La fiebre del loco

Babel
La fiebre del loco
Javier Hernández Alpízar
“El progreso es el cuento que les cuentan los ricos a los pobres cuando tienen un plan para despojarlos”, eso dijo el británico Gilbert Keith Chesterton. Su dicho fue citado por Rafael Landerreche al presentar el libro “La potencia de los pobres”, de Jean Robert y Majid Rahnema, en el Segundo Seminario de Reflexión y Análisis “Planeta Tierra, Movimientos Antisistémicos”, el 30 de diciembre de 2011, en el Centro Indígena de Capacitación Integral (CIDECI), en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. (Los audios pueden escucharse en http://segundoseminarioint.blogspot.com/ , y en sitios como los de Radio Zapatista, Koman Ilel y Radio Pozol.)
Además de citar esta frase herética contra el dogma más sagrado, querido, venerado, de los occidentales, los “caxlanes” (como los llaman los indígenas en Chiapas”), el dogma del desarrollo, el progreso, Rafael Landerreche lo comentó así: “Aquí en Chiapas están los planes de las minas, entonces nos cuentan el cuento del desarrollo, de que se van a crear empleos, todo eso.”
Semejante situación amenaza a Veracruz, en los municipios de Alto Lucero y Actopan, con el cuento del desarrollo y la creación de empleos que están contando a los nativos los “caxlanes” de las mineras canadienses. Así no lo explicó en entrevista Emilio Rodríguez Almazán, de la Asamblea Veracruzana de Iniciativas y Defensa Ambiental (LaVida, http://www.lavida.org.mx/): “podemos decir que, en un sentido económico, Caballo Blanco va a tener ciertamente un fuerte impacto en la región. La mina va a generar un alto consumo. Sin embargo, por experiencias de otras minas que se han abierto en el país, se ha observado que en los lugares donde se abren este tipo de minas se observa un fenómeno como en los puertos; sucede que hay un momentáneo boom económico en la región, que sí tiene para algunos habitantes, los cuatrocientos empleos que van a generar una “derrama económica”, y van a comenzar a gastar dinero en la región. Se comienzan a abrir negocios que tienen que ver con la prostitución, con los bares, todo ese tipo de negocios.
“Sin embargo, el impacto económico también se va a ver de manera negativa. Es lo que intentamos hacer ver a la sociedad, a los habitantes de la región. Que cuatrocientos empleos no son suficientes para una región en la cual, tan sólo en dos kilómetros y medio, hay cinco mil habitantes, de los cuales la mitad o la mayor parte dependen de los principales motores económicos de la región. A saber: el turismo, la ganadería, la pesca. Y estos tres ámbitos se verán fuertemente afectados.
“El pasivo ambiental que dejó Laguna Verde es impresionante. A nivel turístico, los habitantes saben lo que significó la baja del turismo cuando la nucleoeléctrica se instaló y todo el tiempo que tardó para que el turismo regresara un poco a la región. Va a ocurrir esto con la mina. El turismo se va a ir.
Se va a ir también el agua con la que se abastecen las personas. Y la ganadería será severamente afectada. Es una región ganadera, ese es uno de sus principales motores. Una mina en Sinaloa fue abierta en una región ganadera y hoy los habitantes de la región están muy lastimados por haber permitido esto en su región. Bueno, es lamentable.
“En daños a la pesca, el cianuro va a parar a los mantos freáticos. Tarde que temprano estará en el mar, contaminando a los peces, de los cuales se abastecen familias.
Por eso decimos que cuatrocientos empleos, y no dos mil como dice el presidente municipal de Alto Lucero (Lucio Castillo Bravo), o como dice la minera, repito: cuatrocientos empleos por seis años jamás van a pagar el pasivo ambiental que la mina va a generar, y que es totalmente incuantificable, el daño económico para la región.”
Tras escuchar esas dos narraciones del progreso o desarrollo (el dogma que cuenta de inversión, detonación de empleos, derrama económica y el ingreso a Jauja con tarjeta de crédito) recordamos una buena película chilena, cuyo título, no por casualidad, parafrasea la proverbial frase “la fiebre del oro”, una fiebre que hoy calienta la economía de algunas empresas transnacionales que cotizan alto el la bolsa de valores, pero nos pasa los costos en América Latina, con desastres ambientales como los de la Minera San Xavier, en el desaparecido Cerro de San Pedro, en San Luis Potosí, y con proyectos como el que quieren imponer en el territorio sagrado de los wirráricas, Wirikuta, también en San Luis Potosí (declarada en 1994 Área Natural Protegida por el gobierno de SLP), y en otros lugares, como el proyecto minero Caballo Blanco en Veracruz.
Nos referimos a la película “La fiebre del loco” (Chile, España, México, 2001, duración de 94 minutos), dirigida por Andrés Wood, con guión del director, en coautoría con René Arcos y Gilberto Villarroel.
El título alude a “el loco”, nombre indígena de un molusco parecido a las ostras, que está en el centro de la historia que cuenta la película. Se trata de una especie en riesgo de extinción, pero muy apreciada por exquisitos paladares japoneses.
Por una breve, fugaz e ilusoria temporada, la fiebre del loco contagia a un pueblito de la costa su de Chile. Los hombres se dedican con frenesí a capturar cuantos pueden y a cobrar en billetes a los intermediarios (en México les llamamos “coyotes”), uno de ellos en apariencia japonés, quienes almacenan en un barco la mercancía para exportarla y sacarle pingües ganancias.
Entonces ocurre lo que el entrevistado de LaVida cuenta: al puerto afectado por la fiebre del loco, con hombres que cobran diario billetes para gastar en quién sabe qué, llega el negocio de los bares y las muchachas. Es la otra fiebre, la del alcohol, el baile de música guapachosa y la fiesta con las trabajadoras sexuales que se mudan al lugar, mientras la fiebre dure y el cuerpo (y el billete) aguante.
Las mujeres en sus casas reniegan, murmuran y se quejan entre sí, pero sus hombres tienen dos tareas, captura “ostras” como locos e ir a gastar sus billetes con las muchachas. Las amas de casa se consuelan escuchando radionovelas en las que el cura del pueblo y una ayudante hacen las voces de todos los personajes, para acompañar la soledad de las amas de casa.
El final de la fiebre es abrupto. La burbuja de consumo se acaba como empezó: peleando por los billetes alguien descubre que se despintan con el agua. Eso anticipa la huida de los compradores, resulta que el japonés era falso, un peruano que se hacía pasar por nipón. La casa de la alegría se va como por arte de magia. El pueblecito queda con sus mujeres resentidas, sus hombres burlados y sus billetes devaluados por la terca propiedad del agua de disolver la tinta de billetes de baja ley.
La película recibió varios premios en Cuba, Francia y España. Es protagonizada por Emilio Bardi, Luis Dubó, Loreto Moya, Luis Margani y Tamara Acosta, entre otros actores y actrices.
Así son las fiebres. Con la diferencia de que cuando la película acaba se puede regresar a casa o guardar el DVD en su funda. Pero cuando los nativos de cualquier puerto o pueblecito mar adentro son engañados con el cuento del desarrollo y el progreso, al final de la fiebre quedan sólo más pobreza e impotencia para los y las pobres, y más riquezas y capacidad de abuso para los ricos que los despojaron con ese cuento.
Lo que el cuento del desarrollo, o el progreso, oculta es que los nativos pueden vivir de una economía local, autónoma, de una forma de vida más sencilla y “sustentable”, provisionalmente y a falta de mejor palabra, aunque ese es otro dogma que habrá que revisar, como, según sus presentadores, hacen los autores de “La potencia de los pobres”.
Una escena de la película en You Tube: http://www.youtube.com/watch?v=D9Wh4_uiyeE&feature=related

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