Adicción a la guerra

Javier Hernández Alpízar
No miente Alberto Lara, director del montaje Adictos Anónimos, cuando dice que ver el espectáculo escénico que está presentando Laboratorio Escénico te deja reflexionando.
Hay un poco un brinco de la primera parte, entre cómica y fársica, donde la sátira se pone frente al espectador un poco como un espejo en el cual, quienes más se evaden verán a los amigos y sus adicciones, y quienes tienen el valor de enfrentarse pueden ver algo de sí mismos. Un brinco a la segunda, donde una perorata pone los puntos sobre las íes: La guerra es la cosa más estúpida que se nos puede ocurrir para combatir “las drogas”.
El hecho de que las adicciones en la obra sean a productos legales, y compulsivamente publicitados por el mercado como: el fanatismo religioso, el tabaquismo, la televisión, las relaciones de pareja simbióticas y con ganancia para las compañías telefónicas por el uso abusivo del teléfono celular, el alcohol, el café (la infusión, no el otro), hace que se desplace la mirada de las adicciones satanizadas a las bendecidas por el mercado, la tradición, el lugar común.
¿Qué pasaría si los cazadores de los placeres ajenos hubieran decidido que lo demoniaco e ilegal, lo punible, aquello por lo que “vale la pena el sacrificio” de 35 mil o 40 mil muertos hubiera sido el tabaco, los cigarros que contienen solamente nicotina, alquitrán y peligrosas sustancias que pueden matar envenenada a una rata, provocar abortos no deseados, enfisema pulmonar, cáncer o simplemente halitosis? ¿Qué pasaría si en lugar de querer desterrar la hoja de coca, los ejércitos de Colombia y de México se dedicaran a destruir plantíos de café, cafetos, cafetales, algunos de ellos amigables con las aves y el bosque de niebla?
Sería absurdo: Los noticieros informando todos los días de diez, quince, veinte o más decenas de muertos cuando la policía, el ejército, la marina, disparó contra peligrosos traficantes de cigarros Marlboro, Camel, Alitas, Delicados… quienes, en su afán por abastecer el mercado de ávidos chacuacos que se fabrican con toda autonomía su propio cáncer, contestaron con armas de alto poder? Si le parece estúpido es porque lo es.
Así como imágenes de militares cortando, destruyendo y quemando sembradíos de café arábiga y robusta… ¿se imagina el delicioso aroma del incendio de las peligrosas cosechas de café destruidas?, ¿se imagina el placer transgresor de quien estuviera dispuesto a pagar el carísimo precio de tomar una taza de café clandestino, probablemente adulterado para hacerlo rendir, además con el costo social de tener que tratar con el crimen organizado para tomar una taza de infusión?
¿Se imagina a los presidentes, municipales y de la república, da igual, son igual de ignorantes, provincianos y esnobs, a los presidentes y las presidentas, tomando una taza de café delicioso en un país extranjero, donde fuera legal, mientras en México decenas de miles mueren por combatir y presuntamente erradicar ese maldito vicio y “evitar que llegue a nuestros hijos”?
Con el alcohol no hay que imaginárselo, en los Estados Unidos ya estuvo prohibido y lo tuvieron que volver a legalizar para evitar más muertes en una guerra fracasada desde su inicio y desde su concepto.
Sin duda, combatir a balazos lo que es un problema de salud pública siempre será estúpido. Muertes absurdas, gratuitas, inútiles, desde cualquier reflexión humanamente sensible: Pero la clase en el poder es adicta a la muerte, las sangre, la destrucción, la violencia. Como dijera Javier Sicilia del presidente y del secretario de seguridad pública: Solamente tienen imaginación para la violencia.
El problema es que haya amplias capas de la sociedad que compartan esa ignorancia, superstición, fanatismo y mala fe. Quizá montajes escénicos como Adictos Anónimos pueden  iniciar un debate más amplio: Para hacer una guerra hay que tener una buena razón, la adicción a los tóxicos de la sociedad norteamericana no debe combatirse poniendo a los mexicanos a asesinarse con armas de alto poder que son un gran negocio para la industria armamentista de los Estados Unidos.
Cuentan que Jorge Serrano Limón quería ayudar a los adictos al tabaco, y para ayudarlos les jugaba la pesada broma de mezclarles pólvora en los ceniceros. En esos métodos siempre se ve que hay alguien muy enfermo. En la anécdota es Serrano Limón, en el México de los 40 mil lutos, una clase política profundamente adicta a la muerte y la guerra.
Adictos Anónimos es una obra de Luis Mario Moncada, producida or Laboratorio Escénico AC y Vulcanizadora Producciones.
Actúan: Alberto Lara (el alcohólico), Betania Benítez (la fanática religiosa), Yesenia Muñoz (la doctora cafeinómana), Jezabel Zambrano (la farmacodependiente), Deric Xicotencatl (el fumador), Jonathan Barrales (el teleadicto) y Juana María Garza (la conferencista). Dirección de: Alberto Lara. Diseño sonoro y edición de video: Eloisa Diez. Diseño de imagen: Rodrigo Pérez Sámano. Cámara de video: Augusto Mandujano.
Las funciones son dos fines de semana: viernes 3, sábado 4 y los días 10 y 11 de junio, en el auditorio de Radio UV. Colaboraciones de 60 y de 40 pesos.
Demo de la obra en You Tube: http://www.youtube.com/watch?v=m6MVxWzM77g&feature=player_embedded

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