No colaborar con la guerra

 

Javier Hernández Alpízar

Partamos de la premisa de los personajes de Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas: La casualidad no existe. 

El hecho es que la mañana del 22 de junio encontraron el cadáver de un joven, entre los 17 y los 20 años de edad, colgado en un árbol frente a la Paloma de la Paz en Cuernavaca, Morelos, de la cual han partido las Marchas Nacionales por la Paz con Justicia y Dignidad, la primera en protesta por el juvenicidio en el cual murió Juan Francisco Sicilia, la que en silencio marchó hasta el Zócalo del Distrito Federal y la que, con el nombre de Caravana del Consuelo, llegó hasta Ciudad Juárez, Chihuahua.

El hallazgo del cadáver de quien, según la nota de Excélsior, se llamaba Jonathan Gómez, ocurrió justamente en la mañana del mismo día en el que Javier Sicilia y Emilio Álvarez Icaza anunciaron un diálogo público, es decir con presencia de los medios industriales de comunicación, aunque no de público en general, con Felipe Calderón.

Para terminar de expresar lo precario del diálogo, unas horas después de que la parte ciudadana dijera que el encuentro será en el Museo Nacional de Antropología, aludiendo al simbolismo de las raíces más antiguas del país, el gobierno anunció que cambió la sede al Castillo de Chapultepec, símbolo del poder y de una fracasada resistencia a una invasión del ejército de los Estados Unidos en el siglo XIX.

Por si estos malos augurios fueran poco, ambos interlocutores llegarán con una representación muy disminuida y cuestionada, para usar el tipo de lenguaje de Sicilia e Icaza. Los dos citados representantes del Movimiento ciudadano por la Paz porque, después de firmar un extenso documento en Ciudad Juárez, resultado tanto de la propuesta inicial de seis puntos de Pacto Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad, como de la discusión en mesas temáticas en Juárez, desconocieron el carácter de Pacto Ciudadano por la Paz y lo llamaron, en entrevistas de prensa en El Paso, Texas, una relatoría de las discusiones.

El problema es que hay un equívoco que divide al movimiento entre quienes se tomaron en serio la idea de que ese documento es de consenso y expresa los ejes comunes, muy difícilmente alcanzados, por el movimiento, y la parte cercana a Sicilia e Icaza, quienes regresaron a la propuesta de seis puntos anterior. De manera que el movimiento no se verá representado en un diálogo que no aceptó.

Originalmente se había difundido la idea de emplazar a los poderes institucionales (llamémoslos así) a firmar el Pacto en Juárez, luego, ante la negativa de los anfitriones, se aludió a firmarlo, por el lado del poder, en Cuernavaca. Ahora se aceptó un diálogo con Calderón, quien cambió la sede unilateralmente, por seguridad (?), mientras los poderes fácticos dieron una respuesta a su estilo: un cadáver frente a la Paloma de la Paz. Y un símbolo de que Calderón no puede desmovilizar a los señores de la guerra, de ningún bando.

En suma, quienes llevarán la demanda de justicia y de cambiar la estrategia frente al crimen organizado llegarán sin el consenso de los participantes en las movilizaciones y, por otro lado Calderón llega sin legitimidad ante una gran parte de los ciudadanos (la tiene ante una parte de los auditorios de los medios industriales que han comprado la guerra sin cuestionarla), y sobre todo, sin la capacidad ni el interés de cuidar las formas, por ejemplo, evitar hechos de sangre “simbólicos” y no cambiar la sede unilateralmente.

Los críticos que siempre pidieron a Javier Sicilia un discurso personalizado contra Calderón diagnostican es que su postura es de “colaboración” y no de “choque”.

El problema para un posible Movimiento Nacional por la Paz que no tire la estafeta, tras un previsible fracaso del encuentro entre Sicilia y Calderón, es que no se reduzca a esas dos opciones: “colaboración o choque”, porque ambas están delineadas desde y para la guerra.

No obstante, podríamos decirle al articulista Pedro Echeverría, de quien tomamos el dilema citado, que el movimiento electoral alrededor de López Obrador ha sido justamente en esos dos carriles: “choque” en el discurso, donde jamás “reconocieron” a Calderón, pero de colaboración de todos los gobiernos surgidos de sus filas, el más emblemático de ellos: Ebrard, cuyo protagonismo en el montaje policiaco y mediático de la Conferencia Nacional de Gobernadores (CONAGO) es un intento de aparecer decidido al continuismo y presidenciable.

Queda pendiente, más allá del previsible fracaso en el diálogo de Chapultepec, que las víctimas y las organizaciones en resistencia que se encontraron en el camino a Juárez puedan construir un Movimiento Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad que proponga una salida más allá de la falsa disyuntiva de “colaboración” o “choque”, las dos opciones en que intenta encerrar el militarismo a la sociedad mexicana. Y sobre todo que no asuma la doble política de choque retórico y colaboración en los hechos.

Ante la guerra falta una resistencia pacífica de no colaboración, pero no una postura de choque, porque es volverse parte de la guerra y, aunque oponiéndose a ella, colaborando a que siga.

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