In Gold We Trust?

Babel

In Gold We Trust?

Javier Hernández Alpízar

Los griegos clásicos alcanzaron alguna sabiduría. Sabían que el deseo no tiene límites “y lo que quiere lo compra con el alma”. Sabían que el deseo es una sed que jamás se sacia. Y que lo deseado, cuando se busca sin moderación, porque el deseo perdió toda proporción y medida, es contraproducente.

Veamos la leyenda del rey Midas, en la versión de wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Midas

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Cuenta una vieja leyenda que Midas, rey de Asia Menor, impulsado por la codicia, rogó a Baco, dios del vino:

—Deseo que se convierta en oro todo lo que toque.

El dios mitológico quiso darle una lección…

Y el avaro rey, impaciente por comprobar su deseo, tomó una delicada flor de vistosos colores y al punto ésta se convirtió en oro brillante. Se inclina a coger agua con el hueco de su mano y resbala convertida en pequeñas pepitas de oro. Toca los frutos que cuelgan de un árbol y se convierten en fantásticas formas auríferas. Y así también las piedras, los vestidos, los muebles; en fin, todo cuanto toca se convierte en oro. Se siente embriagado por la codicia.

Corre a los montes con el afán de saciar sus deseos y logra montones del precioso metal al contacto con las piedras, los árboles, los arroyos… Todo sufre un cambio y se convierte en oro.

Pero ¡ay!, más tarde, como si despertara de un sueño, tiene hambre y el sabroso pan se convierte en oro; tiene sed y el agua es oro líquido al contacto con sus labios. Acongojado, se lleva las manos a la cabeza y contempla en el espejo sus cabellos convertidos en hebras doradas. También sufre su amada hija, la cual intencionalmente toca convirtiéndola en oro.

Midas ve cercana su muerte. Se agita, deplora su necedad por haberse hecho el esclavo del oro; se arrepiente e invoca al dios.

—Aprende la lección —dijo éste—. Y como condición para liberarte, ve a purificarte en el río Pactolo.

Así lo hizo. Desde entonces el río, seducido por el hechizo, arrastra pepitas de oro.

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Resulta que muchas cosas son muy valiosas precisamente por no ser oro.

Es sintomático que el dios que complace el deseo de Midas sea Baco, el dios del vino, pues el deseo insaciable es una avidez como la del alcohólico.

Pero que todo sea oro es un castigo: No es lo mismo un ser humano vivo que su efigie en oro. No es lo mismo beber agua para saciar la sed, que tener, aún muriendo de sed, una fuente de oro o pepitas de oro.

El oro es proverbial: Se habla de la fiebre del oro, el fenómeno que mejor expresa en lo colectivo el mal que la leyenda atribuye a Midas.

La leyenda es mucho más que una fabulación para entretener párvulos. Es un ejercicio de sabiduría simbolizada o poetizada, como gusten.

En el presente, la nueva fiebre del oro que han desencadenado las compañías mineras en los países del sur, y con ello en América Latina, de la cual México, no lo olvidemos, forma parte, es el caso de un Midas corporativo, como el capital canadiense por ejemplo, que destruye personas, seres vivos, montes, tierras y aguas.

La única diferencia es que aquí el sujeto está escindido: El capital predador se queda con las pingües ganancias de un oro cada vez más raro, escaso y caro. Los pueblos y comunidades y su territorio son quienes se quedan con sus tejidos sociales, sus poblaciones, comunidades y ciudadanía, destruidos; inutilizados sus territorios para la vida silvestre o la agricultura; contaminada, envenenada su agua, aire y tierra con cianuro y otros residuos altamente tóxicos y venenosos.

La experiencia del límite y la sabiduría se pierden por esa escisión, los capitales del norte se llevan las riquezas y los pueblos pobres heredan la muerte y la miseria, la esterilidad de su tierra y aguas.

Por ello, tanto de la leyenda del Rey Midas como de los procesos mineros a cielo abierto que ya han destruido el Cerro de San Pedro en San Luis Potosí, y hoy se ciernen sobre Wirikuta, lugar sagrado de los wirráricas y sobre los cerros de La Paila y La Cruz, a menos del tres mil metros de la planta nucleoeléctrica de Laguna Verde, en Veracruz, puede extraerse una conclusión, que podemos expresar con el lema y consigna de la Asamblea Veracruzana de Iniciativas y Defensa Ambiental (LaVida): “El agua vale más que el oro; no a la mina Caballo Blanco”.

Eso sin contar con el riesgo de una fuga de radiactividad en Laguna Verde, ¿vale el oro para unos pocos el riesgo de un Fukushima en el Golfo de México? ¿Qué opina, lector?

Más información en: http://www.conflictosmineros.net/contenidos/23/8947

http://www.lavida.org.mx/

http://www.rioslibres.info/

 

 

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