Antinuclear

Babel
Antinuclear
Javier Hernández Alpízar
La distracción con la que se escucha la radio. En la columna de divulgación de ciencia del programa radiofónico Imagen (Sí, Ferriz de Con), escuché a su columnista radiofónico (les debo el nombre, atentos lectores) conversar sobre el mecanismo biológico, psicológico y evolutivo que hizo que algunos animales asociaran una señal (un ruido, un murmullo, humo, un olor, algo) con peligro, especialmente con peligro de muerte, depredadores, fuego, etcétera, de manera que al menor signo de ese peligro huyeran. Como explicaría Darwin, quienes sobrevivieron heredaron a su descendencia ese mecanismo de temer algo y huir, quienes no tuvieron ese miedo, no vivieron para contarlo, ni dejaron descendencia…
El columnista radiofónico citado explicó que ese mecanismo animal lo tenemos los humanos, igual que los caballos, los perros, los gatos, las aves, etcétera. Por eso somos supersticiosos: Porque asociamos ciertos signos con probabilidades de que algo malo suceda, de ahí nacen las supersticiones (falacias de la causa falsa) y hasta los rumores si me apuran. Pero ese exagerar puede salvarle la vida a individuos, a grupos y podría hacerlo a la especie.
En otro programa del grupo Imagen, el de Adela Micha, la conductora dijo en su artículo radiofónico que ante recientes desastres, los tsunamis y el desastre nuclear de Fukushima, quienes huyeron a tiempo para salvarse fueron los animales: Siguieron su instinto. Murieron los animales domésticos encerrados, y los humanos, que confían en sus gobiernos, los medios de comunicación y otras instituciones inservibles, o al menos mucho más falibles que el instinto.
De hecho, Malú Huacuja del Toro tiene una excelente crónica de cómo el 11 de septiembre fatídico, en Nueva York, se salvaron quienes desobedecieron la voz anónima que por un sistema de audio les dijo que nada malo pasaba y regresaran a su trabajo, pero quienes regresaron, confiando en la voz anónima, perecieron al caer las Torres Gemelas (Álbum de la obscenidad. Crónicas y relatos sobre la vida y la guerra en Nueva York después del 11 de septiembre de 2001, del cual se fusiló un texto Eduardo Galeano, como la autora denunció en El Financiero). Punto a favor de la desobediencia y una disculpa a Malú Huacuja del Toro por citarla al lado de los peroradores radiofónicos arriba mencionados.
La tesis del columnista divulgador de la ciencia es que los humanos tenemos un filtro cultural para verificar o falsar lo que el instinto nos dice: La ciencia. El concluye que la superstición no desaparecerá, porque va en nuestra biología, pero la ciencia también seguirá existiendo mientras siga operando nuestro instinto de asociar A con la consecuencia B (además de los métodos que nos machacan en la escuela, o con los que nos machacan en la escuela, según la suerte).
Pero hay otro mecanismo atrofiado que echa a perder la utilidad de la ciencia: El lucro, el dios dinero que en al sociedad es el más adorado y a quien le sacrificamos vidas, en el amplio y doloroso sentido de la palabra. La perniciosa ideología derechista de Ferriz de Con es un ejemplo. El dinero lo es todo, la vida humana va y viene. No lo dice, pero es la premisa de su defensa de absurdos como la militarización del país.
Lo que contó Adela Micha me vino a la mente al leer que Greenpeace pide que se investigue científicamente la planta nucleoeléctrica de Laguna Verde. Aquí, si el miedo a Laguna Verde fuera una superstición, si las enfermedades que abundan en sus cercanías (y las de todas las plantas nucleares del mundo) fueran asociadas a la radiactividad por una falacia de la causa falsa, la ciencia debería, como el filtro cultural susodicho, dirimir la cuestión. Pero entran a torcer todo la cochina política y, sobre todo, el negocio: Los técnicos siempre defienden las plantas nucleares, aún contra las pésimas experiencias, de las cuales Chernobil y Fukushima son solamente los extremos.
Así, la ciencia no opera, ni el instinto, porque el dinero (y el absurdo, ya que si se sacan cuentas el riesgo nuclear hace la operación de plantas nucleares un mal negocio, algo ruinoso, pregúntenle a los pueblos europeos y el japonés) enturbia el juicio de quienes defienden las plantas, a priori, a posteriori y a fortiori (o como dirían en mi pueblo: a güevorum).
Así, el poder puede dar paso a la descabellada idea no solamente de seguir operando la nucleoeléctrica de Laguna Verde en momentos en que países más sensatos (cuyos gobiernos no tienen tan atrofiado el instinto de sobrevivencia) cancelan sus proyectos nucleares, sino que en Veracruz se proponen extraer oro u otros minerales a cielo abierto, con el uso de explosivos y de ácidos que ponen en riesgo, de suyo, la vida, pero son mucho más peligrosos si están a tres kilómetros de una nucleoeléctrica con tecnología de allá del año del caldo (de cultivo).
Por suerte hay individuos y hasta grupos humanos que aún no pierden el instinto de vivir, como Greenpeace y LaVida, pero por mala suerte quienes toman las decisiones están sordos, respecto a los reclamos de estas gentes. Y los últimos, los del instinto de sobrevivencia atrofiado son quienes nos gobiernan. Andamos mal.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: