En México los derechos humanos son una utopía

Javier Hernández Alpízar
La utopía sigue siendo utopía. A veces se nos olvida, lo obviamos. Quizás porque la mayoría de las personas solemos rodearnos de la gente que nos simpatiza o al menos con quienes contemporizamos, y hay afinidades. Por eso es necesario no solamente leer los medios con los cuales somos “ideológicamente afines” o escuchar de vez en cuando (“Serenidad y paciencia”, decía  el popular héroe mexicano Kalimán) a quien no solamente piensa diferente sino quizá de manera opuesta.
En México, y creo que no somos la excepción internacional, la idea de que todos los seres humanos, las personas, somos iguales, que tenemos los mismos derechos, sigue siendo una idea no universalmente aceptada. No significa que no sea un ideal legítimo, de hecho, quien esto escribe piensa que es clave para que la humanidad sobreviva, no solamente en cuanto a calidad y dignidad humana, sino en cuanto a sobrevivencia a secas, pero que hay una resistencia a la idea, hay mil subterfugios para escamotear el ideal.
Las leyes, la Constitución, los tratados, convenios y protocolos internacionales que México ha firmado dicen una cosa, y un sector de la gente, especialmente desde el poder, la élite económica, militar, eclesiástica, política y sobre todo mediática, pregona y defiende a capa y espada lo contrario: Sobre todo, se esfuerza por convencernos de su visión. Es una posición militante, insistente, proselitista y avasallante.
La idea que defienden es: Los derechos humanos no son universales, pertenecen a algunos, los matices vienen aquí, a muchos, a pocos, a muy poquitos, pero no a todos. Quedan excluidos de los derechos humanos, pretenden,… quienes ellos decidan.
Los fantasmas de un pensamiento colonial, racista, clasista, sexista, misógino, homófobo, antijóvenes, antiniños y antiniñas se encarnan una y otra vez en personajes que pregonan cosas como, por ejemplo:
La campaña a la gubernatura que realizara alguna vez (1999) Arturo Montiel Rojas (político priista del grupo Atlacomulco, el mismo grupo político- empresarial, un poder de facto, de otros políticos como Peña Nieto y Hank Rohn) con un eslogan que decía: “Las ratas no tienen derechos humanos”. El eslogan es de carácter fascista: pretende que hay quienes no tienen derechos humanos y los define con un término que los animaliza, aprovechando la inquietud por la delincuencia, provocada por la propia ineficacia y corrupción gubernamental, para presentar como no- humanos y por lo tanto no sujetos de derecho a quienes las autoridades decidan que están en conflicto con las leyes penales.
Es la formulación más cínica, no muchos la suscriben explícitamente, pero muchos la promueven implícitamente con sus propuestas. Otro caso, la campaña del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) promoviendo como una de sus grandes promesas de campaña en 2006 la legislación para que se utilice la pena de muerte. Es una campaña igualmente fascista, fundada en la idea de que se pueden suspender los derechos humanos de algunos, pero tuvo otros defectos además de ser intrínsecamente inmoral e ilegal. Uno de ellos es el de ser demagógica, pues México ha firmado instrumentos de derecho internacional que le impiden aceptar la pena de muerte, pues es contraria a los derechos humanos, a la Constitución, y no sería válido que México la regresara a sus códigos. Otro fraude fue el uso de un actor y una actriz pagados para promoverlos, quienes explicaron que ellos no opinan así, pero hicieron un casting y ganaron el empleo para anunciar la mercancía fraudulenta.
Otro caso muy sonado fueron las declaraciones de un militar, si no nos falla la memoria ahora debe ser secretario de Seguridad Pública en Quintana Roo, el general Carlos Bibiano Villa Castillo, quien entrevistado primero por Sanjuana Martínez y luego en el refrito radiofónico por Carmen Aristegui, aseguró que si ve a un delincuente simplemente lo mata.
El escándalo tuvo varias aristas. Una fue el reconocimiento de que, de facto, la militarización del país ha suspendido las garantías constitucionales en los lugares donde ha operado, ya que ha puesto en práctica un estado de excepción. La otra, más grave si cabe, fue la respuesta de un sector del auditorio radiofónico que se solidarizó con la violación de los derechos humanos, la suspensión de la ley, el autoritarismo y el militarismo.
El caldo de cultivo de un fascismo a la mexicana, con rasgos propios que lo distinguen del de otros países, por ejemplo, del franquismo, del pinochetismo, de las dictaduras militares en el sur y el centro del continente americano, y que lo asemejan mucho al militarismo y el paramilitarismo en Colombia, está en ese sector: quienes justifican 41 mil muertos con la coartada de mala fe de que “más del 90%” eran delincuentes.
Olvidan un hecho: La única diferencia entre el poder de un delincuente armado que obliga a los demás a obedecerlo y el gobernante es de carácter político. Se supone que el gobernante usa la fuerza de modo legítimo, es decir, con autoridad moral, política y dentro de los límites de las leyes (la Constitución y los Convenios internacionales que el gobierno ha firmado), es decir: no puede ni debe aplicar la pena de muerte, tiene que respetar los derechos humanos.
Si las fuerzas gubernamentales actúan en los hechos como si no existieran esas leyes, instaurando el estado de sitio, entonces se borra la frontera entre ambos “bandos” en conflicto. Ambos se definen solamente por su poder de fuego, la única diferencia entre ellos es de magnitud, y para el caso, implican un riesgo mortal para casi toda la población civil.
Aceptar esa situación, bajo cualesquiera subterfugios verbales, retóricos y pseudolegales, es asumir en los hechos la misma postura que Arturo Montiel Rojas (En 2006 en Atenco, Peña Nieto asumió esa postura, hoy parece asumirla contra la organización Alianza Única del Valle), el Partido Verde Ecologista de México (no sorprende entonces que las Juntas de Buen Gobierno lo incluyan en algunas de sus denuncias de agresiones paramilitares en Chiapas) y del general Carlos Bibiano Villa Castillo (quien luego se desdijo, pero incluso si, como dijo en su retractación “nunca he matado a nadie”, expresó verbalmente lo que en los hechos han realizado las fuerzas públicas bajo el mando de Felipe Calderón, Genaro García Luna, y ahora los gobernadores sindicados en la CONAGO, bajo la presidencia de Marcelo Ebrard).
Así, la idea de que los derechos humanos son universales es una utopía: es decir, un ideal a alcanzar, y para lograrlo hay que derrotar moral y políticamente a quienes desde el poder sostienen lo contrario, la tesis de Thomas Hobbes en el Leviatán: El soberano (el monarca) define el bien y el mal e impone su definición con derecho de vida o muerte sobre sus súbditos. Dicho con todas sus palabras suena poco suscribible, pero con otras palabras lo defienden esos personajes mencionados y un sector que podríamos definir como nuestro franquismo a la mexicana… En los medios de masas lo machacan constantemente voceros de ese esquema como Fernández Menéndez, Ferriz de Con, Ciro Gómez Leyva (Es un modelo de pensamiento castrense y antipacifista un artículo suyo que decía, refiriéndose a quienes piden la paz: “Si uno no estuviera ahí como periodista, se metería en el centro de la manifestación para pedirles que dejaran de gritar pendejadas, por Dios.”), TV Azteca y un amplio coro.
Tenemos que cambiar eso y no volver vana la muerte de 41 mil mexicanos y una historia noble de utopistas, desde Fray Bartolomé de las Casas, pasando por los magonistas, hasta quienes hoy comenten la suprema herejía de pedir: No más sangre, Alto a la guerra de Calderón… y la CONAGO…

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