La muerte no es sexy

Babel
La muerte no es sexy
Javier Hernández Alpízar
Sé que con ese título incurro en una herejía contra la moda. En tiempos en que las púberes se enamoran de los vampiros y los chicos se fascinan con los zombies. Pero creo lo que cree Erich Fromm. Que amar la vida es lo sano, y no lo contrario: amar la muerte.
La idea de que la muerte es sexy, además, es funcional a un sistema que en su centro de gravedad, su corazón, tiene a la muerte. La muerte masiva como inicio de época. Ha escrito Elsa Malvido que la primera globalización fue la de las pestes y la muerte. Eso cuando los gérmenes del “viejo mundo” llegaron cortésmente a matar indígenas americanos. Hoy algunos gérmenes se diseñan expresamente como armas de guerra. Solamente formalizan lo que los europeos hallaron, cuando, diría Lichtenberg: “El americano que descubrió a Colón hizo un pésimo descubrimiento”. (Algunos aforismos en http://inmaculadadecepcion.blogspot.com/2007/09/aforismos-de-lichtenberg.html )
El siglo XX nos acostumbró a la muerte como “destino”. Las guerras mundiales, y todas las otras guerras “frías”, decían, quizá porque fría es la muerte. La amenaza nuclear. Los genocidios, esta vez no en América, sino en Europa y en Japón.
Parecía que el fin de la guerra fría era el fin de la amenaza nuclear, pero ha sido su mutación. Con infundado optimismo se habló del “uso pacífico” de la energía nuclear, pero solamente cambió Hiroshima y Nagasaki por Chernobyl, y ahora Fukushima.
Quizá es lo que dice Kurosawa: Incapaces de soportar un dolor de cabeza teníamos que inventar la aspirina. Pero las aspirinas que palian la crisis del sistema capitalista son las catástrofes, las masacres, los desastres, las guerras… una excelente oportunidad de inversión. Heroína en Afganistán, petróleo en Irak, y en México: una especie de safari, donde se pueden apreciar mexicanos matando a mexicanas y mexicanos, haciendo sonar la campana de la caja registradora en Washington. Money.
Pero el título de este artículo –y su tema– me lo dio: “La Bomba en Bikini”, de Fabrice Hadjaj, el título completo “Günter Anders La Bomba en Bikini”. http://www40.brinkster.com/celtiberia/bikini.html
Porque acostumbrarse al riesgo nuclear, como lo ha hecho la gente cercana a las plantas nucleares –aquí cerca en Laguna Verde para no ir más lejos–, es una sobreadaptación que no proviene sólo de la convivencia cotidiana con la energía nuclear.
Viene también de un pensamiento que desde el inicio quiso ocultar la muerte, el asesinato, el genocidio, detrás de términos “amables”. Tal, el bautizo de la prenda cuyo nombre hoy es sinónimo de sexy. “El 5 de julio de 1946, una bailarina del Casino de París, llamada Micheline, presenta el “más pequeño traje de baño del mundo”: fue diseñado por Louid Réard, especialista en maquinaria recicladora de ropa interior, y lo llamará Bikini, nombre del atolón donde los americanos acababan de realizar sus nuevos ensayos nucleares.” (F. Hadjaj)
Se convirtió así en parte del lenguaje del consumo, de modas, de mujeres objeto, de diversión, el nombre del lugar donde se probó la bomba atómica: “Los americanos llamaron a sus bombas, “Little Boy (Pequeño niño)” o “Grandpa (Abuelo)”. Ahora se imponía una familiarización inversa: no era la bomba la que tenía un nombre común, era la bañista quien debía convertirse en una “bomba sexual”. Designar el objeto no en términos de vida y de intimidad sino de explosión y muerte no es para nada inocente.”
Lo sexy, algo vinculado a la sensualidad, al erotismo, el amor a la vida, es usado como marca para hermosear el nombre del lugar donde se probó la más “eficiente” arma de destrucción masiva.
El artículo de Fabrice Hadjaj presenta el pensamiento de un filósofo del siglo XX poco conocido, en comparación con, por ejemplo, Ana Arendt, de quien fue su primer esposo. La revista Conspiratio 13 incluye una sección amplia: “El anuncio de la catástrofe: reflexiones desde Günter Anders”.
Hoy, la catástrofe –incluso si no se cumple el “destino” de una hecatombe nuclear–, que cotidianamente protagonizamos y contemplamos nos permite leer mejor a los autores que en otro tiempo se rechazó del mainstream.
Es necesaria una reflexión sobre los nombres nada inocentes que ocultan crímenes e incluso el arma genocida. Fabrice Hadjaj cierra su artículo diciendo: “El bikini, con todo lo que exhibe, disimula el pavor que sería necesario tener en nuestras playas de veraneo. Es bajo el mismo sol que explotó Little boy. Bajo este sol que podemos conmemorar esta fecha tan monstruosa, según Anders, del 8 de agosto de 1945: las víctimas de Hiroshima salían todavía entre escombros, los habitantes de Nagasaki paseaban sin estar muy seguros, y los que ya habían lanzado su bomba sobre los primeros y se disponían, sobre los segundos, a renovar la experiencia, estaban firmando, en Nuremberg, el documento que codifica la noción de “crimen contra la humanidad”.
Quizá la “inversión de valores” vida / muerte obedece en gran medida a la necesidad del capital de legitimar el negocio de subordinar lo vivo (seres humanos) a lo muerto (capital-dinero-máquina-oro), en el caso extremo la industria de las armas, y su arma extrema, la nuclear.
Puede haber más razones. Algunos analizan la alienación no en el capital sino en la técnica. Pero es parte de lo que se aprecia en la denominación deliberada de lo letal con un nombre inocente o, finalmente, sexy.
La costumbre va haciendo que nos adaptemos a las palabras, que no rechacemos las asociaciones de imágenes que les concede el uso, rápidamente difundible desde los medios de masas, y el pensamiento pierde entonces capacidad de reacción crítica.
La palabra no queda asociada tanto a un significado como a una imagen. Es como diría Gustavo Esteva (tomando un concepto de Iván Illich y Uwe Pörksen) un “visiotipo”. El visiotipo es diseñado, se impone sobre la percepción, la sustituye por un icono, una imagen, atrofiando en gran medida la función de pensar. Ya de la crítica mejor ni hablamos.
Por eso lo que un día habría sido rechazado como inaceptable, de mal gusto, o simplemente como idiota, se normaliza. Esos deslices nos han llevado a hacer inocente e incluso sexy lo relacionado con la guerra, la muerte, las masacres.
Véase si no la trivialización del horror nazi, por ejemplo, en programas de pseudoesoterismos “difíciles de creer”.
Al final, hasta una frase como “El mundo es horrible”, leída en una novela (El Túnel, de Ernesto Sabato) puede ser impugnada como de mala educación. Le sucedió a un amigo en un grupo de bachillerato. No obstante que, cotidianamente, asociemos el crimen con el espectáculo, la maldad con la genialidad, la muerte con lo interesante, lo asombroso, sin pensar en la realidad del hecho, visto con las imágenes impuestas por el uso. “Ser sexy es bomba”, el visiotipo correctamente impugnado por Fabrice Hadjaj.
No salgamos de este artículo con el ceño fruncido, vayámonos con otro aforismo de Georg Christoph Lichtenberg: “Los periodistas han construido una capillita de madera que llaman el Templo de la Fama, donde todo el día clavan y desclavan retratos, con tal escándalo que nadie escucha sus propias palabras.”

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