Gobiernos mexicanos, grandes lenones

Babel
Gobiernos mexicanos, grandes lenones
Javier Hernández Alpízar
Una estrategia para mentir que pueden usar los medios de masas es que la mentira sea muy grande. La reacción del distraído escucha, televidente o lector, será “no se atreverían a decir algo tan gordo si no fuera cierto”. La mentira será consumida, como toda mercancía, por mala que sea. Algo así comentó Marco Lara Klahr en una plática en Xalapa, claro él lo dijo sin mediofobia, ya que habla de los “medios industriales” y los describe como son, tratando no tanto de apasionarse como de hacer algo concreto para modificar la situación.
Un pasmo de tamaño simétrico pasa con la verdad cuando es dura, amarga, sombría, descarnada. “El gobierno no va a permitir semejante proyecto criminal”, le decía una sencilla señora a Mario Martínez Ramos, del Frente Amplio Opositor a la Minera San Xavier (FAO), cuando comenzaron a descubrir que la mina San Xavier era eso: un proyecto criminal, proyecto devastador que hoy tiene prácticamente destruido el Cerro de San Pedro, cuya imagen solamente existe ya en el escudo de armas de San Luis Potosí.
Una de las primeras reacciones de la gente sencilla, cuando saben que están en la mira de un megaproyecto que amenaza con despojarlos de sus tierras, explotarlos inmisericordemente, avasallarlos con la violencia estructural que compran y administran los señores del dinero (y la guerra, son los mismos) y tratarlos con desprecio (como recientemente la Embajada Canadiense trató a los afectados por la minería de ese país en México), es preguntar: “¿Tienen ustedes posibilidad de llevarle esta información al presidente?” Es una tendencia natural suponer que, como dice el discurso, las autoridades están para defender a los gobernados. Pero no es así, es tan sólo una de esa mentiras gordas que alimentan (noticiosa y financieramente) a los medios de masas.
En el caso de los devastadores proyectos, mineros y otros, que hoy están destruyendo el país, son los presidentes de México quienes los impulsaron, los atrajeron a México. Carlos Salinas de Gortari (quien desea regresar al poder a la sombra de Peña Nieto) inició la destrucción del territorio mexicano cuando destruyó legalmente las tierras ejidales y comunales metiéndolas al mercado, haciéndolas mercancía, con la reforma al artículo 27 constitucional.
Lo que han hecho los más recientes regímenes panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón es asumir eso que el PRI impulsó desde Miguel de la Madrid, Salinas y Ernesto Zedillo. Respetar el Tratado de Libre Comercio con Canadá y los Estados Unidos, además de todos los tratados anexos, paralelos, casi secretos, que incluyen la desregulación jurídica y la desprotección de los mexicanos en aras de consentir a las empresas y corporaciones transnacionales. La guerra, la militarización y la paramilitarización, casi la limpieza social, son solamente la continuación del libre comercio por otros medios. Digamos que es un comercio rápido y furioso, y que le interesa lo mismo que siempre le interesó, desde el siglo XVI: El oro.
Si por la ambición de riquezas los colonizadores europeos expandieron la muerte, la reducción a un mínimo de los indígenas de América, hoy lo hacen de nuevo.
La crisis de hambruna de los rarámuris no es más que la consecuencia natural, lógica, perfectamente entendible, de un proyecto colonizador que ha intentado siempre exterminarlos para despojarlos de su territorio, y que si no lo ha logrado es por la terca resistencia indígena.
En el siglo XIX y XX, efectivos del ejército de los Estados Unidos y el de México, juntos, atacaron y casi exterminaron a los indígenas en el norte de México. Esas guerras de exterminio están en su memoria y las han narrado en momentos específicos, como el paso de la Otra Campaña por el norte de México.
El despojo actual de sus aguas, montes y territorios, como puede verse en el acueducto para quitar su agua a los yaquis (entre los inversionistas está Carlos Slim) y en el proyecto minero canadiense en Wirikuta, lugar sagrado de peregrinación para los wirraricas, o en el proyecto eoloeléctrico contra los ikoots en San Mateo de Mar, Oaxaca, así como en los muchos proyectos mineros, de presas, carreteras (el tren bala con el que AMLO amenaza a las comunidades mayas de Chiapas), y hasta capitalismo verde y supuesto ecoturismo contra los pueblos indios, campesinos y todo el México rural, es la lógica continuación de un mismo proyecto que han impulsado, con matices, las élites conservadoras y las liberales en México, desde la Colonia y especialmente desde el inicio del así llamado “México independiente”.
Siempre fueron los indígenas un elemento incómodo para los proyectos “modernizadores, el “amor, orden y progreso”, el neoliberalismo en su versión estándar o la camuflada de “República Amorosa”. Por eso la gran coincidencia contra los Acuerdos de San Andrés en su momento, y ahora la coincidencia en atacar toda autonomía o conato de autonomía bajo gobiernos de todos los colores como en Chiapas (PRD), Oaxaca (PRD-PAN), Michoacán (PRD-PRI). Guerrero (PRD) y en el norte y occidente, bajo gobiernos priistas, panistas, los que sean: Todos comparten el modelo colonizador.
El hambre entre los rarámuris, el desamparo de los triquis que van a desafiar la muerte en manos de paramilitares por volver a San Juan Copala, el cerco de paramilitares, militares, policía, crimen organizado, burocracia y empresas transnacionales, contra las comunidades en Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Jalisco, Guanajuato, y lo mismo en Veracruz, la Huasteca y el Norte del país, son solamente la lógica consecuencia no de un “Estado fallido”, sino de un Estado eficiente en su papel de brazo civil, y aún militar, de las transnacionales.
No solamente es el de los Estados Unidos o el de Canadá, sino el de México, un gobierno rápido y furioso contra las y los mexicanos, contra las y los migrantes de Centroamérica, contra los pueblos indios, las mujeres, los defensores de derechos humanos, comunicadoras, periodistas, etcétera.
Recuerdo cuando se discutía el Tratado de Libre Comercio (básicamente la misma clase media “ilustrada” que luego argumentó en pro del voto útil por Fox es la que defendió y aún defiende el “libre comercio”), se dijo que Canadá quería proponerle al gobierno mexicano un quid pro quo: La bandera de la hoja de maple apoyaría al mexicano en sacar el petróleo del TLC a cambio de que México apoyara a sus socios del norte para sacar la cultura del TLC.
Carlos Fuentes dijo que México no tenía nada que temer, su cultura milenaria era más fuerte que las de Estados Unidos y Canadá, nada le haría el TLC. México no aceptó (enterado o no de las opiniones de Fuentes). Entró al TLCAN todo, petróleo, cultura, soberanía, honor, dignidad, independencia, todo.
Que las mineras canadienses dejen el territorio mexicano como queso gruyere o como campo minado es la consecuencia de la firma que estampó el gobierno de Salinas, y que nunca han contradicho los posteriores gobiernos, con apoyo de sabias reflexiones como las del autor de Cristóbal Nonato.
En palabras técnico-científicas: chingaron al país. Como analizó Octavio Paz en El laberinto de la soledad: chingar es abrir, rajar. Eso es lo que están haciendo por todo México, rajando, horadando, perforando, desollando los cerros, la tierra y con ella a los pueblos y al futuro del país. Los gobiernos modernizadores nos vendieron, nos regentearon, nos caimanearon.
No es ninguna exageración la frase del activista mexicano contra la minería afuera de la Embajada Canadiense: El gobierno mexicano, el de Felipe Calderón y los estatales, salen al extranjero a ofrecer las tierras de México para que cualquiera venga y las explote y destruya como si México fuera una prostituta. ¿Suena muy feo? Tiene nombres menos malsonantes, uno de ellos el dogma (científicamente falso) que hoy se enseña en las universidades de todo el mundo: “libre comercio”. Los gobiernos mexicanos, los grandes padrotes.

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