México, magia y consumo

Babel
México, magia y consumo
Javier Hernández Alpízar
El axioma se cumple: Los manipuladores terminan creyéndose sus mentiras, al final el manipulador es también manipulado. No se puede entender de otra manera la campaña de publicidad para intentar fomentar el consumismo, en la que el papel de “edecán inteligente” lo ensaya Calderón en persona.
Nos referimos a la publicidad que inundó la esfera mediática bajo el eslogan: “Buen Fin”, que en el macabro contexto de la guerra de Calderón, suena a oferta para apartar la extremaunción, los santos óleos y hasta un servicio económico de pompas fúnebres. Es de mal gusto pretender intoxicar de “felicidad” a la gente ordenándole consumir por motivos “patrióticos”. Bueno, en Veracruz descubrimos que podemos “exportar felicidad”, Duarte dixit.
Y económicamente es ridícula: Después que, al menos desde el sexenio de Miguel de la Madrid y hasta el presente, los gobiernos de todos los niveles se han dedicado a  destruir el aparato productivo mexicano, el campo, el tejido social y comunitario, lo poco que había de industria, y a garantizar los intereses creados de unos pocos, como Slim, Televisa y TV Azteca (a los cuales van a pedir su amable atención hasta los candidatos de “izquierda”), ahora nos invitan a un acto de voluntarismo, como si nos pidieran unir nuestras buenas vibras mentales para resucitar a un muerto.
La idea de jalar la carreta de la economía nacional promoviendo el consumo los fines de semana es como la leyenda del Barón de Munchausen: Se dice que para no hundirse en arenas movedizas, se jaló con una mano de la coleta del cabello y se levantó con fuerza a sí mismo, saliendo del trance.
Tenía que suceder, cuando se sustituyó el estudio más o menos científico de la economía por la superstición espiritista de interpretar el oráculo de la Bolsa de Valores y algunos “indicadores” como expresión del dios Dinero, o su versión politeísta, los Mercados, entraron –y nos metieron– en un abismo sin fondo.
La frase mística “los mercados” puede y debe ser traducida por “los mercaderes”. Solamente así pueden entenderse frases sin sentido como “los mercados están nerviosos”, o los mercados “están de plácemes”. Una vez que las traducimos como “Los mercaderes están de plácemes por la militarización de México”, entendemos: Slim, Azcárraga, Salinas, y el menos del uno por ciento para el que gobierna la clase política, están de plácemes por la militarización y la violencia. Así es claro. Y que todos los candidatos, de centro izquierda, centro derecha, y demás vayan a reconciliarse amorosamente con ellos también se entiende: la república amorosa del poder es, como diríamos en México: “Arriba están cachondos”, andan queriendo, y quizá ya quisieron.
Mientras, en una especie de ritual de Animal Planet, los candidatos cortejan al macho de la manada, por su parte el presidente saliente no encuentra cómo dar fin a su sexenio, sino con ocurrencias traídas por los pelos como la propaganda del “Buen Fin”. (¿La escatología me da risa?)
La economía del país está destruida: Su fuente, la gente, es sistemáticamente asesinada y desaparecida, miles de muertos, desaparecidos y desplazados, exiliados fuera y dentro del país, son la fuente de las riquezas destrozada. Los recursos naturales, no sólo el petróleo de las mil y un demagogias, sino el territorio, el agua, la biodiversidad, el maíz, están contaminados, sobrexplotados; y los que quedan son malbaratados a los capitales mexicanos, españoles, canadienses, brasileños, yanquis, y los gobernantes se ostentan orgullosos de acabar con los recursos.
La pobreza en México crece, la desigualdad es abismal, aquí es más grande que en los Estados Unidos, donde los Indignados lo proponen como el 99% contra el 1%. Aquí es un puñado de magnates (¿0.01%?) contra el resto de los mexicanos, pero se imaginan que con “ofertas” y campañas para invitar al consumo, el mexicano tendrá mágicamente un método para sacarse de las arenas movedizas jalándose de los cabellos.
Además, con un handicap que ni en Barón de Munchausen tuvo: Mientras intenta la hazaña de tirarse hacia arriba por los pelos, pasan cerca las balas de una guerra estúpida promovida para que hagan más negocio los amos del allende el río Bravo.
Pero la realidad no aparece por ningún lado en los discursos de la clase política. Todos están de acuerdo en que el capitalismo está bien. Solamente nos dicen: “Las cosas andan mal porque no los gobierno yo”. Ese fue el discurso con que el PAN “generó ciudadanía” desde la oposición. El gobierno es corrupto, cuando llegue un hombre honesto, esto cambia. Una misma propuesta es hoy la de todo el espectro político: “El cambio soy yo”.
Claro, en la izquierda con un recurso muy inteligente (también ahí hay “edecanes inteligentes”): Convencer a los empresarios de volver al keynesianismo, y al espejismo del milagro mexicano, con motor de petróleo y el discurso desarrollista de la derecha. Solamente con el sabio matiz de que “no todo el que tiene es malvado”, y si “la mafia no nos roba” esta vez la presidencia, en compensación por ofrecerles una amorosa tregua.
Compre y sonría, que los sabios y amorosos de arriba le enseñarán cómo hacer “sostenible” lo insostenible: Un consumo que reactive el mercado interno mientras los potenciales consumidores, mueren, desaparecen, emigran o prenden veladoras a los santitos.

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