciendo las mujeres, las feministas, las defensoras de los derechos humanos de las mujeres, sobre la violencia de género, la violencia contra ellas por ser mujeres, reflexiones que se pueden extrapolar o generalizar y siguen siendo válidas para la violencia contra otras personas.
Hace poco escuchaba a las integrantes del Colectivo de Investigación y Desarrollo entre Mujeres (CIDEM) explicar que hay una correlación entre la discriminación y el privilegio: “Siempre donde hay discriminación hay privilegio”. Además, como corolario: “A más privilegios menos comprensión sobre la discriminación”.
Recuerdo una conversación, hace años, en la que comentaba yo casos de violencia contra niños de la calle, y contra las madres de esos niños, cometidos ni más ni menos que por el DIF estatal, en tiempos en que gobernaba este estado Patricio Chirinos (pero la situación de la infancia en la calle no ha mejorado ni en el estado ni en el país). Inmediatamente un interlocutor conservador acusó a las madres por descuidadas, por embarazarse y tener hijos sin conciencia, y lo contrastó con su caso, pues sus hijas estaban bien gracias a él y su mucho trabajo, incluso ellas tomaban clases de piano y de francés. La imagen de té y galletitas, en una plática con Don Porfirio Díaz y la niña tocando al piano unas pavanas vino a mi mente.
Las feministas comentaban algunas excusas que se suelen anteponer a la discusión de las discriminaciones (con una implícita o explícita defensa de los privilegios y de los privilegiados):
– Lo negamos o minimizamos.
– Culpamos a las víctimas.
– Le damos otro nombre.
– Nos resignamos: es mejor así.
– Responsabilizamos a los y las defensoras de derechos humanos como las culpables.
– Justificamos: No es discriminación, si no hubo una intención de discriminar.
– Personalizamos: Pero yo soy una buena persona.
– Ya basta de hablar de eso.
– Hay tantos otros problemas.
– También hay que trabajar con los hombres (o con los blancos, etcétera).
Sin duda, las mujeres que han padecido discriminación por ser mujeres (la cual se puede sumar a otras discriminaciones de manera acumulativa si son menores, niñas, indígenas, mestizas, negras, pobres, analfabetas, migrantes, extranjeras, etcétera… Y peor si son, real o presuntamente, “transgresoras de las leyes”) podrán dar mil casos y testimonios de estas estrategias para evadir el punto y darle carpetazo a toda discusión de la discriminación.
Hoy, en México vivimos, padecemos, un proceso de violencia desde el Estado, violencia extrema, masiva, intensa, que discrimina entre un pequeñísimo grupo de elite a salvo en sus búnkers, porque ellos son los dueños del poder, del dinero y las fuerzas armadas, de facto, están para protegerlos a ellos, y la inmensa mayoría del pueblo mexicano, ni siquiera solamente los más pobres, aunque a mayor pobreza mayor vulnerabilidad, como lo muestran los feminicidios que siguen impunes por décadas, al grado que puede discutirse ya sin exageraciones el concepto de “genofeminicidio”, y los juvenicidios.
Y ante el grito de las víctimas, el grito del pueblo, el grito de los discriminados, los que no alcanzan un sitio en la ciudad amurallada y quedan extramuros, a la intemperie, en toda la precariedad de la que eufemísticamente los académicos llaman nuestra “precariedad democrática”, al riesgo de todos los fuegos cruzados, las balas perdidas, los daños o bajas colaterales, la cotidianidad de la violencia homicida y feminicida… ante ese grito, el poder (económico- militar-político-mediático) ha respondido con todo tipo de evasivas al tema de alto a la guerra:
– Lo niegan, minimizan o le dan otro nombre: Esconden la palabra “guerra” y ponen en su lugar eslóganes que pretenden justificar a la guerra sin nombrarla: “para que la droga no llegue a tus hijos”.
– Culpan a las víctimas: Algún cínico columnista de un medio nacional, repetido por consigna en medios más provincianos, llegó a decir, nomás de su calenturienta cabeza, que de los 40 mil muertos, el 95% eran criminales. Lo verdaderamente criminal es mentir así.
– Procuran que nos resignemos: Pues estamos casi a la mitad de túnel, en otro número de años, y ¿otros 40 mil muertos, la mayoría civiles?, esto acabará como en los cuentos de hadas: con el triunfo del bien sobre el mal.
– Responsabilizan a los y las defensoras de derechos humanos como las culpables: Resulta que son las oenegés de derechos humanos, e incluso los pocos y pocas periodistas críticas, quienes “viven en una burbuja” y no comprenden que se necesita mano dura para matar a los “malos”.
– Justifican: No hay la intención de matar a los equivocados, pero para acabar con el mal de raíz, una dosis de “errores” no puede evitarse. Al fin, los errores se pueden sepultar y hasta en masa.
– Personalizan: Yo soy una buena persona, no soy delincuente, ni defensor de los derechos humanos (que ellos reducen a defensor de malvados) ni marcho contra la guerra (santa).
– Ya basta de hablar de eso. Hay tantos otros problemas. También hay que criticar a los malos, y no solamente al pobrecito gobierno (bueno y valiente como Eliot Ness).
Sin duda, una gran dosis de privilegios de esa elite (económica, militar, política, eclesiástica, mediática) les impide ver que 40 mil muertos no es un número minimizable. Pero claro, como en el cuento de Dino Buzzati, El saco, ellos meten el dinero en el bolsillo y salen, como por magia, los billetes. Su conciencia tiene que negar la relación causa – efecto entre ese dinero y la desgracia y el luto en más de 40 mil hogares, lo que quienes pedimos paz consideramos una emergencia nacional.
Más de 40 mil hogares de luto en el país, y todavía nos piden que esperemos otros años y otras decenas de miles de muertos más: Nuestra discriminación, nuestro luto, es proporcional a sus privilegios, su ceguera, sordera y necedad.
Y por si fuera poco hay quienes desde la izquierda (eso dicen) critican a Sicilia sin leerlo, que si es poeta, que si es católico, que si lo otro… Ah pero “yo soy una buena persona”.

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