Carlos Fuentes y el México balcanizado

Babel

Carlos Fuentes y el México balcanizado
Javier Hernández Alpízar
Me niego a pasarme las horas escribiendo esquelas. Así que entre las manifestaciones contra Enrique Peña Nieto, el exilio del padre Alejandro Solalinde para tierras europeas por una sexta amenaza de muerte, y la muerte natural del autor de Cristóbal Nonato, ah, y también el libelo de Televisa contra Carmen Aristegui… en lugar de una esquela, se antojan unas serpientes y escaleras, con la caótica eficiencia de esa especie de Aleph para el exhibicionismo y el vouyerismo, la comunicación, el espionaje y el papaloteo mental llamado Facebook.
Comencemos por Carlos Fuentes, no porque sea uno de nuestros autores favoritos, sino porque a fin de cuentas, incluso nuestros autores no favoritos forman parte de la realidad que está ahí, en la cotidiana disciplina de masticar el mundo.
Independientemente de que su figura nos parece la de un sujeto bien acomodado, que supo entender la necesidad del sistema político mexicano de tener críticos a modo, y de moda, hay imágenes de su escritura que atinan en el blanco que es este país cada vez más negro.
El país balcanizado que Carlos Fuentes usa como telón de fondo para la farsa en su novela Cristóbal Nonato se ha hecho realidad. Si en su novela México se ha reducido territorialmente casi al viejo Anáhuac, y el resto del país son ya enclaves de explotación de las compañías petroleras… En México, la destrucción del pacto social de la Revolución Mexicana que las élites han ido trabajando, a marchas forzadas, desde Miguel de la Madrid y Salinas hasta Calderón, ha dado por resultado un país así, prácticamente balcanizado. Repartido entre gubernaturas que son feudos, sometido a toda clase de poderes formales e informales, fácticos y otros más fácticos aún.
Como dijera un minero guanajuatense que defiende la dignidad de la minería tradicional frente a la minería tóxica, lo que ocurre es que confundimos a la nación o a la patria con un gobierno o con un partido político. Así lo entronizó el PRI: los colores de la bandera eran los mismos que los del partido del Estado. Pero ese encarnizado partidarismo no solamente no cedió con la presunta “transición democrática”, sino que favoreció y ahondó la balcanización mental, moral y casi territorial del país. Ningún grupo soporta una simple broma sobre su candidato. “Quien no está conmigo está contra mí”, es la divisa.
En Cristóbal Nonato, a la aguda crisis que no pueden responder ni los políticos ni los economistas responde un hacedor de ensueños que disfraza a una joven secretaria de Madre de todos los mexicanos, con un atuendo que combina rasgos de Marilyn Monroe, la Virgen de Guadalupe y hasta la Coatlicue… Y la engañifa, llevada al extremo de dopar a una tímida secretaria con boleros que le suban la moral. “Usted es la culpable, de todas mis angustias…”. Pero funciona: Un pueblo que debería estar hambriento de justicia y respeto a sus derechos, se conforma con la consolación de una “Mamá Doctora” que le sirva de numen.
El tono de la novela es así, fársico, al grado que un crítico la tildó de joseagustinear demasiado, pero el México de hoy que recibe las noticias de la muerte del novelista, el exilio del defensor de los migrantes, el libelo contra Aristegui, la enjundia de los jóvenes contra el candidato del PRI, etcétera, es un México tan balcanizado como el que Carlos Fuentes describió en Cristóbal Nonato.
Además de los cacicazgos por gubernaturas, hay zonas controladas por todo tipo de poderes y alianzas. Televisa gobierna, manoseando mentes, más que legisladores o magistrados, y la invención de todo tipo de adefesios y fantoches va desde la construcción de candidatos o candidatas, a la fama de edecanes- conejitas de Playboy.
De manera que un pueblo, espantosamente parecido al de la novela de Fuentes, que debería estar hambriento y sediento de justicia y respeto a sus derechos, parece con más ganas de divertirse, de olvidar, de banalizar… Por suerte, la mirada que encuentra ese México de farsa trágica no es infalible. Seguramente hay aún una nación debajo de ese montón de llagas y lágrimas. Gente que no identifica a la patria con un gobernante, candidato o partido; gente que no espera el consuelo de una figura mediática que alivie sus dolores con entretenimiento; gente que está dispuesta a tratar de reunir los miembros de este Pinocho desensamblado en que nos han convertido a México.
Esa gente aprenderá de Carlos Fuentes lo que pueda aprender y desechará el oropel; esa gente construirá un país en el que no solamente Carmen Aristegui  sino hasta el más humilde comunicador o comunicadora sea respetado por su trabajo; ese gente construirá las condiciones no solamente para que regresen el padre Alejandro Solalinde y todos los exiliados –los físicamente exiliados y los exiliados en la meditación interior que hoy no dicen palabra alguna porque nadie parece escuchar–, sino un país que premie la valentía y las ganas de trabajar de todos los migrantes, o mejor, en donde nadie se vea forzado a emigrar para resolver una necesidad tan básica como el comer.
Esto no esquela, y no porque sea o no Carlos Fuentes uno de nuestros autores favoritos, sino porque el país, México, es todavía, sírvanos de apoyo la retórica, una obra inconclusa.

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