La crisis de la “representación”

Babel
La crisis de la “representación”
Javier Hernández Alpízar
¿Cómo nos han convencido de que eso es “la política”, de que si no juegas en ella eres “apolítico”? El juego se reduce a una decantada tautología: La política es lo que hacen la clase política, los partidos políticos, los políticos, los candidatos, los “electos” para un puesto, los funcionarios. Hacer política consiste, principalmente, en elegir entre ellos. Apoyar a uno de ellos. La discusión gira en torno a ellos. Otra cosa es “sectaria”, “utópica”, “radical”, “ultra”, “apolítica” o alguna otra herejía contra el IFE y sus espots.
Los símbolos de la lucha deben ser autentificados por alguno de esos próceres, so pena de no existir. A quien intenta llamar la atención para ver fuera de ese estrecho círculo, simplemente se le acusará de “hacerle el juego” al bando rival.
Pero no se ataca el tema: ¿qué ha tocado fondo en la actual crisis de la política así entendida?¿Por qué, si se supone que vivimos en una sociedad plural y, por ende, los partidos son la mejor forma de representar a la plural y diversa ciudadanía, hay quienes, habemos quienes… no nos vemos representados en ninguno de ellos? ¿Por qué las personas que quieren cambios salen a las calles, e incluso acampan en plazas en lugar de simplemente accionar las palancas del sistema de representación vigente?
Desde las movilizaciones contra las agresiones militares de los Estados Unidos a Afganistán y luego a Irak, repudiadas por masivas movilizaciones incluso en los países “centrales” como Estados Unidos, Canadá y los de Europa, se observó que algo se había roto: La ciudadanía estaba pulverizada. Los poderes hicieron la guerra contra toda legalidad internacional, pero también contra la voluntad de sus ciudadanos.
En México la violación de la voluntad ciudadana no se ha expresado únicamente mediante el fraude sistemático en las urnas, del cual las elecciones presidenciales de 1988 y 2006 es solamente la cereza del pastel, porque el fraude es tan viejo como el sistema electoral y en lugar de superarse se ha profundizado y se ha instalado incluso en las elecciones internas del partido que en tiempos no electorales se ve como entidad a deslindarse y distanciarse, pero en tiempos de elecciones es el sello a cruzar en la boleta por la izquierda. La violación a la voluntad ciudadana se da cuando le hacen fraude, pero también cuando llegan al poder los candidatos de la “transición” y defraudan las expectativas de sus votantes.
El análisis más obvio, pero superficial, es el moral. La derecha mexicana lo impulsó para terminar por llevar al poder a sus candidatos y partidos. Se trataba solamente de la inmoralidad de los políticos y gobernantes, que en ese tiempo eran coextensivos y sinónimos con “priistas”.
Cuando Miguel de la Madrid lanzó el eslogan “Renovación moral”, comentó Carlos Pereyra, analista político del grupo que luego sería Nexos, la hegemonía de la derecha se había instalado. La visión de la derecha era que los malos eran los políticos y el gobierno priistas, su filiación derechista era tal que casi los creían “comunistas” y a veces sin el casi, tal como en 2006 a AMLO lo quisieron hacer pasar sus detractores, y hasta sus publicistas, por un izquierdista a lo Hugo Chávez, antes, para la derecha, los comunistas eran desde Lázaro Cárdenas hasta López Portillo. La derecha no cuestionaba, ni cuestiona, la corrupción de empresarios o clérigos por ejemplo.
Entonces surgió un único objetivo en política electoral: Sacar del poder al partido de estado. Con Cuauhtémoc Cárdenas como eterno candidato, eso intentaría la izquierda electoral. Era tan claro ese programa que en pleno debate presidencial donde Fernández de Cevallos demolía las expectativas de voto de Cárdenas, éste le proponía aliarse para derrotar al PRI. La idea de alianza una PAN- izquierda electoral no es nueva, aunque solamente ha operado a nivel de estados.
La consecuencia de ese análisis y esa práctica fue el “voto útil” que promovieron empresarios, políticos de derecha y hasta intelectuales y oenegeneros que se suponían de izquierda: Sacar al dinosaurio, luego veríamos. Así llegó a Los Pinos Fox y el esquema mostró su falsedad: No era un asunto de “moral” sino de estructura. Lo corrupto no eran solamente los hombres y mujeres en el poder, sino el esquema del poder, desigual, injusto, corrupto. Además de que los empresarios y políticos supuestamente morales tampoco resultaron tales.
Hoy la premisa sigue siendo la misma: La solución es llevar a un hombre (o mujer) honrado al poder. Sigue sin mirarse que lo inmoral y lo corrupto no son solamente unos cuantos hombres y mujeres, sino la estructura desigual. Y la regla del juego que impone el sistema es: no tocar esa estructura. Para ser elegible, cualquiera que aspire a gobernar tiene que aceptar no tocarla. Así lo prometen y serán obligados a cumplir.
Pero no se trata de un problema solamente de México. Sin ir más lejos, recordemos en qué acabó la luna de miel de los simpatizantes de la izquierda electoral mexicana con el “presidente legítimo” de los Estados Unidos Barack Obama. A nivel internacional, le dieron hasta el premio Nóbel de la Paz nada más porque sí, pero la complicidad con la guerra que desangra México y las que desangran otros países no cambió. El hombre negro y bueno no hizo la diferencia.
¿Dónde está lo malo, pues? En gran medida: en la crisis de la “representación”. Dado lo desigual e injusto del mundo capitalista, es una falacia la “igualdad política” pregonada por el liberalismo y ahora por el neoliberalismo (que la ideología de derecha trata de hacer sinónimo único de la palabra “democracia”), cualquier representación política termina siendo una usurpación. Es la economía, es el sistema, son las reglas no escritas, jóvenes.
No hay manera de que la gente gobernada, oprimida, controle a quienes logra (cuando lo logra) llevar a la titularidad del poder Ejecutivo. Tienen, los favorecidos por el status quo, no solamente la opción de los fraudes, pequeños y grandes. Tienen la del golpe de estado como los que derrocaron a Allende, Jean Bertrand Aristide y a Zelaya en Honduras. Tienen, sobre todo, la inercia del sistema, de las estructuras injustas intocables. En México, por ejemplo, las leyes que han establecido una metaconstitución, por encima de la Constitución, como el TLCAN y otros tratados, las cartas compromiso ante los organismos financieros, la subordinación de hecho ante el gobierno en turno en Washington, la autonomía del Banco de México y otros pilares del sistema.
Por ello es tan limitado el margen de “disidencia” de un posible político exitoso, por ello tiene que demostrar su elegibilidad ante los poderes reales: Capitalistas, banqueros, militares, obispos y papas, gobernantes de los Estados Unidos, ante los empresarios, sobre todo si lo son de los medios de masas, como Televisa. Por ello tiene que tenderles la mano, ir a sus misas, ofrecerles “nada de rencores”.
Cualquiera que gane tendrá que rendir cuentas más ante ellos que ante sus electores, gobernará obedeciendo al poder, no a sus electores. A lo sumo, cuando ganan los de “izquierda”, si acaso, se entorpecen un tanto los acomodos, hasta que la homeóstasis del sistema restablece el equilibrio.
Lo peor es que, ante cierta mirada políticamente correcta, en caso de que los afectados por las mismas políticas depredadoras que usaba la derecha pero ahora bajo un gobierno de “izquierda” (como en Chiapas) se quejen y denuncien, serán acusados de atacar a un gobierno de izquierda y, con ello, de “favorecer a la derecha” (con la cual los gobiernos de izquierda cogobiernan). Incluso los críticos recibirán los epítetos más peregrinos, como “misóginos”, quienes critican las políticas pro mineras tóxicas de la “izquierdista” Cristina Kirchner.
Pero la crisis de la “representación” política no es vista (quizá porque es una crisis para el ideal de democracia, pero no para el de neoliberalismo, para ella es el modo sano de ser de la política). Se acusa a quienes critican las incongruencias de la izquierda, como si una “representación” que ya no funciona volviera a funcionar por “volver a tener fe” y abrazar un icono “amoroso”. Es como pegar con chicle y saliva un andamiaje cuyos engranes no sirven. Y después de que falle, nos pedirán otros seis o tres o cuántos años para probar de nuevo la fe de las urnas. No hablamos del futuro, hablamos de cómo ha fallado en los estados donde ha gobernado.
Test: Si usted leyó hasta aquí y le nace en la mente la pregunta ¿Entonces usted nos aconseja cruzarnos de brazos y dejar todo como está?, será porque ha dejado que su concepto de política se reduzca a la epistemología del IFE y los partidos. Por fuera de esas deportivas competencias, muchas personas y grupos hacen política y pueden seguirla haciendo, sin que votar o no votar sea su máximo dilema.

2 comentarios

  1. Tsumo Miyuka said,

    3 abril, 2012 a 20:02 pm

    Es mejor idealizar la realidad que usar el idealismo para contrarrestar la realidad formada por no idealizar la realidad.

  2. Great Khan said,

    4 abril, 2012 a 13:40 pm

    Estoy totalmente de acuerdo con lo escrito en este breve ensayo. Y lo he expresado en varias ocasiones, ya nos hcieron creer que hacer política es sinónimo de votar, y quien no vota es igual a un valemadrista.

    Difundiré tu texto.


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