Ante el dolor… ante el espejo

Babel
Ante el dolor… ante el espejo
Javier Hernández Alpízar
En alguna ponencia en Xalapa dijo la investigadora Clemencia Rodríguez que los colombianos dedicados a la investigación, el estudio, la escritura de libros, se han vuelvo “violentólogos”. Tuvieron que serlo, porque la violencia se les impuso como tema en su país, en su pueblo, en sus vidas, en su espacio cotidiano. Y lo sigue siendo, a pesar de que en México se propone el colombiano como un modelo a seguir (como siempre se han propuesto dogmáticamente otros modelos, los Estados Unidos, Chile, Japón, España y un largo etcétera).
Ahora México es víctima de un Plan Colombia a la mexicana, un Plan México diseñado, impuesto desde los Estados Unidos, y bautizado con el eufemismo de “Iniciativa Mérida”, para intentar ocultar su relación con el Plan Colombia.
Ahora México está viviendo este proceso que algunos llaman “colombianización”: Más de 50 mil muertos; cientos, quizá miles de desaparecidos: ser el país más peligroso del mundo para prensa y periodistas (hoy, Veracruz el estado más peligroso del país); impunidad que prohija y expande la violencia contra las mujeres; agresiones graves y constantes contra los defensores de derechos humanos; propuestas de leyes para criminalizar a la población (como ya lo hacen todo tipo de grupos armados en calles, carreteras, ciudades y campos); restricción de hecho a las garantías constitucionales; y, de la mano de la militarización y la paramilitarización, una cada vez mayor injerencia del gobierno de los Estados Unidos. La principal causa de muerte de los y las jóvenes es: el homicidio.
De paso: Recomendamos leer el excelente artículo de César Rojo, “Paramilitares, protagonistas de la contrainsurgencia en Chiapas”, que nos recuerda dónde comenzó esta guerra contra la población más pobre que hoy arrasa a jóvenes y viejos en casi todo el país: http://zapateando.wordpress.com/2011/10/06/paramilitares-protagonistas-de-la-contrainsurgencia-en-chiapas/
Ante tal panorama, en donde la violencia institucional diseñada para agredir a las comunidades zapatistas (Acteal, el ejemplo clave) se ha extrapolado a otros estados y agrede ahora de manera amplia e impune, los mexicanos tendremos que ser, como diría la investigadora Clemencia Rodríguez, violentólogos.
La investigadora, experta en las radios comunitarias colombianas, refirió que los investigadores colombianos, desde todas las profesiones y disciplinas, se ocuparon de la violencia: en el arte, en los jóvenes, en la comunicación, en la memoria, desde la psicología, las ciencias sociales y en todos los ámbitos.
La realidad nos está imponiendo la violencia como tema diario, y lo estamos enfrentando, excepto muy pocos analistas, quiene ya habían iniciado la lectura de esa realidad en México, aun a costa de que los tildaran de “alarmistas” –para poner solamente un ejemplo, Carlos Fazio–, el común de los mexicanos lo estamos enfrentando líricamente, empíricamente, desde el dudoso bagaje conceptual del “sentido común”, pariente a veces indiscernible del “lugar común”.
El resultado es una confusión lamentable, la evasión, la trivialización. De oficio, las  autoridades minimizan la violencia, sobre todo la voz y el reclamo de las víctimas, y sus estenógrafos y sus corifeos la simplifican, hacen un retablo maniqueo, abusan de la tesis fascista de que las víctimas son culpables de su muerte (una implícita, y a veces no tanto, apología de la pena de muerte en los hechos, en su modalidad de ejecución extrajudicial, es decir, el estado de excepción, no declarado, sino “normalizado”). Situación que la Ley de Seguridad Nacional quiere volver estructural y permanente.
La población oscila entre el miedo (en toda su escala: del stress y la angustia al terror y el pánico) y la negación (el deseo de no enterarse de nada, como si lo que no se escuchara o no viera fuera suprimido de la realidad amenazante) y una especie de enfermedad psicosocial que podríamos llamar (el concepto se lo escuchamos a otra investigadora, Leticia Cufré) “sobreadaptación”, la cual podemos ilustrar con una analogía: Nuestro olfato detecta un olor desagradable, pero si nos vemos obligados a respirarlo permanentemente, dejamos de “percibirlo”.
Quienes intentan decir una palabra sobre la violencia terminan por enredarse en prejuicios ideológicos que racionalizan la violencia o la intentan “justificar”. El miedo lleva a muchos opinadores a mimetizarse con el poder (con algún poder) y cada opinión se adosa a una lealtad a quienes tienen la fuerza (a alguien de ellos). Pareciera que la población padece de un masivo síndrome de Estocolmo: Ya que en su vida cotidiana se ve colonizado por la guerra, se vuelve “adicto” a quienes parecen tener el control territorial armado.
Y esto después de que la violencia avanzó desde cada uno de los puntos donde parecía estar focalizada (lugares como Chiapas y Guerrero en el Sur, y como Ciudad Juárez y Sinaloa en el Norte) al resto del territorio, con su alta cuota de dolor y destrucción del tejido social (es decir, de la carne viva de la población).
Comenzamos estas líneas con la imagen en mente (y en pantalla) de la portada del libro de Susan Sontag, Ante el dolor de los demás, en el cual la escritora estadunidense analiza imágenes, especialmente fotos, pero también grabado y cine, de la violencia, de los cuerpos muertos, de las víctimas de ella, su recepción y lectura.
Recuerda la escritora un comentario de una ciudadana de la ex Yugoslavia, quien decía entender que los habitantes de las ciudades de Europa occidental cambiaran el canal cuando aparecían en los noticieros imágenes de la destrucción en la guerra que desmembró a su país. Decía que ella misma lo hacía, cuando la guerra era en otras provincias, en otras ciudades, hasta que llegó a la suya.
Susan Sontag comenta que no es el mismo caso. El televidente que en Madrid, París o Londres cambia el canal cuando aparecen las noticias de guerra y muerte en el otro extremo de Europa no está en el mismo caso de una yugoslava que evadía enterarse de una guerra cuyo frente avanzaba hacia ella.
Así nos ocurre a muchos mexicanos: Solidarizarse o no con las víctimas de la guerra contrainsurgente en Chiapas u otro estado del Sur- Sureste casi parecía ser un acto de “internacionalismo”, como si no fuera en México. Ciudad Juárez era un horror tan “fuera de lo común” que se mistificaba con seudoexplicaciones que trataban de mostrarlo como único, irrepetible en el país.
Veíamos lo que pasaba en Chiapas o en Juárez como el europeo occidental veía lo que pasaba en Kosovo, pero nos parecíamos más a la yugoslava que cambiaba el canal de la televisión por temor a constatar que su país de balcanizaba y desmoronaba bajo sus pies.
Para poder salir un día de este atolladero al que nos han conducido poderes, legales y de facto, incapaces de decir no a la guerra que nos impusieron los Estados Unidos, y en la que gustosamente han participado los gobiernos de todos los colores partidarios (tal como todos han actuado como cómplices en al contrainsurgencia antizapatista) tendremos que volvernos expertos en la violencia, pero en la verdad sobre la violencia, no es su minimización, ni en su negación, ni en sobreadaptarnos a ella. Es verdad que todos, gobernantes y gobernados, tenemos parte en la responsabilidad: Todo fue hecho ante nuestras narices, y no lo detuvimos, pero no es igual la responsabilidad, como no es igual la manera en que estamos posicionándonos ante ella. No estamos ya “ante el dolor de los demás”, estamos ante nuestra imagen en el espejo, así nos lo habían dicho los zapatistas. Tuvieron razón.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: