Ejecuciones extrajudiciales cotidianas

Babel

Ejecuciones extrajudiciales cotidianas

Javier Hernández Alpízar

En un país donde más de sesenta mil muertos son la siempre rezagada numeralia de la muerte y el desastre, en un país donde uno de sus estados, Veracruz, va adelante, entre los diez lugares más peligrosos del mundo para el ejercicio del periodismo según Reporteros Sin Fronteras, ver la televisión no es un ejercicio de alejamiento de la realidad: Lo menos realista son sus espacios de noticias y de “análisis y debate” entre opinólogos, donde las figuras electorales y otras pasarelas de farándula distraen al público de lo que pasa en las calles, campos y ciudades.

El resto de la programación es una inmersión en la realidad de lo obsceno y en lo obsceno de la realidad. Talk shows que muestran la teoría y práctica de cómo la dignidad de las personas no vale, si no para ser pasto del escarnio y el vituperio. Mediocres series mexicanas que tratan de promover la enajenada devoción pseudorreligiosa y milagrera para contrarrestar toda posible solidaridad verdaderamente humana… Diversión, diversión, diversión.

Pero hoy queremos hablar de cómo las “series extranjeras”, algunas de ellas con buenos argumentos o  guiones, e incluso  actuaciones, otras no tanto, nos acostumbran a que la vida no vale nada, comparada con la abstracción de la justicia como la define la autoridad y (disculpen el pleonasmo) el nihilismo como norma y corolario.

Series que desde sus nombres definen la mercancía que ofrecen y el lado del campo para el cual tiran a gol: La Ley y el Orden, Unidad de Víctimas Especiales, de sexo y violencia sin esperanza de justicia. Código de Familia, donde la propiedad privada está bien representada en el apellido de la familia protagonista: Reagan. Huesos, donde ser experta forense y hablar de chismes y ligues analizando cadáveres es sexy. Títulos que casi no necesitan comentario para mostrar su índole: Mentes criminales: psicopatía es destino, y los delincuentes son siempre psiques fuera de la norma estándar conservadora (este artículo no puede evitar las tautologías, ni modo).

El espectáculo del crimen y la impunidad, o de la muerte y su repetición ad infinitum, pero sobre todo, en la mayor parte de los casos, de la visión criminalística de la derecha (¿hay otra visión criminalística?): No existen causas sociales ni colectivas, sino individuales y psicopatológicas, crímenes pasionales o de odio, el sexo como una perene fuente de enfermedad y una invitación al feminicidio, la pederastia, el homicidio, y su repetición serial como conato de industria.

En algunos casos, es más claro que los protagonistas siempre son la mayoría no blanca. Y cuando algún blanco es el asesino, su psicopatología lo aparta de la norma.

Y sobre todo, una mirada criminalizante de la defensa de los derechos humanos y procesales, tal como la derecha militarista los presenta (de Calderón a Isabel Miranda de Wallace) solamente sirven para impedir que los criminales pisen la cárcel. Los pobres policías se ven forzados a “hacer justicia” al margen de las leyes y los procedimientos “burocráticos”: La teoría y práctica de la ejecución extrajudicial y su apología en psicodramas.

¿Sorprende que la población vaya normalizando la fetichización del castigo, la severidad, las penas perpetuas, la brutalidad policial, la pena de muerte sin proceso, o sea la ejecución extrajudicial?

En las series policiales queda claro que el mal “no se cura”. Quien tiene impulsos pederastas o feminicidas no dejará de cometer un crimen: Es cosa de tiempo. No funciona la castración química, la psicoterapia… ni la ley. Los mejores abogados, los tiburones, están por definición al        servicio del mal. Y la policía (entre todas las variantes de las series, la nota consensual es que la policía es buena y justa) ve frustrados sus deseos de que triunfe el bien.

Desde luego hay matices. Los guionistas tienen bien leída la literatura policial y ponen drama en la psique de los policías mismos: Cada vez más los casos los comprometen y muestran que son tan humanos como cualquier víctima, pero, independientemente de que no todas tengan el cinismo de poner las palabras de la guerra de Bush contra el terror en boca de un comisionado de la policía de Nueva York apellidado Reagan, en algo no fallan: Nos vuelven “sensibles y comprensivos” con la idea de que el policía, la ley, mate al delincuente: No es bueno ni malo, es inevitable.

Ya luego las propuestas “políticas” de un Montiel priista o de un Partido Verde Ecologista de México lo traducirán al mexicano: “las ratas no tienen derechos” y venga la pena de muerte, a la que nos oponemos quienes “vivimos en una burbuja”, fuera de la obscena necesidad de matar y matar para apuntalar la sana convivencia.

De hecho, si quiere alejarse de la realidad, mire mejor un “Tercer Grado”, y el humor mediocre de sus panelistas lo hará. Lo apartará,  por un canal en el zapping, de la invitación a criminalizar a las víctimas y aceptar las ejecuciones extrajudiciales cotidianas que vende la “ficción”. Series “extranjeras”. México.

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