Gran Bretaña, Chile, Israel, España, Grecia: Las multitudes y las calles

 

 

http://proyectoambulante.wordpress.com/2011/08/15/gran-bretana-chile-israel-espana-grecia-las-multitudes-y-las-calles/

Las recientes protestas callejeras en diversos países han tenido motivos, expresiones y demandas distintas, que aquí son revisadas a través de la mirada de periodistas que han dado cobertura a los hechos.

 Revueltas callejeras que incendian las ciudades inglesas, gigantescas manifestaciones en defensa de la educación pública que terminan en violentos incidentes en Santiago de Chile, israelíes hartos de los altos precios de la vivienda y de la falta de respuesta del Estado a necesidades crónicas, protestas de españoles y griegos contra los recortes de los servicios públicos y la crisis económica que no acaba nunca, egipcios y tunecinos que tumban a los dictadores en las plazas… 2011 parece ser el año en que las multitudes han resuelto asaltar las calles con la ayuda de tecnologías de la comunicación que amplifican las protestas. Hasta ahora, estos movimientos apenas han producido cambios concretos en las sociedades donde se han generado.

ISRAEL: EL COSTO DE LA VIVIENDA

Inmersos en un clima de guerra permanente que visualiza cualquier protesta como antipatriótica, las gigantescas manifestaciones producidas durante las últimas semanas en diferentes ciudades de Israel han sido interpretadas como una auténtica novedad política en un Estado que vive más pendiente de sus vecinos que de sus propios ciudadanos. “La chispa que encendió la protesta”, explica desde Jerusalén a M Semanal María Laura Carpinetta, corresponsal del diario Tiempo Argentino, de Buenos Aires, “fue la bronca de los jóvenes de Tel Aviv que padecen la falta de acceso a una vivienda barata”.

Las protestas se incrementaron cuando el Parlamento aprobó la Ley de los Comités Nacionales de la Vivienda, una idea del gobierno de Benjamín Netanyahu para agilizar los trámites eternos que impiden la construcción de edificios a ritmo de mercado y que “se propone desregular por completo la construcción, saltándose las condiciones medioambientales y sociales”, explica Carpinetta. “La idea es que como va a haber más oferta, bajarán los precios. Pero la gente cree que lo que hará es que serán expulsadas comunidades enteras de zonas apetecibles para las grandes superficies o para la construcción de pisos lujosos que luego serán comprados por millonarios estadunidenses que los usarán como casa de veraneo, generando de este modo una burbuja que volverá los precios aún más inaccesibles”.

Carpinetta, sin embargo, difiere de las interpretaciones que ha hecho la prensa occidental, que han comparado las protestas con las de la primavera árabe o con el movimiento de Los indignadosespañoles. “No se parece a la primavera árabe porque aquí no se está cuestionando el sistema político, ni están tratando de tumbar al gobierno, aunque cada vez haya más pedidos de renuncia al primer ministro Benjamín Netanyahu. Y tampoco los compararía con Los indignados españoles porque me da la sensación de que los españoles son un grupo social un poco más homogéneo de lo que se está viendo aquí. Para entender las razones históricas de la protesta hay que tener en cuenta que en sus orígenes Israel se construyó de manera muy planificada desde el Estado”, subraya la periodista argentina. “Los primeros gobiernos fueron laboristas, y la clave era la austeridad, por eso se ven edificios muy similares. Pero a finales de los setenta se dejó esto de lado y comenzó a darse mayor libertad a constructores privados. En Jerusalén esto es notorio: han desalojado del centro a la población más pobre para hacer centros comerciales gigantes”.

Con el correr de los días el movimiento fue creciendo hasta el punto de que Netanyahu designó una comisión especial para que atendiera las demandas de los manifestantes. “La educación poco a poco fue ganando lugar en la agenda de las protestas”, añade Carpinetta. “En Israel existe un sistema que se parece un poco al chileno: 50 por ciento de los maestros de escuelas públicas están contratados por empresas privadas. Por ejemplo: en las escuelas públicas hay clases obligatorias que son de paga; si tú no puedes pagar esa clase, tu hijo no puede ir a esa escuela. De esta forma han segregado en diferentes barrios a la clase media judía de la clase baja. Lo mismo ocurre con la salud pública, que es cada vez menos gratuita. En los últimos años también han reducido las ayudas sociales a las madres y a las guarderías infantiles. Todos estos motivos han ampliado la base de la protesta, hasta lograr que en una misma manifestación se pueda ver lado a lado a comunistas y religiosos ultraortodoxos pidiendo las mismas cosas”.

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Los indignados, en la Plaza Cataluña de Barcelona, el 27 de mayo pasado. Foto: Albert Gea/ Reuters

GRAN BRETAÑA: “REBELIÓN CONSUMISTA”

Si las masivas manifestaciones israelíes sorprendieron al mundo, el estallido inglés dejó literalmente estupefacta a la opinión pública internacional. En apenas una semana los disturbios iniciados en los barrios más pobres de Londres se extendieron a otras ciudades y obligaron al primer ministro David Cameron a suspender de forma urgente de sus vacaciones y ordenar la mayor movilización de fuerzas policiales de la última década. En este caso, la tendencia a simplificar las motivaciones de la bronca social también llevó a los medios de comunicación a trazar equivocados paralelos. “En primer lugar, hay que aclarar que no son indignados, como se ha visto en España y Grecia”, explica a M Semanal el periodista Marcelo Justo, colaborador del diario ABC de Madrid desde la capital británica. “Ha habido mucha furia, incluso muchos han salido a la calle con una especie de exuberancia dionisiaca, como quien sale a apoderarse del mundo y luego tiene celebraciones de tribu victoriosa. Pero salvo algunas pintas callejeras y alguno que otro ‘Fuck Cameron’, no ha habido un discurso político articulando una demanda específica. Hubo más contenido político el año pasado en las protestas estudiantiles contra el aumento de las matrículas universitarias. Aquí la primera versión, que luego se propagó a todo el mundo, fue que se trataba de negros afrocaribeños excluidos, pero ese análisis es insuficiente —explica Justo— porque cuando uno ve el tipo de gente que ha pasado por las Cortes acusada de participar en estos disturbios junto a los negros y pobres excluidos han aparecido estudiantes universitarios y maestros. En realidad se trata de una masa variopinta en la que ni siquiera el elemento étnico es el excluyente, ya que hay muchos blancos”.

Para Justo las claves de la revuelta inglesa hay que buscarlas en otro lado. “Para entender esta rebelión hay que tener en cuenta que la sociedad británica tiene el dinero como valor supremo, hasta el punto de que los tabloides describen a las personas añadiendo el valor de las propiedades que poseen. Aquí es muy habitual ver escrito: ‘John Smith, que tiene un coche que vale 20 mil libras’. Lo que se ha visto en estos disturbios es una especie de consumismo violento de los que no tienen y quisieran tener más. Ya no importa cómo se hayan conseguido las cosas. El que tiene es y existe, y el que no tiene no vale nada. Hay que tener en cuenta que la caída de los niveles de vida que ha experimentado Inglaterra desde el 2008 es la más drástica desde la posguerra. No tiene que sorprender que suceda esto, ya que estos valores del consumismo excesivo son los que se maman todos los días colectivamente”, establece el reportero argentino.

Como testimonio quedan numerosos almacenes de ropa elegante saqueados. Junto a las tiendas de móviles y aparatos de alta tecnología estos se transformaron en los principales objetivos de las masas enardecidas que sacudieron las ciudades inglesas durante toda la semana. “A todo esto —concluye el periodista de ABC— hay que sumar el progresivo debilitamiento del Estado de Bienestar durante estas últimas décadas, lo que ha terminado por poner en marcha políticas que, más que integrar, han desintegrado a la sociedad británica. Hay también un gigantesco vacío discursivo, cuyo origen está en la caída de las ideologías, que sólo se ha suplido con un discurso sobre la fama, sobre el poder y sobre la tenencia de los objetos”.

 

Protestas en la zona de Hackney, al este de Londres, el pasado ocho de agosto. Foto: Luke Macgregor/ Reuters

CHILE: LA EDUCACIÓN, DE LAS MÁS CARAS DEL MUNDO

Mientras ardían las periferias inglesas, la sociedad chilena experimentaba una de las mayores manifestaciones de protesta callejera de los últimos tiempos. Los manifestantes piden una profunda reforma de la educación, una de las promesas electorales del gobierno de Sebastián Piñera. Pero las quejas contra uno de los sistemas educativos más caros del mundo y, sin duda, el más oneroso de toda América Latina, no son el único motivo que ha sacado a las multitudes a las calles, generando violentos enfrentamientos con la policía en Santiago de Chile a comienzos de esta semana. “Cuando asumió este gobierno, en 2010 —explica Christian Palma, periodista del diario chileno La Tercera—, se presentó con credenciales de excelencia. Prometió que iba a cambiar la manera de gobernar, que iba a haber mejores empleos, más oportunidades para la población más necesitada. Y todas estas promesas quedaron en el olvido. Éste es uno de los motivos por los cuales la gente ha salido ahora a reclamar a las calles. Hay que tener en cuenta que es un gobierno de derecha y en Chile no ha habido mucha empatía entre la ciudadanía y la derecha. Este es el primer gobierno de derecha en más de 50 años, exceptuando la dictadura de Pinochet, quien llegó al poder por la fuerza”.

El malestar de la sociedad chilena, que hizo eclosión esta semana detrás de la bandera de la reforma educativa, se debe a que “hay muchas cuestiones sociales pendientes”, explica Palma. Pero “los anteriores gobiernos de la Concertación tampoco las habían resuelto, por lo cual estas protestas son como la punta del iceberg”. El periodista recuerda que las primeras manifestaciones masivas de este año se dieron contra la construcción de centrales hidroeléctricas en la Patagonia, a lo que hay que sumar la frustración “por las grandes reformas en el sistema de pensiones que luego quedaron en la nada, al igual que la reforma en el sistema de salud, que se anunció con grandilocuencia pero que vino acompañado de la letra pequeña que dejó en evidencia que el cambio no era tan profundo. Tampoco se resolvió con claridad el tema de las uniones de hecho de los homosexuales, y por último está el tema mapuche, también latente”, que le ha generado más de un dolor de cabeza al gobierno de Piñera.

Con este malestar de fondo las protestas de los estudiantes en contra del sistema educativo prendieron de forma inusitada y terminaron volcando a la población a las calles pidiendo una reforma constitucional, explica el periodista, “que garantice mayor igualdad en la educación. Aquí la educación no sólo no es gratis, sino que se la ve como una oportunidad de mercado, y hay mucha gente que lucra con la educación. Hay que tener en cuenta que, según los expertos, el chileno es el sexto sistema educativo más caro del mundo”.

La respuesta de Piñera a los reclamos fue desde un principio errática. “Este conflicto ya obligó a renunciar al anterior ministro de Educación, Joaquín Lavín, que es uno de los líderes de la derecha más dura”, explica Palma, quien además señala la gran caída de la popularidad del presidente Piñera. “En la última encuesta del Centro de Estudios Públicos, un sondeo semestral que es el más serio e influyente que se realiza en Chile, quedó en evidencia que tiene un 26 por ciento de aprobación, el más bajo que ha tenido nunca un Presidente en la historia de esta encuesta que tiene 20 años”. Y aunque, según Palma, “a estas alturas del conflicto es imposible evaluar el tamaño del daño político que este tema le ha causado al gobierno”, está claro que los chilenos han descubierto el valor de las protestas callejeras, sumándose al resto de los movimientos ciudadanos a nivel mundial que han decidido hacer público su descontento con los asuntos públicos a través de marchas en las calles.

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