Los hijos de la violencia

http://www.conspiratio.com.mx/conspiratioo/?page_id=219

Por Roberto Ochoa

¿Qué ocurre cuando un ejército ocupa las calles? Se está en guerra. La operación mental de Felipe Calderón, sin embargo, fue al revés. Al tomar el poder se preguntó: ¿Qué puedo hacer para ocupar al ejército? Declarar una guerra, respondió. Su escasa legitimidad en el gobierno fue entonces sustituida por el imperativo de la violencia. Pero la operación mental de Felipe Calderón sólo es representativa de algo mucho más complejo: una civilización que ejerce la violencia como medio de control.

Por las razones que sean, el gobierno mexicano optó, a partir del año 2006, por la militarización del país. Se adujo que el pueblo de México estaba harto de la violencia y que había que dar una respuesta firme a semejante clamor. En este sentido, el camino que se trazó fue el de “recuperar” el monopolio de la violencia “legítima” en manos del Estado, combatir frontalmente a bandas criminales, con el ejército, para copar los espacios públicos que aquellas usufructuaban. Pero este camino conducía, necesariamente, al de la escalada de la violencia. En la propuesta del gobierno se ponía de manifiesto la enorme contradicción que es parte consubstancial de la mismísima teoría del Estado: la pretensión de una paz absoluta que sólo puede seguir el camino de la violencia.

una idea más sensata para dar respuesta al hartazgo de la violencia sería la de considerar a ésta como un fenómeno, como la manifestación o apariencia sensible de un mal que tiene raíces profundas, en vez de caer en el juego de la doble moral al considerar a la violencia como un mal absoluto, al tiempo que se le utiliza como único remedio posible para combatirla. La violencia tiene causas, así que en vez de oponernos casi irracionalmente a su influjo, habría que tomarlas en cuenta, primero para entender y después para responder adecuadamente.

Se ha apelado al poder máximo, al poder soberano, para tratar de someter a las fuerzas enemigas. Se decidió subir al último escalón en el uso de la fuerza. Sin embargo, la contradicción inherente a la teoría del Estado ha confundido a los políticos y los ha hecho caer en la trampa de la violencia. Leopold Kohr sostiene que “la fuente de la agresividad no descansa en el campo de la psicología, sino en el de la física” (Leopold Kohr, The Breakdown of Nations, Routledge and Kegan Paul, London and New York, 1986 (1a. edic. 1975), p. 37. La traducción es mía). Argumenta que la historia nos muestra cómo la violencia no emana de las ideologías, sino de la acumulación y ejercicio del poder. Lo que ha conducido a las naciones a agredir ha sido el poder acumulado, ya sea en Alemania, India, China o los Estados unidos, por muy variados que hayan sido sus discursos ideológicos. “El pensamiento de lanzar el explosivo –sentencia Kohr– no viene de nuestra actitud filosófica, sino del hecho de que tenemos el explosivo en la mano” (Ver “El fuero militar, garante de impunidad”, en Proceso 1688, 8 de marzo de 2009).

Leopold Kohr propone que la causa de la violencia se encuentra en la acumulación de una magnitud crítica de poder, la cual, una vez alcanzada, produce espontáneamente la conducta agresiva. Esta magnitud crítica se refiere a un volumen de poder tal “que asegure inmunidad frente a las represalias” (Ibid., p. 28.). Esto ocurre cuando el poder acumulado induce a quien lo detenta a creer que no podrá ser revisado, en el ejercicio del mismo, por ningún poder superior durante un periodo de tiempo suficientemente prolongado. En el contexto de la guerra emprendida por Felipe Calderón, el hecho de que los abusos cometidos por militares contra civiles se reserven a ser juzgados por el fuero militar (Ibid., p. 26), es un claro ejemplo del poder que ha so- brepasado la magnitud crítica.

Según esta tesis, los sujetos que agreden no son los que están infestados de malos pensamientos, sino los que piensan, aunque sea sólo por un instante, que podrán evadirse de las consecuencias de sus actos.

Por tal motivo, desplegar el máximo poder del Estado y poner a disposición de ciertos sujetos el uso excesivo del poder, sólo puede acrecentar y exacerbar la violencia. La pretensión obsesiva de hacer cumplir el “imperio del Estado” (Calderón dixit) nos lleva a una espiral desastrosa. La escalada de la violencia parte siempre del presupuesto de que si aplicamos una dosis mayor que la del enemigo podremos vencerlo. Pero la contraparte de esta escalada es el incremento de la miseria humana. Escalar la violencia es caer en la espiral del desastre.

A diferencia de Thomas Hobbes, quien apela a la constitución de un poder soberano (que es sinónimo de “absoluto”) para someter, por el monopolio de la violencia, al resto de las violencias, Leopold Kohr propone ir verdaderamente hasta la raíz del problema y hacer que el poder decrezca hasta que quede siempre por debajo de la magnitud crítica. Para ello es para lo que realmente se necesita valor, pues para romper con la espiral de la violencia se necesita, nada más y nada menos, que confiar en la naturaleza humana y dejar las armas a un lado.

Pero si creemos que “el hombre es el lobo del hombre”, que no se puede otorgar confianza a una humanidad libre, creeremos también en el Leviatán como medio de control, como el único garante de paz y estabilidad. Entonces, nuestra propia naturaleza será la de la violencia, pues al refugiarnos bajo su abrigo la habremos reconocido como nuestra madre.

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