El índice del poder


Javier Hernández Alpízar
En 1995, entre los periódicos que leía con relativa frecuencia estaba El Financiero. Una ocasión me pareció que la columna Indicador Político se repetía, que unos pocos días antes ya había publicado Carlos Ramírez ese mismo texto, una especie de perfil policiaco de Raúl Salinas. Qué raro, pero era el mismo texto. La diferencia es que en esa segunda ocasión que se publicó, detuvieron al que los medios, me parece que Proceso, había ya apodado el “Hermano Incómodo”.
Es una función típica de algunas columnas. El poder señala en ellas a quienes piensa echarles el guante, por ejemplo. Aunque sean firmadas por un columnista, son versiones que el poder intenta instalar en las mentes de muchos lectores: Formar “opinión pública”, inducir “consensos”, o como dice el lenguaje de la mercadotecnia “posicionar” ciertas ideas, creencias, rumores, acusaciones, que le permitan al poder una cierta “gobernanza”.
En ese sentido, si necesitamos en el país una desmilitarización, y de eso discutimos hoy. Si el poder la quisiera promover, los columnistas la promoverían, de manera que cuando se diera el paso político, pareciera que el poder ha sido “sensible” a un clamor de la “opinión pública”.
Pero no es el caso. El poder necesita la militarización y no quiere abandonar la estrategia, quiere continuar con ella. Hasta ahora las voces que la han pedido han sido demasiado locales, poco conocidas a nivel nacional, y menos internacional, como para que el poder se moleste en tratar de generar una contrapropaganda por medio de sus “líderes de opinión”.
Pero el Movimiento Nacional por la Paz que acaba, en Ciudad Juárez, de firmar un pacto (si quieren en borrador y perfectible, pero ya es la expresión de una voluntad colectiva) ha pedido la desmilitarización del país, el regreso de los soldados a sus cuarteles. Esta vez el movimiento ha tenido un seguimiento en la prensa industrial lo bastante amplio como para esconder el llamado a la desmilitarización.
El sainete que se está armando con las desafortunadas declaraciones de Javier Sicilia y Álvarez Icaza al llamar al documento una relatoría, y con ello relativizar la demanda de desmilitarización, central e irrenunciable para el movimiento, dará seguramente mucha tela de donde cortar. El poder sabe cómo aprovechar esos ruidos: Poner a los ojos de la población un sector, pequeño, visible, como el “razonable”, “dialogador”, “legítimo” y separarlo de otro más amplio: el de los “radicales” o como hasta el periodismo de “izquierda” hizo con los estudiantes de la UNAM, los “ultras”.
De esa manera se atiza más la división y desconfianza al interior del movimiento, se promueve la confusión en la sociedad y la desconfianza hacia él. Hasta hoy, en opinión de muchas personas cuyos único medios de “información” son los comerciales, siguen siendo sinónimos de “delincuentes” los apodos de “cegeachero”, “atencos” o “appos”.
Esta vez, la columna de Carlos Ramírez no oculta ni disfraza su interés en desprestigiar, desacreditar y criminalizar el Movimiento Nacional por la Paz. En su Indicador Político del 15 de junio (http://www.elfinanciero.com.mx/index.php/comentaristas/29033), hace una apología del ejército desde los sumarios de la columna: “Ejército, 90% de decomisos” y se refiere a decomisos de armas. De acuerdo a ese parte de guerra, esa cifra debería calificarse de éxito. No lo dice, pero podemos suponer que 40 mil muertos, para Carlos Ramírez valen la pena por esos decomisos. Los decomisos no se hacen en la frontera, las arman ingresan, como el operativo estadunidense ilegal “Rápido y furioso” reveló, y luego, según el columnista, decomisa el 90% el ejército. Mal negocio que sea después de tanta muerte y no antes. Además, el otro 10% sigue siendo usado en la industria de muerte, la cual no es cuestionada por Ramírez.
Pero el blanco del ataque del columnista es el Movimiento Nacional por la Paz. En las bajantes lo pone como “Narco: Chávez, AMLO y EZLN”. Nada más le faltó enlistar a los extraterrestres y los zombies de Sahuayo en la conspiración, la liga del mal del columnista.
Tramposamente pone a criminales al lado de movimientos sociales, gobernantes de América del Sur, eternos candidatos del PRD, y de un ejército indígena que no ha disparado un tiro desde 1994 en que hizo uno alto al fuego para promover iniciativas políticas civiles. La verdad pude sonar a chiste y extrañar que un columnista “serio” haga estos textos, pero no: Es la señal de que el poder quiere desacreditar al Movimiento por la Paz. Y hay una regla, ya que se dirige al público más crédulo y pasto fácil de los rumores y “trascendidos”, mientras más gorda la mentira, más gente la comprará. De hecho los extraterrestres le habrían ganado más lectores, señor Ramírez.
Normalmente un columnista serio no haría calumnias de ese tamaño, o eso debería, pero es un plan de propaganda de estilo goebbeliano, “miente que algo queda”. Así que Ramírez se sirve con la cuchara grande: “el Pacto de Ciudad Juárez implica la entrega de las plazas a los cárteles del narcotráfico que el Ejército ha recuperado.” De manera que aparecen los que piden la paz como defensores de una de las dos partes en la balacera. Dice que los criminales “quedaron más que satisfechos con la marcha porque los malos de la película no fueron ellos sino los militares.”
Es la misma acusación que le han hecho al movimiento casi desde que nació. Pero ahora criminalizando a personas con nombre y apellido: “Por lo menos cuatro prelados de la iglesia católica firmaron el pacto que pidió el juicio político contra el presidente de la República y varios funcionarios, contraviniendo las leyes que exigen que los sacerdotes no participen en política activa: el obispo Raúl Vera, el padre Miguel Concha, el fraile Gonzalo Ituarte y el sacerdote Óscar Enríquez. Por lo demás, los sacerdotes de la iglesia católica sirven a un Príncipe extranjero y están subordinados a otro Estado, el Estado Vaticano.”
Acusa a sacerdotes que han defendido los derechos humanos en el país de ser “súbditos de un príncipe extranjero” llamando a su estigmatización por ser curas, y por xenofobia. Probablemente la mayoría de los lectores no saben que el papel de esos sacerdotes es el de defensores de derechos humanos. Pero al final de la columna, luego de varios infundios, prácticamente el columnista los hace pasar por “defensores de narcos”.
“Estos sacerdotes utilizan la fe para conducir a los creyentes a la confrontación.” Es la calumnia del columnista: No solamente es mentira, trata de hacer pasar a quienes piden la paz como violentos, mientras él, Ramírez, hace una apología de la guerra.
Además entre líneas pide la represión contra ellos: “Pero todos ellos han violado la ley al firmar un pacto que exigió el regreso de los militares a los cuarteles pero sin ninguna exigencia a los cárteles de la droga. Por tanto, su petición se convirtió en una colaboración de la caravana con el crimen organizado al exigir que el gobierno federal ya no use a los militares contra los delincuentes.”
Estas últimas líneas entrecomilladas sintetizan el discurso de la derecha mexicana que defiende la guerra a toda costa: Pedir la paz es defender narcos.
Lo que dice Ramírez es mentira, pero mucha gente lo puede tomar por cierto porque se refuerza con las repetición de la misma idea del poder por distintos canales. Goebbels vive, la propaganda sigue.
El Movimiento Nacional por la Paz debe reflexionar sobre su lenguaje. No solamente deben evitarse los dislates como el de Sicilia y Álvarez Icaza al negarle el carácter de acuerdo al algo que a quienes participaron colectivamente les costó tanto consensuar y formular. También deben evitarse las expresiones, les llamaré así, “catárticas”, que expresan el rencor contra los señores de la guerra, pero no ayudan a formular un camino común, y decir en un lenguaje llano: Estamos por la paz, por la justicia, por la dignidad de las personas, por la desmilitarización. Bien entendidas, la mayoría de los mexicanos las apoyarán, porque no esperan la muerte violenta o la amenaza de ella como cotidianeidad.
Claro que un sector de la población mexicana se dirige al gobierno para pedirle el fin de la guerra y el cambio de estrategia para hacer frente al fenómeno de las drogas, pero no porque defienda a los criminales, sino para salvar vidas. Lo cual a Carlos Ramírez parece no importarle. De manera que cómo hacer justicia y evitar la impunidad es el trabajo a realizar, pero no se resuelve mintiendo y criminalizando a la gente que está actuando con conciencia y con ética. Pero eso es demasiado pedirles a los columnistas del poder. Es como cuando en las discusiones de San Andrés Larráinzar los representantes del gobierno decían no entender qué es eso de “dignidad”. A veces no podemos ser demasiado exigentes con estos “líderes de opinión”. ¿No podemos?

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