Catástrofe y ética

Babel
Catástrofe y ética
Javier Hernández Alpízar
Como esos cangrejos que tienen una pinza pequeña y una desmesuradamente grande. Así se han desarrollado de manera dispareja, inicua, monstruosa, dos capacidades o facultades humanas: la de hacer (la de construir, fabricar, producir, la poiesis, pero también la de la praxis, la de actuar entre humanos, y con grandes consecuencias como en la guerra, el comercio, el derecho y la política) y la capacidad de representarnos o imaginar las consecuencias de nuestras acciones. Esa es la situación de los seres humanos desde el siglo XX a la fecha, y fue puesta en evidencia con dos fenómenos monstruosos: el exterminio de seres humanos en Auschwitz y en Hiroshima (y Nagasaki).
En ambos casos, los seres humanos fueron reducidos a una cifra, a un insumo en la industria de la muerte, en el primer caso por la maquinaria política y militar de destrucción de vidas humanas que fue el nazismo; en el segundo caso por la bomba atómica desarrollada por científicos y técnicos para el gobierno de los Estados Unidos y usada por los políticos y militares estadounidenses contra los japoneses.
Lo que ocurre es que la técnica ha puesto en manos de los seres humanos posibilidades de destrucción que jamás tuvo antes, masivas, instantáneas, a distancia, sin odio, como mera obediencia a una orden burocrática. Y el desfasamiento que hay entre la gran potencia destructora de la técnica y el subdesarrollo de la facultad de representar, imaginar, las consecuencias catastróficas está en el centro del pensamiento del filósofo Günther Anders, a quien la revista Conspiratio dedicó su número 13 (Los doce anteriores en http://www.conspiratio.com.mx/conspiratio/ ), en el último bimestre de 2011.
La porción central de ese número de la revista que dirige Javier Sicilia se titula: “El anuncio de la catástrofe, reflexiones desde Günther Anders”, y está formado por los excelentes artículos: Günther Anders, el filósofo de la era atómica de Jean Pierre Dupuy; La administración de justicia: un tecnicismo totalitario que aniquila el sentido común y la equidad, de Jesús Antonio de la Torre Rangel; Günther Anders, la “deslealtad” como virtud, de María Carolina Maumed y La bomba en bikini o la vergüenza prometeica, de Fabrice Hadjaj.
En conjunto, presentan temas centrales del pensamiento de Anders y su pertinencia en nuestro tiempo, hoy que los desastres por el “uso pacífico” de la energía nuclear nos recuerdan que somos el aprendiz de brujo, conjurando fuerzas que resultamos incapaces de dominar. Fukushima y antes Chernobyl, son el doloroso recordatorio.
Además, como documentos del pensamiento de Anders, la Primera carta a Claude Eatherly, el piloto del avión que dio la aprobación para que el Enola Gay lanzara la  bomba atómica sobre Hiroshima. Es parte de una correspondencia que tuvo con un hombre que fue capaz de sentirse culpable de un crimen desmesuradamente mayúsculo, contra el recibimiento de héroe que los Estados Unidos querían darle y la “incomprensión” de ¿por qué se sentía culpable? Y una entrevista nada complaciente, realizada por Fritz J. Raddatz, bajo el título: Brecht no podía apreciarme.
Además del artículo La administración de justicia: un tecnicismo totalitario que aniquila el sentido común y la equidad, que muestra cómo la reducción del derecho a la ley y la técnica de interpretarla y “aplicarla”, sin preocuparse por la concreción necesaria de la justicia, reflexión que hace referencia a modelos alternativos de justicia como el de la Policía Comunitaria de Guerrero; la discusión del pensamiento de Anders ante la catástrofe militar y social en México, con sus más de 60 mil muertos, la realizan, en una conversación, Luis Xavier López Farjeat, Roberto Ochoa y el director de Conspiratio. Demasiado centrada en la figura de Felipe Calderón quizá, muestra cómo, en el caso del mayor responsable de la guerra en México, su carencia de sentido de la responsabilidad y la culpa frente a tanta muerte lo asemeja, más que a Eatherly, a Adolf Eichmann, el burócrata nazi que se exculpaba en su juicio porque “solamente” fue un engranaje en una máquina, obedeciendo órdenes.  Con la gran diferencia de que Calderón no solamente obedece órdenes, las da.
Pero el pensamiento de Günther Anders no es un pensamiento confortable que lance la culpa sobre otros. Expresa claramente que todos somos hijos de Eichmann y de Eatherly: La técnica, no solamente la tecnología, sino la máquina social (la gran bestia que diría Simone Weil), por ejemplo, la burocracia, el Estado, permiten que podamos desencadenar grandes consecuencias sin ser capaces de representárnoslas y menos preverlas ni controlarlas, y eso no nos vuelve menos culpables, porque rebasa nuestros marcos éticos, pero nos exige nuevos imperativos éticos.
Estas ideas son discutidas y analizadas bajo el epígrafe de Hans Jonas: “La técnica moderna ha introducido acciones de magnitudes tan diferentes, con objetivos y consecuencias tan imprevisibles, que los marcos de la ética anterior ya no pueden contenerlos.”
Reconocer esa incapacidad de nuestra facultad de representar nos debe llevar a un nuevo tipo de responsabilidad, como expresa la editorial de Conspiratio 13, citando el libro El principio de responsabilidad de Jonas: “Actúa de tal forma que los efectos de tus actos sean compatibles con la permanencia de la vida humana genuina”.
Günther Anders no quiso edulcorar la situación con ningún paliativo, escape o consuelo. Consideró cobardía la “esperanza” que vindicaba Ernst Bloch. Habría que reconocer y asumir la posibilidad de nuestra destrucción (la cual “por cobardía” no asumieron pensadores como Bloch o como Karl Jaspers, diría Anders) pues: “La posibilidad de nuestra destrucción es, incluso si no sucede, la destrucción definitiva de nuestras posibilidades”.
De esa manera, se trata de aceptar que la catástrofe es real, aceptar la desesperación (“Si estoy desesperado, ¿qué quieren que haga?”), pero no para tirarse a la poltrona del sufrimiento pasivo y la inacción, sino dedicarse a arrojarle en cara al mundo la situación, increparlo, exigirle que tenga el coraje suficiente para ver la catástrofe y temerla.
Por ello le pareció importante escribir a Eichmann y Eatherly, porque ellos fueron de los primeros en pisar ese terreno infernal del mundo donde con un botón puede uno matar a millones. Por ello es tan importante reconocer que Eichmann no es un monstruo, sino un burócrata obediente como hay muchos. De ahí la certeza de Anders de que hoy la lealtad o la fidelidad (la obediencia ciega y disciplinada) no es necesariamente una virtud, incluso puede ser un crimen.
“La consigna “Mi honor se llama fidelidad” es muy cuestionable. La fidelidad de por sí no es ninguna virtud. También se les puede ser fiel a los canallas (…) En ciertas circunstancias puede resultar mucho más meritoria la infidelidad, porque exige valor personal e independencia moral, cosa que no posee todo el mundo”.
Se trata no de quedarse inmóviles, dejar hacer y dejar pasar, bajo el pretexto de que la catástrofe es inevitable, sino de intentar retrasarla, detener su llegada.
Es decir, si la esperanza es cobardía, se trata de tener el valor de vivir y actuar sin ella, no por nihilismo sino porque se actúa sin permitir que la desesperanza influya en nuestras decisiones: “No es un principio esperanza. A lo sumo un principio bravata”, concluye Anders en la entrevista.
Se trata de una discusión atinente en tiempos no solamente de mucha cobardía, y falsa esperanza, sino de mala conciencia y narrativas que buscan responsabilizar a uno o a unos pocos de una catástrofe en la que estamos interesados y que día a día construimos todos. Tenemos la opción de ser un Eichmann que se escuda echándole la culpa a la máquina de la cual es un engrane o un Eatherly que reconoce ser un sujeto, aun con la incapacidad para representarse el horror que desencadenó. Y ante todo, no se fieles ni leales borregunamente.

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