Alejandro Solalinde, no al sectarismo

Babel

Alejandro Solalinde, no al sectarismo

Javier Hernández Alpízar

Yo también recuerdo esa entrevista que le hizo Javier Solórzano al padre Alejandro Solalinde en el Hay Festival de Xalapa. Al final el público también hizo preguntas y comentarios, pero la mayor parte de la conversación fue entre el periodista y el sacerdote católico y defensor de los migrantes. Hoy que Solalinde sale a Europa a defender los derechos de los migrantes desde allá, poniendo distancia de un país en el que lo han amenazado de muerte seis veces, vale la pena recordar algunas de las enseñanzas del defensor de derechos humanos.

Una que me impresionó mucho fue la ausencia de sectarismo. En política se usa mucho la palabra y también el sectarismo en sí, pero su origen es precisamente religioso. Es respecto a la Iglesia Católica, que desde el nombre se asume universal y única, que las demás religiones, especialmente las otras religiones cristianas, se motejan de “sectas”, es decir, escisiones, fragmentaciones, desprendimientos. La palabra secta alude así a la incompletud e ilegitimidad de quienes así son etiquetados.

Cuando le preguntaron a Alejandro Solalinde si entre los defensores de migrantes que participan en el trabajo de Hermanos del Camino, en Ixtaltepec, Oaxaca, hay conversaciones, debates o intentos de proselitismo religiosos, contestó que no. Cada quien tiene su religión, o es ateo, pero los une el trabajo por los migrantes.

Puso como ejemplo al tesorero del albergue, la persona más honrada en el manejo de dineros que pudiera pedir el proyecto, el tesorero es Testigo de Jehová. “Si algún prejuicio me quedara ahí se me quitaría”, comentó Solalinde.

Y es que el sectarismo es una especie de discriminación. Pretende catalogar a los seres humanos en legítimos y no, en genuinos y no, en originales y copias, pero sobre todo en aceptables y rechazables.

Me asombró que precisamente de un sacerdote de una fe religiosa viniera esa postura un tanto más oriental: Lo importante es cómo se vive, el camino ético que se sigue, y las creencias por lo demás son respetables.

Eso me ayuda a entender, por ejemplo, que pueda coincidir en posturas específicas sobre la necesidad de la paz y un alto a la violencia en México con personas como un mormón, Julián Lebarón, o católicos como Javier Sicilia, siempre que apostemos a una práctica de verdad en ese sentido.

El ejemplo de Solalinde y del grupo de trabajo Hermanos del Camino es claro: Coincidir en ayudar concretamente al prójimo, trabajar por ello, y dejar el asunto de los dogmas de fe al ámbito de lo privado.

Una sociedad verdaderamente laica no tendría por qué asustarse de que haya personas con diversas formas de fe, ni por coincidir con ellas en un camino hacia la búsqueda del bien común.

Ahora que Solalinde se vuelve un emigrante el mismo por ayudar a los migrantes, combatir la discriminación, el mote de “sectas” para quienes no comparten nuestros dogmas, será un buen homenaje.

Los derechos humanos son un eje de acción compatible con muchas doctrinas, credos y formas de fe, religiosas, humanistas o políticas (en el buen sentido de la palabra, si lo hay). Quizá cuando Alejandro Solalinde vuelva a tierras mexicanas podríamos recibirlo con más bajos índices de discriminación a las “sectas”. Y más altos índices de trabajo, a ras de suelo, por el bien común.

 

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