La etiqueta de “extremistas”

Babel
La etiqueta de “extremistas”
Javier Hernández Alpízar
Julio Cortázar se burló de esa forma de redactar en los periódicos. En un recorte de prensa –incluye realmente recortes– que irá a formar parte de El libro de Manuel, álbum que están formando para un niño en la novela que lleva ese título, usan tanto el calificativo “extremo” o “extremista” que nunca se sabe dónde queda lo sensato, el supuesto justo medio.
Usar el calificativo de “extremista” es un síntoma. Normalmente dice más de quien lo usa que de aquél a quien le cuelgan el sambenito. Tildar a alguien de “extremista”, de “ultra”, y en los casos más graves, simplemente de “izquierdista”, denota que quien lo etiqueta tiene una serie de cualidades que ya en su lenguaje hablan de él como sujeto: “conservador”, “autoritario”, “represivo” en acto o potencialmente.
Es de decir: una buena conciencia, como las describe la novela de ese título de Carlos Fuentes. Eso es, quien tilda a otro de “extremista” es una “buena conciencia”, quien obedece al poder y es capaz de perpetrar el mal como banalidad, como obediencia debida, como ejercicio burocrático, como miedo a salirse de la norma. La novela El Conformista, de Alberto Moravia, describe a nuestro hombre. Y el personaje termina siendo parte del fascismo italiano.
Un joven, entrevistado por otro joven, ambos en Xalapa, hace años, me dio, al ver su entrevista, la mejor respuesta a esa pregunta: – ¿No es lo que planteas algo extremista? Y el chico respondió, lo que hacen el Capital, el Estado, el poder, eso es extremista. Sí, destruir el planeta para ganar más dinero, hacer como el rey Midas y destruir pueblos, ecosistemas enteros, por unos gramos de oro, eso es extremista. Hacer guerras por negocio, como la que nos han impuesto en México los señores de la guerra, los señores del dinero, eso es extremista.
Pero normalmente, las buenas conciencias llaman “extremista” a quien protesta contra eso, a quien lo critica, a quien lo expresa. Es como el refrán de “no mencionar la soga en casa del ahorcado”. No se intenta evitar el acto injusto, violento, homicida, feminicida, cruel, sino que se intenta evitar su expresión, callarlo. Y a quien lo dice, y peor si lo critica, se le censura.
Quien censura decide que los demás, sus conciudadanos, no deben leer eso, sea la novela Aura, sea Proceso, Reforma, o los sitios web bloqueados en las redes “gratuitas”.
No les parece extremista que Carlos Slim sea presuntamente el hombre más rico del mundo, en el país de más de 50 mil muertos en una guerra por lucro. “Extremista” es quien lo enuncia y denuncia.
Lo contrario de esa fácil negación del otro, ese salinista “ni los veo ni los oigo”, complementado con un franquista “no puedes ver esto ni esto otro”, implica un ejercicio de inteligencia que difícilmente se puede pedir a los censores, los conformistas, las buenas conciencias.
Un contraejemplo: El excelente artículo de Lee Hoinacki –ex dominico y último secretario de Iván Ilich–, “Simone Weil, una respuesta a Unabomber”, traducido por Werner Colombani y publicado en la revista dirigida por Javier Sicilia Conspiratio. Disponible en la web: http://www.conspiratio.com.mx/conspiratioo/?page_id=283
Unabomber es Theodore Kaczynski, un brillante matemático retirado en los bosques de Montana, quien envió 16 paquetes bomba y una carta que publicó el New York Times.
Es el sujeto ideal para ser calificado de “extremista”. Pero lo más interesante es que Lee Hoinacki observó que la mayoría lo condenaba sin haber leído su carta manifiesto. Así lo dice en su misiva, sí, le escribió una carta pública a Unabomber: “sólo había escuchado reprobaciones. Recuerdo, como ejemplo, que en el Colegio Estatal de Pennsylvania se llevó a cabo una discusión el viernes siguiente a la publicación del Manifiesto en el Washington Post. Esta reunión se anunció en los pizarrones de la Universidad de Penn State, donde me encontraba. Yo había leído la versión impresa el día de su publicación y esperé con impaciencia la oportunidad para hablar sobre ella. Sin embargo, cuando la discusión se dio, descubrí que yo era el único que había leído el texto entero. El que había convocado a la reunión sólo había leído un artículo chatarra en The Nation, donde “los argumentos” más decisivos del autor Kirkpatrick Sale eran infantiles ataques ad hominem.”
En cambio Lee Hoinacki leyó completo el manifiesto, y le contestó temáticamente, exponiéndole ideas de Simone Weil y de Wendell Berry que pueden dar respuesta a algunas de sus preguntas.
Normalmente esa identidad flotante, anónima y artificial que se llama “Opinión Pública” se parece a eso que observó Lee Hoinacki en los Estados Unidos. Se nutre de lugares comunes, etiquetas, estigmas. Los políticos, muchos académicos, opinadores profesionales, líderes de opinión, le cuelgan el sambenito de “extremista” al subcomandante Marcos, a Javier Sicilia, a quien sea. Y ni siquiera parecen haber leído sus documentos. Sus “argumentos” se basan en rumores, chismes, decires, calumnias, ataques ad hominem.
La existencia de la internet y el impresionante flujo de palabras, textos, datos, voces, imágenes, la masa de “información”, a veces genera una suerte de indigestión. Y entonces, la tentación de simplificar, poner un “centro” de los bienpensantes y tachar todo lo demás de “extremo”, es un recurso fácil para la ignorancia; y la censura, el recurso automático del autoritarismo.
Veracruz, y Xalapa, no son la excepción. Si no fuera porque se han cerrado y estrechado cada vez más los canales de libre flujo de información, opiniones y diálogos, los universitarios no hubieran tenido tanto éxito con la dinámica callejera de escribir con gises.
En la que Angel Rama llama la Ciudad Letrada, el poder colonial tiene uno de sus pilares en el monopolio de la palabra escrita, y las únicas voces a contracorriente, el único contradiscurso, aparece de manera marginal, como graffiti y como palabrota, como una picardía que se alza contra la censura.
Xalapa es, como muchas en Latinoamérica, una ciudad colonial o neocolonial, una ciudad letrada, amurallada en su autismo contra la palabra de los de abajo: La censura en medios oficiales, privados, en la internet y hasta en la obsesión aséptica por mantener limpias las calles de carteles y pintadas, es la histórica continuación de la Santa Inquisición.
Afortunadamente hay siempre ciudadanos que arriesgan su palabra, como elemento “subversivo” que salta el blindaje censor de la ciudad letrada. Y lo mejor que los ciudadanos de a pie podemos hacer es verlos y oírlos. Su inteligencia y proyecto de vida colectiva es mucho más inteligente que el de quienes desde arriba los tachan de “extremistas”.
Pues allá arriba, su proyecto ha probado históricamente su fracaso. El desastre que es ahora México es su obra. Lo verdaderamente “extremista” es seguir con ese proyecto de destrucción del país y su gente.

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Así se ve Zapateando (http://zapateando.wordpress.com ) en la red inalámbrica de la Universidad Veracruzana

 

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