Haití: el infierno de vivir en las carpas

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En los campamentos Canaán I, II y III viven más de 10 mil personas que perdieron sus hogares por el sismo del 12 de enero de 2010, que desplazó a un millón 300 habitantes; la reconstrucción no se nota en ninguna parte

 

Laura Castellanos

 

PUERTO PRÍNCIPE.— El sol matutino cae sobre el campamento de desplazados Canaán II, al noreste de esta capital, extendido de manera dispersa sobre laderas y cerros pedregosos y desolados. No hay árboles.

Dos niñas, una de cinco y otra de seis años, hacen un alto en el camino y depositan en el suelo la cubeta blanca en la que transportan 20 litros de agua potable que acaban de comprar por el equivalente a medio dólar.

La más pequeña lleva un vestidito rosa hecho garras. Está descalza. Toma fuerzas. Recarga su manita izquierda contra el hombro de la niña mayor, es su contrapeso. Con la otra mano coge la agarradera de la cubeta. Al unísono, las dos la cargan de nuevo.

Caminan con lentitud. La niña pequeña tensa la cara y el brazo que le sirve de apoyo. Las dos pasan al lado de la escuelita de madera abandonada. Siguen su camino. Ingresan a una tienda frágil y miserable.

La escena infantil la observamos a la distancia esta reportera, el videoreportero y nuestro traductor. Una mujer robusta se acerca con curiosidad. Su ropa oscura y gastada está polvosa. La cabellera luce crespa, despeinada. Es Adeline Toussaint, madre de seis hijos y con un esposo desempleado. “Nos venimos de un campamento de Puerto Príncipe porque era muy inseguro”, dice. Niños corren hacia nosotros. También emigraron de otros campamentos. “Yo vengo de Bon Repos”, “Yo de Martissant en Carrefour”. Este asentamiento queda a 20 minutos de la zona urbana. No tiene luz eléctrica. El agua se vende y la tierra no se puede sembrar. Con todo, para su población, Canaán es su tierra prometida.

En Canaán I, II y III hay más de 10 mil víctimas del terremoto del 12 de enero de 2010 que dejó en Haití un saldo de un millón 300 mil desplazados y 700 mil personas en un millar de campamentos. Este es uno de los principales destinos del éxodo de refugiados que huyen del amontonamiento y la delincuencia de los campamentos de la capital. También de los desalojos violentos por parte de propietarios de predios o policías municipales. El último desalojo en Puerto Príncipe se registró el 20 de diciembre pasado, cuando hombres con cuchillos, machetes y bastones, acompañados de policías, destruyeron el campamento del Parque Jeremie al sur de la ciudad, donde vivían 945 adultos y 225 infantes.

Jeremie o Canaán existen porque no hay un programa de vivienda social para las víctimas, dice Reyneld Sanon de Fuerza de Reflexión y Acción por la Vivienda (FRAKKA), el frente haitiano de 30 organizaciones independientes y comités de campamentos conformado tras el sismo. “Dos años después de la catástrofe seguimos en carpas, los organismos internacionales han destinado casi 4 mil millones de dólares para la reconstrucción del país que no se ven”.

Hacinamiento e insalubridad

Además de Canaán visitamos los campamentos Mega 4 y Champ de Mars. Constatamos que decenas de miles de familias, algunas con una decena de integrantes, duermen apretujadas en espacios insalubres de cuatro metros cuadrados promedio. Ahí también cocinan, se bañan. El gobierno minimiza las condiciones de vida en los campamentos. El viceministro Michel Chancy, que durante la catástrofe fungió como enlace para coordinar la ayuda alimentaria de los organismos internacionales a los asentamientos de desplazados, piensa que “la injusticia social” que viven estos refugiados es previa a la catástrofe y común a la mitad de la población del país. “La diferencia es que antes ellos tenían un techo duro y ahora tienen un techo de carpa”. Cree incluso que “cualitativamente” la vida de muchos de ellos mejoró en los campamentos: “No pagan renta”, y algunas familias “tienen más espacio”.

Canaán, para las niñas y adolescentes, más que tierra prometida es un infierno. El pastor Lainé Jean Vilaire dice que aumentan las violaciones sexuales contra menores de 13 a 17 años porque no hay luz eléctrica, letrinas, las casas están separadas entre sí. En el campamento ya se registraron 52 casos de menores con embarazos no deseados en el último semestre.

La organización baptista Disaster Relief, acude cada jueves a atender problemas generales de salud. El pastor Bobby Temple, venido de North Carolina, dice que entre las menores y las mujeres “abundan las enfermedades vaginales”.

La organización religiosa es la única que visita Canaán. Otras ya se retiraron: una francesa brindó agua por seis meses, otra estadounidense donó un alimento a base de cacahuate por más de un año; otra, también de EU, ofreció trabajo a mujeres por dos meses. Es todo.

A dos años del terremoto, las acciones del gobierno y la comunidad internacional generan más desconfianza que entusiasmo por la opacidad del manejo monetario. Recientemente el presidente haitiano Michel Martelly y Bill Clinton, copresidente de la Comisión Interina de Reconstrucción de Haití, anunciaron que se destinarán 30 millones de dólares para reconstruir barrios del centro de la ciudad. La misma comisión anunció antes la aprobación de 245 millones de dólares para la reparación de casas y la construcción de 41 mil viviendas. El catedrático universitario Jean Rénol opina: “El Estado se debilita, se dice que hay millones, billones de ayuda de parte de la comunidad internacional para la reconstrucción en Haití, pero no hay reportes de qué se ha hecho con ese dinero”.

Recientemente FRAKKA elaboró un documento en el que reclama que desde el gobierno no se escuche a la población desplazada para desarrollar un programa integral de vivienda. También critica el derroche monetario en el proceso de reconstrucción de Haití.

La Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) cuesta 900 millones de dólares al año. Ese dinero “habría permitido construir mas de 77 mil hogares y proporcionar viviendas estables a 400 mil personas”, se lee.

El documento puntualiza que la gente en los campamentos está dispuesta a contribuir con su mano de obra y material y a pagar las viviendas aunque “sea por años”. Reyneld Sanon precisa: “Lo que estamos reivindicando no es únicamente tener cuatro paredes sino espacios colectivos con escuelas y lugares de esparcimiento que faciliten la integración de una comunidad”.

La crisis de la vivienda también se presenta en otras ciudades afectadas por el terremoto, como Jacmel, Petit-Goave, Grand-Goave, Leogane. Y es más desastrosa en las zonas rurales. Colette Lespinasse, coordinadora del Grupo de Apoyo a Repatriados y Refugiados (GARR), externa que la migración de víctimas del campo a la ciudad se incrementó tras el sismo: “Hay campesinos que debieron acoger hasta 15 personas en su casa”. Algunas, paradójicamente, emigradas de las ciudades.

Infraestructura en ruinas

Si uno recorre Puerto Príncipe encuentra cierta normalidad en el escenario urbano. La infraestructura de gran tamaño sigue en ruinas, pero en muchos de los barrios buena parte de las casas habitación se ven sin afectaciones visibles. Reyneld Sanon dice que “la normalidad es artificial, no hay normas de construcción establecidas tras la catástrofe”.

Esa es la razón por la que a dos años del terremoto hay profesionistas que viven en tiendas de plástico. Ary Regis es un maestro universitario que con su esposa Kettia Dodin, administradora de profesión, su hija Arielle de cuatro años, y un sobrino adolescente, viven en una carpa al lado del edificio derrumbado que habitaron. Ahí perdió la vida una vecina de 40 años.

El comunicólogo que hizo estudios en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) de la ciudad de México, no quiere rentar una casa de alquiler porque “no son seguras para vivir”.

La carpa de Ary Regis es mayor que la de los campamentos, mide 24 metros cuadrados. Es una tienda separada en dos partes por una lona. Dentro la familia tiene apilados libros, juguetes, ropa y hay dos colchones en el suelo. “Es nuestra casa blanca”, así la llama irónicamente por su color. En el mismo predio hay otras tiendas de campaña de vecinos.

En una de ellas viven el químico Louis Mercier y su esposa Jocelyn René. La pareja no habitaba el edificio, sino la casa edificada frente al mismo. La casa sigue en pie, con todas las pertenencias y muebles del matrimonio. En el día las dos familias comparten las áreas comunes. Pero duermen en sus tiendas por miedo a que la casa se derrumbe.

Ary Regis y su esposa, que tiene un empleo temporal, ahorran para comprar una casa. La pareja tiene claro que sólo si mantiene los dos empleos podrán conseguir una hipoteca. Les urge mudarse por la salud física y emocional de su hija. Kettia Dodin dice que la pequeña de ojos negros “tiene alergias, insomnio, a veces despierta llorando, y va muy seguido a ver el edificio derrumbado”. La niña les pregunta con frecuencia: “¿Cuándo regresamos a vivir a la casa que teníamos antes?”. Esta familia, como otras desplazadas, también vive el drama de vivir en una carpa.

Sin embargo, la familia de Ary Regis no corre el riesgo de ser desalojada. Pero otras están en riesgo inminente de serlo. Reyneld Sanon advierte que el día de mañana 12 de enero, cuando se conmemoran dos años del terremoto, tres campamentos están amenazados con ser desalojados como parte de una estrategia de limpieza gubernamental y privada de campamentos pequeños: Grace Village, Eddy François y Foyer Monfort en Carrefour, al sur de Puerto Príncipe. “Y los desalojan de manera brutal”, alerta el activista.


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