El imperio de Caín

 

El Caín de Siqueiros

El imperio de Caín

Javier Hernández Alpízar

Contestar una carta a una amiga me hizo caer en la cuenta de una idea que ha estado rondando mis pensamientos.

Alguna vez, en una conversación informal escuché que más de uno ha caracterizado al mundo post-1989, es decir, tras la desaparición del bloque socialista, como el regreso a la etapa llamada el “antiguo régimen”.

En otras palabras, contrario al dogma modernista que dice: Los seres humanos nos parecemos más hoy a los franceses posteriores a la toma de la Bastilla, en cambio la humanidad anterior a eso se parece al mundo antiguo y medieval; ahora lo podemos decir a la inversa: Después de la caída del muro de Berlín, nos parecemos más a cualquier ser humano anterior a la toma de la Bastilla, nos parecemos más al mundo medieval, y sobre todo a la barbarie que rodeó (por fuera y por dentro) a griegos y romanos.

Tal vez algo de esa idea tuvieron escritores como Simone Weil que admiraron tanto a los griegos, capaces de reconocer la fuerza, la tendencia a destruir los límites (hybris) y pagar sus consecuencias (diké como venganza justiciera, violenta recomposición del cauce de las cosas). Y capaces de buscar una solución de justicia a esa situación trágica.

Si pensamos en el Marqués de Sade como un hombre de su tiempo, como un hombre anterior a la toma de la Bastilla, y la brutalidad que describe como lo que ocurrió con los humanos, deshumanizados por el poder, podemos decir que en efecto, esto se parece a ese mundo anterior a la toma de la Bastilla.

Entonces, el pensamiento de Aristóteles, la idea de que el rasgo propiamente humano, el zoon politikón, la inteligencia, el pensamiento ordenador que hace posible la igualdad entre unos pocos y la política, el arte de gobernar entre iguales, es un rasgo que no alcanza a las mujeres, las y los niños, y a ninguno de los pueblos bárbaros, ni a sus hombres adultos, y que por lo tanto, es legítimo que los pocos que saben y pueden gobernar lo hagan y que les es legítimo hacer la guerra, destruir otras naciones, tomarlas como esclavas, es el pensamiento que regresó.

Ese pensamiento dominó la antigüedad, dominó la edad media, dominó occidente, y contra él y de manera primero marginal y luego casi universal, pero nunca universal totalmente, nació la idea de la igualdad de los seres humanos, todos hijos de Dios, y luego, humanos todos que nacen libres (aunque por todas partes estén entre cadenas).

Ese pensamiento, el esclavista, el imperialista, dio los argumentos a Ginés de Sepúlveda, quien teorizó con Aristóteles por arma jurídica el “derecho” de los pueblos europeos a conquistar y esclavizar a los indígenas de América. Ese pensamiento fue combatido por Fray Bartolomé de las Casas (Cristo y los estoicos contra Aristóteles).

La versión secular del cristianismo: Somos hijos de Dios, hermanos todos sin distinción de raza o género, fueron las utopías humanistas de Occidente, de los derechos humanos (cuando son tomados en serio, de manera sincera y no como parapeto para la guerra) y el socialismo, tanto marxista como anarquista.

Quizá por eso hoy, hoy que el capitalismo universalizó el dogma de que los seres humanos no valen nada, que solamente importa el dinero, que los derechos humanos son una carta a Santa Clos, que el cristianismo es una pieza de museo, que el marxismo es letra muerta, que el anarquismo es “terrorismo” o juego de niños, lo que predomina es el pensamiento antiguo, el antiguo régimen; y con él predominan los poderosos, déspotas descritos por el marqués de Sade, los teóricos del poder esclavista(copyrigth, software marca registrada, transgénicos, renta de la tierra, derechos de conquista, la guerra como fuente de riqueza y poder, etcétera).

Predominan los Ginés de Sepúlveda que basados en el argumento de Aristóteles consideran una fuente legítima de riquezas y de beneficio económico la rapiña, la guerra de conquista, el despojo de los bárbaros, los safaris humanos para cazar esclavas y esclavos.

Quienes se oponen a ese pensamiento inhumano, profundamente cruel y cosificador del capitalismo realmente existente, como Cristo, como los estoicos, como Bartolomé de las Casas, deben parecer seres demasiado singulares e incomprensibles.

En México, de quienes se han opuesto a la barbarie han sido algunos de ellos cristianos, y los vemos con la sorpresa con que los romanos debieron haberlos visto: Hoy en lugar de hermanos y reino de Dios dicen derechos humanos, justicia, democracia, pero nos parecen exóticos, inverosímiles, sospechosos, dignos de toda la desconfianza de quienes no predican que la fuerza lo es todo.

Hoy la idea de que todos somos seres humanos no es solamente una utopía porque en la realidad el poder no respeta la humanidad de nadie, sino porque muchos piensan que no, que somos unos humanos y otros carne de ejecución, presidio o esclavitud.

Definitivamente, si nos pidieran a Cristo o a Barrabás, el capitalismo hecho conciencia consumista y deshumanizada diría: ¡Suelten a Barrabás! Ya incluso algunos progresistas desde hace años, esperan un líder de fuerza, un bandido, es lo más admirado. A los demás, se aconseja apedrearlos como a la mujer adúltera del Evangelio. Pero si la humanidad tiene un futuro digno de ese nombre, no es por los hombres poderosos, por el número o el nombre de la bestia, individual o colectiva, sino por esos locos estoicos, cristianos, pacifistas, que defienden a las víctimas. Solamente ellos saben cómo salir del imperio de Caín (y Aristóteles).

 

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