Las fotografías

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Javier Sicilia

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Una de las características del largo caminar a través del país del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad son las fotografías de nuestros asesinados o de nuestros desaparecidos. Detrás de las mantas, de la bandera nacional y de la bandera blanca de la paz, un bosque de rostros hecho de imágenes fotográficas camina con el de las víctimas. Cada vez son más. Los llevamos colgados de palos, impresos en camisetas, en mantas, en cuadros que abrazamos a nuestros pechos. No los abandonamos un instante. Son nuestros hijos, nuestros padres, nuestros esposos, nuestros hermanos, nuestros amigos.

Ausentes de nuestras vidas, los sustituimos por sus imágenes y caminamos con ellas como si caminaran tomados de nuestras manos, o como si los cargáramos, como cuando eran niños, para protegerlos como ya nunca más podremos hacerlo. Son un signo de nuestro dolor y de nuestro amor; son también un signo de nuestra reprobación y de nuestro clamor de justicia –esos que ven allí eran nuestros, son nuestros, son de todos y nos los arrebataron–, y un signo de que, aunque ya no los tenemos con nosotros –o, en el caso de los desaparecidos, esperamos verlos de nuevo con vida–, no queremos que a otros les suceda esa desgracia.

“La angustia de lo ausente –escribe el fotógrafo Ricardo Vinós– nace de la memoria”. Los que un día estaban allí han dejado de estar y en su lugar sólo queda un hueco abismal cuyo gesto es la desesperación, el llanto y el grito desgarrado. La fotografía –esa memoria moderna que se agrega a las obras que han preservado a los muertos en el tiempo: monumentos, placas, memoriales, pinturas, poemas, relatos…– no sustituye al ausente, pero puebla la angustia del hueco con una imagen arrancada del pasado. Ese instante perdido en el tiempo donde el ser amado aparece en su plenitud le da a la angustia una presencia que la contiene y le impide destrozarnos.

Dejamos de estar solos porque nos recargamos en el que está allí como un recuerdo claro. Al llevar con nosotros al que ya no está, impreso en un rectángulo, le decimos a él, a través de los otros que lo miran, que lo amamos, que no lo olvidamos, que estamos orgulloso de que haya existido y de que aún exista en el presente de su imagen, que es una prolongación de nuestro recuerdo. Les decimos también a quienes no lo cuidaron –el Estado– y a quienes lo asesinaron o lo desaparecieron, que tienen una deuda inmensa con ellos, con nosotros y con cada ser humano, una deuda que deben resarcir. Decimos también –ese es el sentido espiritual de la memoria que año con año se repite en los altares de los muertos del 1 y 2 de noviembre– que esos que están allí habitaron un día entre nosotros y nos cuidan desde la eternidad del amor.

Aunque, como lo señala Vinós, desde la aparición fotográfica, el cuerpo de los muertos se hizo presente como resultado apropiado “para la sintaxis primitiva del daguerrotipo y el calotipo, basada en exposiciones de varios segundos y una perfecta inmovilidad de los elementos fotografiados”, antes de su reducción envilecida a la nota roja de los periódicos miles de fotografías de difuntos han circulado por todas partes: desde las que representan al muerto como reliquia familiar, sobre todo de niños y de jóvenes, hasta las de los cadáveres de Zapata, Villa, el Padre Pro, León Toral o el Che Guevara, incluyendo las de la guerra de Crimea, la Guerra de Secesión y las de la guerra de Calderón y del crimen organizado, que no representan la muerte, que no son reliquias mortuorias, fijas en la inmovilidad de la muerte y el cercenamiento de los cuerpos. No son la expresión de un culto mortuorio, hecho del dolorismo de la reliquia o, como en el caso de las dos fotografías que Freddy Alborta hizo al cadáver del Che o la que se tomó al de Anacleto González Flores –metáforas de Cristo–, hechas para la excitación ideológica.

Por el contrario, las nuestras son fotografías familiares, arrancadas a un instante feliz. No son imágenes de cadáveres, sino de seres vivos que la imbecilidad destruyó en la felicidad que revelan. No son reliquia ni ideología. Son el rostro de un dolor que habla del amor y se abre a la esperanza de la justicia de encontrar a sus asesinos o de recuperarlos vivos. Su presencia dichosa y familiar es más profunda y sobrecogedora que aquellas que nos muestran la muerte. Hablan de la injusticia cometida y del reclamo de la indignación. Están exhibidas para tocar el corazón, no el desaliento sufriente ni la excitación de la venganza. Son un grito de humanidad, un llamado a la conciencia de lo humano. Un signo que hacemos desde nuestro dolor a otros para construir la esperanza de una justicia y una paz destrozadas.

Ese universo de símbolos, hechos de las fotografías familiares de nuestros muertos y desaparecidos, es un universo sensible que apela a lo más profundo y hermoso de lo humano: la dignidad de la vida. En esas fotografías, como lo diría Vinós, se encuentran vivas las almas robadas por la cámara y el horror de la realidad; en esas escrituras de luz se encuentran en su ausencia más presentes que en ninguna otra imagen.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco- CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

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