De que anda, anda

Gustavo Esteva, La Jornada
El movimiento se demuestra andando, nos decían profesores de ánimo filosófico desde la primaria. Este movimiento no deja de andar. Circula por ahí, contagiosamente, la sensación de que esto es lo que estábamos esperando: algo que pudiera articularnos y convertir en iniciativa política de gran alcance las fuerzas que se venían acumulando desde abajo. Y llegó.
Es cierto que al movimiento podría ocurrirle lo mismo que a otros que se frustraron. Podría terminar en un diálogo de sordos, como el que ya está teniendo lugar. Se hundiría si el gobierno llevara a Juárez otra vaga promesa armada, algunos la aceptaran, y se produjera una gran desbandada rencorosa. Podría ser capturado por algún grupo político en busca de votos y prosélitos.
Todo esto es posible pero no probable.
La idea de un diálogo con las autoridades causó inmediata irritación en muchos grupos. No hay interlocución válida. Las “autoridades” han dejado de serlo. No cumplen su palabra ni honran su firma. ¿Para qué seguirles buscando la cara? Parece sensato que el movimiento no reproduzca la actitud de los de arriba, negándose a escuchar. Pero eso no implica bajar la guardia y caer en la trampa de las discusiones sin salida. Los grupos de Juárez fueron muy firmes al respecto; ya probaron todos los diálogos y saben de su esterilidad.
Han causado preocupación divisiones reales o aparentes entre los “organizadores”. La inquietud viene quizás de las manías de quienes imitan en sus organizaciones, sindicatos o partidos la estructura del Estado que acosan para obtener algo de él o para conquistarlo. Quienes piensan así quieren dominar y controlar, quieren pensamiento único, quieren disciplina y seguidores. Un movimiento como éste, en contraste, se define por la diversidad: ideas, iniciativas, declaraciones de intención, propuestas…todas brotan de múltiples puntos. Unas mueren recién nacidas: nadie les hace caso. Otras duran y prosperan, porque muchos encuentran en ellas fuentes de esperanza. Las movilizaciones están colgadas de la instrucción y convocatoria del líder, la cúpula, la dirigencia. Los movimientos, en cambio, no dependen de nadie, o más bien, dependen de todas y todos, como ahora, que dependen de cuantos estamos hasta la madre, decididos a tomar el asunto en nuestras manos.
No deben preocupar mayormente los buitres carroñeros, que no dejan de sobrevolar en torno al movimiento. No hay ahí mucha carroña que los alimente; si algo se llevan servirá para limpiarlo.
Algunos se preguntan por qué seguir con marchas y concentraciones multitudinarias, que parecen agotadas como mecanismo de presión y negociación. Las autoridades aprendieron a lidiar con ellas, corrompiéndolas, agotándolas, llevándolas al vacío. Mucha gente también está hasta la madre de ellas, por los trastornos que causan en la vida cotidiana. Pero hay de marchas a marchas. Algunas, como las que ahora se organizan, son sólo maneras de encontrarnos, reconocernos en los otros, apreciar nuestra fuerza, preparar el siguiente paso. No vamos a pedir. No se trata de ir a pactar con las autoridades. Vamos a hacer públicas nuestras decisiones y a imponer plazos y condiciones a quienes todavía detentan los aparatos formales del poder político y económico. Y lo hacemos respetando a los demás.
Debemos estar conscientes de que no hay sabiduría en las muchedumbres. En ocasiones producen un desastre, por impulsos propios que se vuelven histeria colectiva, o por provocadores expertos que los funcionarios acostumbrar infiltrar. Conviene tener a mano personas capaces de encauzar su energía. Así lo hizo Javier Sicilia, ante la muchedumbre excitada que pedía la muerte de Calderón. Su serena reflexión: ¡No queremos más muerte! calmó de inmediato los ánimos… sin desmovilizar ni controlar. Javier no quiere, ni puede, ni debe, convertirse en líder supremo. No es jefe, mando, guía. Es y seguirá siendo fuente de inspiración, dignidad caminante, dolor de esperanza, faro de referencia, vela en la oscuridad… Su integridad moral pasa todas las pruebas. Ningún ataque rastrero contra él, como los que ya proliferan, puede desgastarlo en la función que tiene.
Todo esto tiene un precio. Sin dirigentes identificables, sin procedimientos establecidos, sin núcleo central de articulación, padecemos dispersión, des-concierto, tentaciones de verticalismos nuevos o viejos… No debe preocuparnos demasiado. Están despertando las imaginaciones reprimidas y se inventan ya mecanismos apropiados a la naturaleza de este movimiento, como ocurrió en Túnez y Egipto o ahora mismo en España, Grecia y otras partes.
Hay que ir a la caravana. Cuantos podamos. Necesitamos llegar el 10 de junio a Ciudad Juárez confiados en que haremos entre nosotros pactos sólidos que sólo serán el principio, el primer paso tentativo. Después vendrá lo bueno: la lucha histórica para la reconstitución del tejido social.
gustavoesteva@gmail.com

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