Haití: LA HAMBRUNA BRUTAL QUE SE AVECINA

COBERTURA ESPECIAL: HAITI 2012: LA PESADILLA QUE VIENE

 


Laura Castellanos, enviada, Puerto Príncipe. Es la hora de la comida en el campamento de desplazados Mega 4, al norte de Puerto Príncipe, que alberga a cerca de 30 mil desplazados del terremoto de 2010. La mujer menuda y flaca vacía más agua a la olla de frijoles que hierve sobre un bracero pequeño en la esquina de su tienda. Entre los borbotones del caldo aguado  se asoman algunas semillas. Ella es Comisset Silva, anda descalza y carga a una pequeña de año y medio que distrae el hambre con un pedazo de caña. Tiene seis hijos más. Los mayores están fuera de la tienda. Una niña de 13 años, uno de 8 y uno de 5, todos descalzos, rondan la olla con inquietud. 

La carpa de 12 metros cuadrados está divida por lonas en cuatro secciones. Ahí viven dos familias. En la sección de la cocina minúscula hay una caja sobre la que descansan trastes limpios y ordenados. El único alimento es un pedazo de col marchita en un plato. No hay mesas ni sillas. Un buró de madera, destartalado, está en la recámara. La familia se sienta en la cama a esperar la cocción del guiso. La cama está formada por un bloque de ladrillos  acomodados sobre los que hay una hoja de triplay de madera a manera de colchón. La cubre un retazo de tela blanca. No hay sábanas ni colchas, mucho menos almohadas. Una caja grande de cartón contiene alguna ropa ajada. No hay más posesiones en la tienda. Como todos los días, el marido de la mujer salió del campamento al centro de la ciudad, a una hora de camino, en busca de basura callejera reciclable que pueda vender. A veces consigue algo de dinero. No siempre. 

Ésta reportera, el videoreportero Alberto Torres y un traductor, recorrimos carpas apretujadas entre sí en el campamento Mega 4 para constatar qué comerían las familias ese día. No hay olores de alimentos en cocción. Ni ajetreos de mujeres preparándolos. Alguna mujer pela un tubérculo, otra hierve plátanos verdes. Comisset Silva es privilegiada. 

-Además de los frijoles qué más va a comer- le pregunto.

-Nada, no tengo nada más y nos duele el estómago- se soba el vientre con expresión de angustia.

Si Comisset Silva no tiene dinero para comer, mucho menos para mandar a sus hijos menores a estudiar. En Haití 80% de las escuelas son privadas, y ella no tiene dinero para pagarlas. Si lo hiciera, sus hijos menores tendrían una comida asegurada al día. Por lo menos por un par de meses más. Tras el terremoto, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la Organización de Naciones Unidas (ONU) amplió de 300 mil a un millón 100 mil la cantidad de infantes beneficiados con una comida en sus escuelas. Sin embargo el programa acabará en marzo de 2012 y hasta ahora no hay confirmación de que se extienda. En tal caso, se avizora en Haití una hambruna de proporciones desconocidas. 

Myrta Kaulard, directora del PMA en Haití, dice que el presupuesto de 400 millones de dólares que recibieron en 2010 se redujo a 40 millones de dólares en 2011. Nada para 2012. Con ese presupuesto también se compraban productos agrícolas locales, por lo que la población rural de igual modo se afectará. El impacto en la infancia y el campo haitiano “va a ser bastante brutal”, dice.

Coincide con su vaticinio el viceministro de Agricultura, Michel Chancy, que después del terremoto fungió como enlace de la distribución de alimentos entre la comunidad internacional y las víctimas del sismo. La conclusión del programa del PMA: “es para nosotros una catástrofe”. 

Ayuda recortada

Haití está considerado el país más pobre de América y del Hemisferio Norte. En una población de 10 millones de habitantes -40% menores de 14 años- la mitad sufre crisis alimentaria,  según la Encuesta Nacional sobre la Seguridad Alimenticia (ENSA) de Haití. El hambre en Haití no es un padecimiento nuevo. En 2007, en Cité Soleil, el barrio más peligroso de Puerto Príncipe, la gente mezcló arcilla con harina para hacer galletitas que secaban al sol. No había más comida. Llegó la ayuda del PMA. Sin embargo, el terremoto que dejó un saldo de 230 mil muertos y 700 mil personas viviendo en campamentos, paradójicamente posibilitó que un sector de la población tuviera mayor acceso a alimento y agua por un tiempo.

Michel Chancy dice que el apoyo del PMA que se recibía antes del terremoto consistía primordialmente en alimentos importados, lo cual dañaba al mercado agrícola local. A partir de 2009 el gobierno haitiano buscó que se incrementara la compra de productos locales. Tras el sismo, aumentó la cantidad de alimento dotada por el PMA en el país y la población estudiantil beneficiada se amplió de 300 mil a 1 millón 100 mil niños, de los 2.2 millones en escuela primaria. Así se benefició a casi las dos terceras partes de estudiantes. “Niños que iban a dejar la escuela para ir a trabajar porque tenían hambre, se quedaron en la escuela”, precisa el viceministro.

Myrta Kaulard dice que luego del terremoto, se dio alimento a todo la población las dos primeras semanas. Después sólo a las zonas más afectadas y pobres. Y desde abril de 2010 únicamente a infantes en edad escolar, mujeres embarazadas y lactantes. Según ella no le dieron alimento a los campamentos para evitar que se convirtieran en centros de atracción de la población.  El programa de las escuelas consiste en proveer una vez al día un plato de arroz con frijoles. Nada más. 

Del porqué se redujo la cantidad de 400 millones de dólares en 2010 a 40 millones en 2011 y a nada en 2012, la funcionaria externa que generalmente la comunidad internacional “da un apoyo enfocado al momento de crisis pero se vuelve mucho más difícil mantener el apoyo en un trabajo de desarrollo a más largo plazo”. De un día para otro, 1 millón y 100 infantes están en riesgo de quedarse sin comer. El cierre fatal del PMA es marzo. A menos que “los donantes nos den más recursos para seguir trabajando”.

-¿Si no se los dan?

-Tendremos que parar la operación. 

Los donantes principales son los gobiernos de Estados Unidos, Canadá, Francia, España, Brasil y el sector privado, puntualiza.  Otro programa del PMA se canceló recientemente, lo que agrava aún más el escenario local. Se le llamó Cash for work y consistió en crear 200 mil empleos temporales para limpiar las calles o reconstruir carreteras a cambio de dinero y alimentos. Concluyo en septiembre de 2011. 

Independientemente de la cancelación definitiva del programa del PMA en Haití, su directora ya vio visos de la agudización de la crisis alimentaria en el país. Señala que desde mayo de 2011 observó que jefas de familia pobres pedían prestado dinero para comprar insumos y vivir de la venta de alimentos que preparaban, pero estos subieron de precio. Haití importa alrededor de 45% de sus alimentos. La debacle financiera global le pegó el mismo año del terremoto. Las jefas del hogar ya no pudieron vender comida: “ahora esas mujeres mendigan”.

De idéntica manera la situación de las familias campesinas empeoró. Colette Lespinasse, coordinadora del Grupo de Apoyo a Repatriados y Refugiados (GARR), dice que hay campesinos que por hambre “hasta han comido sus propias semillas para sembrar”. 

El catedrático universitario Jean Renól observa que la crisis post terremoto en Haití por el alimento y la vivienda podría provocar revueltas futuras: “En 2007 tuvimos disturbios relacionados con el hambre y la cuestión de la vivienda se agudiza”, apunta. “Puede surgir un movimiento social, aunque todavía no veo la forma que pueda tomar”.

Los golpes del hambre

Pudimos recorrer el campamento Mega 4 gracias a la veinteañera Darling Saintilus. Es parte de la nueva generación de activistas post terremoto. Antes del sismo la muchacha de ojos grandes y mirada franca tenía una estética. La perdió. Con su hija y su esposo, un profesor de primaria, vive en Mega 4. Ella es la líder del incipiente grupo de mujeres, una veintena, que en el campamento se organizan para frenar la creciente violencia conyugal y sexual en el lugar. Piensa  que el hambre en las familias aumentó la violencia contra mujeres e infantes. Cuenta que por la lejanía del asentamiento, son los hombres que salen a buscar basura para reciclarla y ganar algo de dinero mientras las mujeres se quedan al cuidado de los niños. Sin embargo, muchas veces ellos regresan sin nada y descargan su frustración contra sus mujeres. La muchacha explica que ellos llegan a decirles: “¿Porqué estás aquí sentada sin hacer nada? ¿Porqué no sales a robar para traer algo a casa?”. Luego vienen los golpes.

Jackson Doliscar, de Fuerza de Reflexión y Acción por la Vivienda (FRAKKA), el frente haitiano de 30 organizaciones independientes y comités de campamentos conformado tras el sismo, opina que Mega 4 “es el campamento en el que se han registrado más casos de violencia”. Darling Saintilus reseña los casos de mujeres violadas de los que tuvieron noticia en los últimos meses: una muchacha de 15 años violada por un desconocido, dos adolescentes violadas por sus parejas, y en diciembre pasado, una niña de 2 años violada por un muchacho vecino. 

Todos los días la joven se da a la tarea de recorrer las carpas concientizando a las mujeres sobre sus derechos, les levanta el ánimo, y les comparte algún alimento que haya podido adquirir. Al día siguiente de navidad la activista visitó la carpa de Comisset Silva. “La encontré llorando porque no había tenido nada que cenar”, dice. A diferencia de la funcionaria del PMA y del viceministro de Agricultura, Darling Santilus no ve a futuro una hambruna que se avecine. Ya la ve ahora. Frente a la olla de frijoles de Comisset Silva, dice: “el hambre en el campamento es un problema catastrófico”.

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1 comentario

  1. paola said,

    19 enero, 2012 a 17:58 pm

    mmmmmmmmmmmm k tristeza :(


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