Del fetichismo a la vergüenza prometeica

Javier Hernández Alpízar

Sigue dando tela de donde cortar el concepto de fetichismo que Marx usó para conceptuar el modo como en el sistema dominado por el capital lo verdaderamente importante, la vida, la vida humana en especial, queda postergado, subordinado, a la mercancía, al dinero.

Algunos exégetas de Marx han encontrado que el origen de esta crítica al capital, y especialmente en el concepto de fetiche, tiene un origen bíblico y teológico: la crítica del Antiguo Testamento a la idolatría, la adoración por el ser humano de un objeto, una cosa, un ídolo o fetiche, hecho por sus propias manos.

La analogía es: tal como el idólatra hace un objeto de barro y luego lo endiosa, o al menos le atribuye facultades sobrehumanas, hipostasiando, proyectando en él sus propios poderes creadores, así el productor enajena su poder, su potencia productora, en lo que fabrica, y que luego, convertido en prestigiosa mercancía, lo avasalla, lo domina, lo desvalora, lo esclaviza al sistema de las mercancías y el dinero.

La enajenación no es solamente económica, tiene profundas consecuencias en la subjetividad, consecuencias psicológicas, anímicas.

La mercancía no solamente tiene el halo prestigioso de un “valor”, sino que llega a ser una especie de modelo ontológico: Hay que ser como la mercancía, la publicidad nos lo restriega en los ojos todo el tiempo.

Consumir es de suyo consumir ideología capitalista, consumir fetichismo. Ahora además el ser humano, cuerpo y mente, tiene que moldearse, parecerse a la mercancía para ser, o para no estar excluido.

La atribución de potencias humanas subjetivas al fetiche mercancía llega a encarnarse en un ser humano fetiche, un ser humano mercancía o que intenta serlo: la transustanciación de unas piernas femeninas en un ideal erótico (un icono) mediante unas medias, o de un cuerpo humano masculino esculpido en el gimnasio para ser el tipo que encarna disciplina, consumo de productos sanos, etc.

Recientemente encontramos el concepto de la vergüenza prometeica, de Günther Anders, la vergüenza de no ser productos perfectos resultados de una fabricación, sino de ser naturales, con todos los defectos que acusa ello, por ejemplo el paso del tiempo. Por ello muchos de los productos que nos ofrece la televisión son para evitar parecer naturales: ocultar canas, calvicies, arrugas, lonjitas. Tratar de parecer el modelo de plástico ideal que porta la prenda. Tratar de ser la perfecta mercancía, el perfecto fetiche.

Incluso seres humanos que tengan en muchos aspectos una postura crítica frente a las sistemáticas violaciones de derechos humanos en el sistema capitalista pueden tener la tentación de ser o parecer esa mercancía ideal; por ejemplo, la tentación de ser la modelo de las páginas centrales de Playboy.

Desde los “primitivos” principios mágicos de que lo semejante produce lo semejante y que lo que estuvo en contacto sigue de alguna manera misteriosa en contacto (principio mágico detrás de la erotización de las prendas de vestir u otras prendas en el llamado, precisamente, fetichismo) hasta el “moderno” principio mágico que endiosa a la mercancía y prescribe parecerse lo más posible a ella, y huir de la vergüenza prometeica de haber nacido e irremediablemente envejecer, seguimos atribuyendo a un objeto, una hechura de nuestras manos, la perfección que no alcanzamos: Y ahora, la mercancía es el modelo a seguir.

En este contexto, la discusión crítica del capitalismo, el liberalismo, el desarrollo, el alcahuete concepto de “sustentabilidad”, resultan casi imposibles: Una voz solamente se prestigia de autoridad, quizá, si habla desde el prestigio y el glamour de una mercancía, una película, un video, la portada de una revista.

¿Cómo dar la espalda a esos fetichismos? Tal vez a la vergüenza prometeica haya que oponer una desvergüenza pantagruélica.

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