Ciudades Rurales: ¿nuevos campos de concentración?

Mirada Sur (Semanarios – SCLC, Chiapas)

 

El término “desarrollo sostenible”, “perdurable” o “sustentable” se aplica al desarrollo socio-económico y fue formalizado por primera vez en el documento conocido como Informe Brundtland (1987), fruto de los trabajos de la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas, creada en la Asamblea de las Naciones Unidas en 1983. Dicha definición se apoyó en el Principio 3º. de la Declaración de Río (1992), que dice: “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes, sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”.

 

Según la ONU, el ámbito del desarrollo sostenible puede dividirse conceptualmente en tres partes: ecológico, económico y social. Se considera el aspecto social por la relación entre el bienestar social con el medio ambiente y la bonanza económica. Deben satisfacerse las necesidades de la sociedad como alimentación, ropa, vivienda y trabajo, pues si la pobreza es habitual, el mundo estará encaminado a catástrofes de varios tipos, incluidas las ecológicas. Asimismo, el desarrollo y el bienestar social, están limitados por el nivel tecnológico, los recursos naturales y la capacidad del ambiente para absorber los efectos de la actividad humana.

 

Con estos conceptos básicos de lo que implica la sustentabilidad, se puede cuestionar si ¿las ciudades rurales son sustentables? Claro que no. A la fecha, el gobierno de Juan Sabines ha construido dos, ha pretendido construir dos más, además que ha colocado, acompañado del empresario Ricardo Salinas Pliego, la primera piedra de otra. El argumento principal es uno de los marcados por la ONU: el combate a la pobreza, pero ¿y los demás requisitos? A la fecha la primera construida, Juan de Grijalva, ¿ya es sustentable? Nuevamente la respuesta es NO.

 

Uno de los principales proyectos productivos de la primera ciudad rural es la producción del “chile habanero” orgánico. El proyecto se ha concretado, incluso los productores han logrado la certificación de sus homólogos de Yucatán, en cuanto al sabor se refiere. Pero la mala noticia es que ese proyecto no les ha permitido cumplir con el objetivo mencionado, es decir, en un plazo inmediato no tienen perspectivas de que sea un medio para salir de la pobreza ¿Por qué? Muy sencillo, no tienen un mercado rentable para su producto y han tenido que vender a 7 pesos el kilo de chile, lo que en realidad no les permite satisfacer sus necesidades básicas.

 

Lo que también ha acompañado a las ciudades rurales es el proyecto productivo y ese es el propósito real, pues en cada ciudad siempre se instala una planta industrial; en Santiago El Pinar fue la planta ensambladora. Por lo anterior, los expertos en este tipo de proyectos, afirman que las ciudades rurales son los modernos campos de concentración, pues con el pretexto de evitar la dispersión de comunidades para brindarles los servicios básicos, se concentran en una ciudad para tener reunida la mano de obra barata y con una sola opción de trabajo, por eso no es casual que el empresario Salinas Pliego haya acompañado al gobernador a colocar la primera piedra en Copainalá.

 

Se les puede desvanecer ese oscuro propósito con los proyectos productivos, pero es pasajero el efecto; tarde que temprano los productores de chile habanero orgánico tendrán que buscar otra forma de obtener ingresos. De igual forma, en Santiago El Pinar se les instaló un proyecto de producción de alimentos con la técnica llamada hidroponía, pero sin entrenarlos. Esa técnica de cultivo es una opción real ante la escasez de alimentos que se avecina, porque se puede producir en espacios muy reducidos y sin complicaciones de agroquímicos, pero es necesario saber cómo hacerlo y es un proceso complicado.

 

El gobernador ha pretendido construir otras dos ciudades en los municipios de Amatán y Chenalhó, pero los lugareños se han opuesto. En Amatán se pretendió aprovechar la emergencia del deslave de tierra que dejó varios muertos, como el caso de Juan de Grijalva con el taponamiento del río Grijalva que provocó la desaparición de la comunidad, pero los afectados pertenecientes a las comunidades eclesiales de base, dijeron que no. En Chenalhó, la organización civil de Las Abejas también se opuso. Un factor determinante en ambos casos fue el trabajo de concientización de los laicos de la diócesis local, pues para ellos es más fácil identificar los propósitos reales de las ciudades rurales. El tiempo será la mejor vitrina para exhibir esos propósitos, ahora disfrazados, que demostrarán que el imperialismo sigue construyendo campos de concentración. 

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