Política del lenguaje: The Politics of Language and the Language of Political Regression

25.05.2012

James Petras

Rebelión

El capitalismo y sus defensores mantienen el domino a través de los «recursos materiales» de cuyo control disponen, en especial el aparato del Estado y sus empresas productivas, económicas y comerciales, así como mediante la manipulación de la conciencia popular a través de ideólogos, periodistas, profesores universitarios y publicistas, que fabrican los argumentos y el lenguaje donde enmarcar los asuntos diarios.

Hoy día, las condiciones materiales de la inmensa mayoría de la población trabajadora se han deteriorado enormemente cuando la clase capitalista ha depositado la totalidad de la carga de la crisis y la recuperación de sus beneficios sobre las espaldas de las clases asalariadas. Uno de los aspectos llamativos de esta regresión en curso y sostenida de los niveles de vida es la ausencia de un levantamiento social importante hasta la fecha. Grecia y España, con una tasa de desempleo superior al 50 por ciento entre la población de 16 a 24 años y de casi el 25 por ciento en general han vivido una docena de huelgas generales y numerosas protestas de ámbito nacional en las que han participado millones de personas; pero no han conseguido producir ningún cambio real de gobierno, ni de política. Los despidos masivos y los dolorosos recortes salariales, de pensiones y servicios sociales prosiguen. En otros países, como Italia, Francia e Inglaterra, las protestas y el descontento encuentran expresión en el espacio electoral, donde se ha expulsado de sus cargos a quienes los ocupaban, que han sido sustituidos por la oposición tradicional. Pero a lo largo de toda la agitación social y profunda erosión socioeconómica de las condiciones de vida y de trabajo, la ideología dominante que da forma a los movimientos, los sindicatos y la oposición política es reformista : emite llamamientos para defender las prestaciones sociales existentes , incrementar el gasto público y las inversiones y ensanchar el papel del Estado allá donde la actividad del sector privado no ha conseguido invertir o crear empleo. En otras palabras: la izquierda proponer preservar aquel pasado en el que el capitalismo sintonizaba con el estado de bienestar.

El problema es que este «capitalismo del pasado» ha desaparecido y ha emergido un nuevo capitalismo más virulento e intransigente creando un nuevo marco mundial y un aparato del Estado poderoso y afianzado inmune a todo llamamiento a la «reforma» y reorientación. La confusión, frustración y desorientación de la oposición popular masiva se debe, en parte , a la adopción por parte de autores, periodistas y profesores universitarios de izquierda de los conceptos y el lenguaje propugnado por sus adversarios capitalistas: un lenguaje concebido para hacer ininteligibles las auténticas relaciones sociales de explotación brutal, el papel central que desempeñan las clases dominantes en la inversión de las conquistas sociales y los vínculos profundos entre la clase capitalista y el Estado. Los publicistas, universitarios y periodistas capitalistas han desarrollado toda una letanía de conceptos y términos que perpetúan el gobierno capitalista y distraen a los críticos y a las víctimas de quiénes son los responsables de este marcado deslizamiento hacia el empobrecimiento generalizado.

Incluso cuando formulan sus objeciones y denuncias, los críticos del capitalismo utilizan el lenguaje y los conceptos de sus defensores . En la medida en que el lenguaje del capitalismo ha ingresado en el lenguaje general de la izquierda, la clase capitalista ha consolidado una hegemonía o dominio sobre sus adversarios más antiguos. Peor aún: la izquierda, al combinar algunos de los conceptos básicos del capitalismo con críticas aceradas, crea ilusiones sobre la posibilidad de reformar «el mercado» para que sirva a fines populares. Esto no consigue identificar a las principales fuerzas sociales que deben ser expulsadas de las alturas del control de la economía, ni el imperativo de desmantelar un Estado clasista. Mientras que la izquierda denuncia la crisis capitalista y los rescates de la banca por parte del Estado, su propia pobreza de pensamiento socava el desarrollo de acciones políticas masivas. En este contexto, el «lenguaje» de la confusión se convierte en una «fuerza material»: un vehículo del poder capitalista cuyo uso principal es desorientar y desarmar a sus adversarios anticapitalistas y obreros. Lo hace asimilando a sus críticos intelectuales mediante el uso de términos, los marcos conceptuales y el lenguaje que presiden el análisis de la crisis capitalista.

Los eufemismos fundamentales que prestan servicio de la ofensiva capitalista

Los eufemismos tienen un doble significado: lo que connotan los términos y lo que realmente significan. Las concepciones eufemísticas bajo el capitalismo connotan una realidad favorable o una conducta y actividad aceptables que están absolutamente disociadas del engrandecimiento de la riqueza de la élite y la concentración de poder y privilegio. Los eufemismos disfrazan el empuje de las élites de poder para imponer medidas de clase y reprimir sin que se les identifique adecuadamente , ni se les haga responsables , ni sean blanco de la oposición de la acción popular masiva.

El eufemismo más habitual es el término «mercado», al que se atribuyen rasgos y potencialidades humanas. Como tal, se nos dice que «el mercado requiere recortes salariales», disociándolo así de la clase capitalista. Los mercados, el intercambio de bienes o la compra y venta de artículos llevan existiendo desde hace miles de años en diferentes sistemas sociales de contextos enormemente diferenciados. Han sido globales, nacionales, regionales y locales. Involucran a distintos agentes socioeconómicos y comprenden unidades económicas muy diferentes, que abarcan desde iniciativas comerciales de ámbito estatal gigantescas hasta plazas de pueblos y aldeas campesinas en régimen de semi-subsistencia. Los «mercados» han existido en todas las sociedades complejas: esclavistas, feudales, mercantiles, de principios del capitalismo y del capitalismo tardío competitivo, monopolista industrial y financiero.

Cuando se estudian y analizan los «mercados» y con el fin de dar sentido a las transacciones (a quién benefician y a quién perjudican), se debe identificar con claridad las clases sociales principales que dominan las transacciones económicas. Escribir en general sobre «los mercados» es engañoso porque los mercados no tienen existencia independiente de las relaciones sociales que definen qué se produce y qué se vende, cómo se produce y qué constelaciones de clases sociales conforman la conducta de los productores, los vendedores y la mano de obra. La realidad del mercado actual se define por los bancos y las corporaciones multinacionales mastodónticas, que dominan los mercados de trabajo y de bienes. Escribir acerca de «los mercados» como si se desenvolvieran en una esfera situada al margen y más allá de las atroces desigualdades de clase es ocultar la esencia de las relaciones de clase contemporáneas.

Para comprender mínimamente la situación, es fundamental tener en cuenta, pero se deja al margen de los análisis actuales, el poder incontestado de los capitalistas propietarios de los medios de producción y distribución, la propiedad capitalista de la publicidad, los banqueros capitalistas que conceden o deniegan créditos y las autoridades del Estado (designadas por capitalistas) que «regulan» o desregulan las relaciones comerciales. Los resultados de sus políticas se atribuyen a las demandas de ese «mercado» eufemístico que parecen estar divorciadas de una realidad brutal. Por tanto, como dan a entender los propagandistas, ir contra «el mercado» es oponerse al intercambio de bienes:algo a todas luces absurdo. En cambio, identificar las demandas que el capitalismo impone a la mano de obra, incluyendo los recortes en salarios, bienestar y seguridad, es enfrentarse a una forma de conducta mercantil explotadora concreta según la cual los capitalistas pretenden obtener mayores beneficios en perjuicio de los intereses y el bienestar de la mayoría de trabajadores asalariados.

Al refundir las relaciones mercantiles de explotación capitalistas con los mercados en general, los ideólogos obtienen varios resultados: disfrazan el papel fundamental de los capitalistas al tiempo que evocan una institución con connotaciones positivas, es decir, un «mercado» en el que las personas adquieren bienes de consumo y se «socializan» con amigos y conocidos. En otras palabras, cuando «el mercado», al que se retrata como un amigo y benefactor de la sociedad, impone medidas dolorosas lo hace supuestamente por el bienestar de la comunidad. Al menos, eso es lo que los propagandistas empresariales quieren que la opinión pública crea cuando comercializa su imagen virtuosa del «mercado»; enmascaran la conducta predadora del capital privado de perseguir mayores beneficios.

Uno de los eufemismos más habituales lanzados en plena crisis económica es la «austeridad», un término empleado para encubrir la cruda realidad de los recortes draconianos de salario, pensiones y bienestar social, así como el acusado incremento de los impuestos regresivos (IVA). Medidas de «austeridad» significa políticas para proteger e incluso incrementar los subsidios del Estado a las empresas y generar mayores beneficios para el capital y mayores desigualdades entre el 10 por ciento más rico y el 90 por ciento más pobre. La «austeridad» lleva implícita disciplina, simplicidad, ahorro, responsabilidad, límites con los artículos de lujo y el gasto, evitación de gratificación inmediata en aras de la seguridad del futuro… una especie de calvinismo colectivo. Connota un sacrificio compartido hoy día por el futuro bienestar de todos.

Sin embargo, en la práctica, la «austeridad» describe políticas diseñadas por la élite financiera para instaurar reducciones de los niveles de vida y los servicios sociales específicos de clase (como la salud y la educación) disponibles para trabajadores y asalariados. Significa que se pueden desviar fondos públicos en una medida aún mayor para pagar las elevadas tasas de interés a los ya acaudalados titulares de bonos de deuda, al tiempo que se somete a la política pública a los dictados de los amos del capital financiero.

En lugar de hablar de «austeridad», con sus connotaciones de disciplina severa, los críticos de izquierda deberían describir con claridad las políticas de la clase dominante contra las clases trabajadoras y asalariadas, que incrementan las desigualdades y concentran aún más riqueza y poder en la cúspide de la pirámide social. Las políticas de «austeridad» son, por consiguiente, una expresión de cómo las clases dominantes utilizan el Estado para depositar la carga del coste de sus crisis económica sobre el trabajo.

Los ideólogos de las clases dominantes asimilaron conceptos y términos que la izquierda utilizaba originalmente para promover mejoras en el nivel de vida y los convirtieron en sus guías. Dos de esos eufemismos, tomados de la izquierda, son «reforma» y «ajuste estructural». «Reforma», durante muchos siglos, se refería a cambios que reducían las desigualdades e incrementaban la representación popular. «Reformas» eran cambios positivos que aumentaban el bienestar público y limitaban los abusos de poder de los gobiernos oligárquicos y plutocráticos. Sin embargo, durante las tres últimas décadas los principales economistas académicos, periodistas y autoridades bancarias internacionales han subvertido el significado de «reforma» para convertirlo en su contrario: ahora alude a la supresión de los derechos laborales, el fin de la regulación pública del capital y el recorte de subsidios públicos que facilitan el acceso de los pobres a la comida y el combustible. En el vocabulario capitalista actual, «reforma» significa inversión de cambios progresistas y restauración de los privilegios de los monopolios privados. «Reforma» significa fin de la seguridad laboral y promoción del despidos masivo de trabajadores mediante la reducción o eliminación de las indemnizaciones por despido. «Reforma» ya no significa cambios sociales positivos; ahora significa inversión de aquellos cambios que tanto esfuerzo costaron y restauración del poder sin límites del capital. Significa retorno a la fase anterior y más brutal del capital, anterior a la existencia de organizaciones sindicales, cuando la lucha de clases fue eliminada. De ahí que «reforma» signifique ahora restauración de privilegios, poder y beneficios para los ricos.

De manera similar, las cortesanas lingüísticas de la profesión económica han cooptado el término «estructural», como cuando se emplea en «ajuste estructural», para ponerlo al servicio del poder desbocado del capital. Nada menos que a finales de la década de 1970, cambio «estructural» aludía a la redistribución de tierras de los grandes terratenientes para los sin tierra; cambio de poder de los plutócratas a las clases populares. «Estructuras» se refería a la organización de poder privado concentrado en el Estado y la economía. Hoy día, sin embargo, «estructura» se refiere a las instituciones y políticas públicas que nacieron de las luchas sindicales y ciudadanas para garantizar la seguridad social, para proteger el bienestar, la salud y la jubilación de los trabajadores. «Cambios estructurales» es hoy día el eufemismo para aplastar esas instituciones públicas, poner fin a las restricciones sobre la conducta depredadora del capital y destruir la capacidad de la mano de obra para negociar, luchar, o preservar sus conquistas sociales.

El término «ajuste», como en «ajuste estructural», es en sí mismo un eufemismo anodino que lleva implícito la sintonización , la modulación cuidadosa de las instituciones y políticas públicas para que recuperen la salud y el equilibrio. Pero, en realidad, «ajuste estructural» representa un ataque frontal contra el sector público y un desmantelamiento generalizado de la legislación protectora y los organismos públicos organizados para proteger la mano de obra, el medio ambiente y los consumidores. «Ajuste estructural» enmascara un ataque sistemático contra los niveles de vida del pueblo en beneficio de las clases capitalistas.

La clase capitalista ha cultivado toda una cosecha de economistas y periodistas que hacen proselitismo con un lenguaje desvaído, evasivo y engañoso con el fin de neutralizar la oposición popular. Por desgracia, muchos de sus críticos «de izquierda» suelen recurrir a la misma terminología.

Dado que la corrupción generalizada del lenguaje es tan preponderante en los debates actuales sobre la crisis del capitalismo, la izquierda debería dejar de recurrir a este conjunto de eufemismos engañosos asimilados por la clase dominante. Resulta frustrante ver la facilidad con la que los siguientes términos entran en nuestro discurso:

Disciplina de mercado.- El eufemismo «disciplina» connota un carácter fuerte, serio y deliberado ante los obstáculos, en contraposición a la conducta evasiva e irresponsable. En realidad, cuando se empareja con «mercado» se refiere a que los capitalistas se aprovechan de los trabajadores desempleados y utilizan su influencia y poder políticos para despedir masivamente a los trabajadores e intimidar a quienes conservan un empleo para ser más explotados y recibir más carga de trabajo, con lo que producen más beneficios por menos sueldo. También encubre la capacidad de los amos capitalistas de elevar la tasa de beneficio reduciendo los costes sociales de producción, como la protección laboral y medioambiental, las prestaciones sociales y las pensiones.

«Shock de mercado».- Se refiere a que los capitalistas se dedican a realizar despidos masivos y bruscos, recortes salariales y reducción de planes de salud y pensiones con el fin de mejorar las cotizaciones bursátiles, aumentar los beneficios y garantizar mayores incentivos para los directivos. Al vincular el término neutro y anodino «mercado» con «shock», los apologistas del capital disfrazan la identidad de los responsables de las medidas, de sus brutales consecuencias y los inmensos beneficios de que goza la élite.

«Demandas del mercado».- Esta expresión eufemística está pensada para antropomorfizar una categoría económica, para difuminar las críticas de quienes detentan el poder y son de carne y hueso, sus intereses de clase y sus garra despótica sobre la mano de obra. En lugar de «demandas del mercado», la expresión debería decir: «la clase capitalista ordena a los trabajadores que sacrifiquen sus salarios y su salud para garantizar más beneficios a las corporaciones multinacionales», un concepto claro que tiene más probabilidades de despertar la ira de quienes se ven afectados negativamente.

«Libre empresa».- Eufemismo ensamblado a partir de dos conceptos reales: la empresa privada que busca el lucro y la libre competencia . Al suprimir la imagen subyacente del beneficio privado de la minoría en perjuicio de los intereses de la mayoría, los apologistas del capital han inventado un concepto que subraya las virtudes individuales de la «empresa» y la «libertad», en contraposición a los vicios económicos auténticos de la codicia y la explotación.

«Libre mercado».- Eufemismo que presupone la competitividad libre, justa e igualitaria en mercados no regulados, restando importancia a la realidad del dominio del mercado por parte de monopolios y oligopolios dependientes de los rescates estatales masivos en tiempos de crisis capitalista. «Libre» alude específicamente a la ausencia de normativas públicas e intervención del Estado que defiendan la seguridad laboral, así como la protección de los consumidores y el medio ambiente. En otras palabras, «libertad» enmascara la desvergonzada destrucción del orden ciudadano por parte de los capitalistas privados a través del ejercicio desbocado del poder político y económico. «Libre mercado» es el eufemismo para aludir al gobierno absoluto de los capitalistas sobre los derechos y los medios de vida de millones de ciudadanos; en esencia, la auténtica negación de la libertad .

«Recuperación económica».- Esta expresión eufemística significa recuperación de los beneficios por parte de las principales corporaciones. Disfraza la ausencia total de recuperación de los niveles de vida de las clases media y trabajadora, la inversión de los beneficios sociales y las pérdidas económicas de los titulares de hipotecas, los deudores, los desempleados de larga duración y los propietarios de pequeñas empresas en quiebra. Lo que se pasa por alto con la expresión «recuperación económica» es que el empobrecimiento masivo acabó convirtiéndose en un requisito esencial para la recuperación de los beneficios empresariales.

«Privatización».- Este concepto describe la transferencia de empresas públicas (por lo general, las que arrojan beneficios) a grandes capitalistas bien relacionados a precios muy inferiores al de su valor real, lo que conduce a la pérdida de servicios públicos, de empleo público estable y al aumento de los costes para los consumidores cuando los nuevos propietarios privados elevan los precios y despiden a trabajadores… todo en nombre de otro eufemismo, la «eficiencia» .

«Eficiencia».- Aquí la eficiencia no se refiere más que a las cuentas de resultados de una empresa; no refleja los elevados costes de la «privatización» soportados por los sectores correspondientes de la economía. Por ejemplo, la «privatización» del transporte añade costes a las empresas volviéndolas menos competitivas en relación con sus competidores de otros países; la «privatización» elimina servicios en regiones menos lucrativas, lo que desemboca en el colapso económico local y el aislamiento con respecto a mercados nacionales. A menudo, las autoridades, que sintonizan con los capitalistas privados, retirarán deliberadamente inversiones de empresas públicas y nombrarán a compinches políticos incompetentes en el marco de una política de paternalismo con el fin de degradar servicios y fomentar el descontento público. Esto genera una opinión pública favorable a la «privatización» de la empresa. Dicho de otro modo: la «privatización» no es una consecuencia de las ineficiencias intrínsecas de las empresas públicas, como les gusta argumentar a los ideólogos del capitalismo, sino un acto político deliberado concebido para reforzar los beneficios del capital privado a costa del bienestar público.

Conclusión

El lenguaje, los conceptos y los eufemismos son armas importantes de la lucha de clases «desde arriba», concebidos por periodistas y economistas capitalistas para maximizar la riqueza y el poder del capital. En la medida en que los críticos progresistas e izquierdistas adoptan estos eufemismos y su marco de referencia, sus críticas y las alternativas que proponen se ven limitadas por la retórica del capital. Poner «comillas» entre los eufemismos puede ser una señal de desaprobación, pero no sirve para promover un marco analítico distinto, necesario para el éxito de la lucha de clases «desde abajo». Y lo que es igual de importante, elude la necesidad de una ruptura fundamental con el sistema capitalista, incluido su lenguaje corrupto y sus conceptos engañosos. Los capitalistas han derribado las conquistas más esenciales de la clase trabajadora y nosotros no podemos contraatacar el dominio absoluto del capital. Esto debe volver a plantear la cuestión de la transformación socialista del Estado, la economía y la estructura de clases. Una parte intrínseca de este proceso debe ser el rechazo absoluto de los eufemismos utilizados por los ideólogos capitalistas y su sustitución sistemática por expresiones y conceptos que reflejen fielmente la cruda realidad, que identifiquen claramente a los responsables de esta decadencia y que definan a los agentes políticos de la transformación social.

Traducción de Ricardo García

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18.05.12

The Politics of Language and the Language of Political Regression

James Petras

Capitalism and its defenders maintain dominance through the ‘material resources’ at their command, especially the state apparatus, and their productive, financial and commercial enterprises, as well as through the manipulation of popular consciousness via ideologues, journalists, academics and publicists who fabricate the arguments and the language to frame the issues of the day.

Today material conditions for the vast majority of working people have sharply deteriorated as the capitalist class shifts the entire burden of the crisis and the recovery of their profits onto the backs of wage and salaried classes. One of the striking aspects of this sustained and on-going roll-back of living standards is the absence of a major social upheaval so far. Greece and Spain, with over 50% unemployment among its 16-24 year olds and nearly 25% general unemployment, have experienced a dozen general strikes and numerous multi-million person national protests; but these have failed to produce any real change in regime or policies. The mass firings and painful salary, wage, pension and social services cuts continue. In other countries, like Italy, France and England, protests and discontent find expression in the electoral arena, with incumbents voted out and replaced by the traditional opposition. Yet throughout the social turmoil and profound socio-economic erosion of living and working conditions, the dominant ideology informing the movements, trade unions and political opposition is reformist: Issuing calls to defend existing social benefits, increase public spending and investments and expand the role of the state where private sector activity has failed to invest or employ. In other words, the left proposes to conserve a past when capitalism was harnessed to the welfare state.

The problem is that this ‘capitalism of the past’ is gone and a new more virulent and intransigent capitalism has emerged forging a new worldwide framework and a powerful entrenched state apparatus immune to all calls for ‘reform’ and reorientation. The confusion, frustration and misdirection of mass popular opposition is, in part, due to the adoption by leftist writers, journalists and academics of the concepts and language espoused by its capitalist adversaries: language designed to obfuscate the true social relations of brutal exploitation, the central role of the ruling classes in reversing social gains and the profound links between the capitalist class and the state. Capitalist publicists, academics and journalists have elaborated a whole litany of concepts and terms which perpetuate capitalist rule and distract its critics and victims from the perpetrators of their steep slide toward mass impoverishment.

Even as they formulate their critiques and denunciations, the critics of capitalism use the language and concepts of its apologists. Insofar as the language of capitalism has entered the general parlance of the left, the capitalist class has established hegemony or dominance over its erstwhile adversaries. Worse, the left, by combining some of the basic concepts of capitalism with sharp criticism, creates illusions about the possibility of reforming ‘the market’ to serve popular ends. This fails to identify theprinciple social forces that must be ousted from the commanding heights of the economy and the imperative to dismantle the class-dominated state. While the left denounces the capitalist crisis and state bailouts, its own poverty of thought undermines the development of mass political action. In this context the ‘language’ of obfuscation becomes a ‘material force’ – a vehicle of capitalist power, whose primary use is to disorient and disarm its anti-capitalist and working class adversaries. It does so by co-opting its intellectual critics through the use of terms, conceptual framework and language which dominate the discussion of the capitalist crisis.

Key Euphemisms at the Service of the Capitalist Offensive

Euphemisms have a double meaning: What terms connote and what they really mean. Euphemistic conceptions under capitalism connote a favorable reality or acceptable behavior and activity totally dissociated from the aggrandizement of elite wealth and concentration of power and privilege. Euphemisms disguise the drive of power elites to impose class-specific measures and to repress without being properly identified, held responsible and opposed by mass popular action.

The most common euphemism is the term ‘market’, which is endowed with human characteristics and powers. As such, we are told ‘the market demands wage cuts’ disassociated from the capitalist class. Markets, the exchange of commodities or the buying and selling of goods, have existed for thousands of years in different social systems in highly differentiated contexts. These have been global, national, regional and local. They involve different socio-economic actors, and comprise very different economic units, which range from giant state-promoted trading-houses to semi-subsistence peasant villages and town squares. ‘Markets’ existed in all complex societies: slave, feudal, mercantile and early and late competitive, monopoly industrial and finance capitalist societies.

When discussing and analyzing ‘markets’ and to make sense of the transactions (who benefits and who loses), one must clearly identify the principle social classes dominating economic transactions. To write in general about ‘markets’ is deceptive because markets do not exist independent of the social relations defining what is produced and sold, how it is produced and what class configurations shape the behavior of producers, sellers and labor. Today’s market reality is defined by giant multi-national banks and corporations, which dominate the labor and commodity markets. To write of ‘markets’ as if they operated in a sphere above and beyond brutal class inequalities is to hide the essence of contemporary class relations.

Fundamental to any understanding, but left out of contemporary discussion, is the unchallenged power of the capitalist owners of the means of production and distribution, the capitalist ownership of advertising, the capitalist bankers who provide or deny credit and the capitalist-appointed state officials who ‘regulate’ or deregulate exchange relations. The outcomes of their policies are attributed to euphemistic ‘market’ demands which seem to be divorced from the brutal reality. Therefore, as the propagandists imply, to go against ‘the market’ is to oppose the exchange of goods: This is clearly nonsense. In contrast, to identify capitalistdemands on labor, including reductions in wages, welfare and safety, is to confront a specific exploitative form of market behaviorwhere capitalists seek to earn higher profits against the interests and welfare majority of wage and salaried workers.

By conflating exploitative market relations under capitalism with markets in general, the ideologues achieve several results: They disguise the principle role of capitalists while evoking an institution with positive connotations, that is, a ‘market’ where people purchase consumer goods and ‘socialize’ with friends and acquaintances. In other words, when ‘the market’, which is portrayed as a friend and benefactor of society, imposes painful policies presumably it is for the welfare of the community. At least that is what the business propagandists want the public to believe by marketing their virtuous image of the ‘market’; they mask private capital’s predatory behavior as it chases greater profits.

One of the most common euphemisms thrown about in the midst of this economic crisis is ‘austerity’, a term used to cover-up the harsh realities of draconian cutbacks in wages, salaries, pensions and public welfare and the sharp increase in regressive taxes (VAT). ‘Austerity’ measures mean policies to protect and even increase state subsidies to businesses, and create higher profits for capital and greater inequalities between the top 10% and the bottom 90%. ‘Austerity’ implies self-discipline, simplicity, thrift, saving, responsibility, limits on luxuries and spending, avoidance of immediate gratification for future security – a kind of collective Calvinism. It connotes shared sacrifice today for the future welfare of all.

However, in practice ‘austerity’ describes policies that are designed by the financial elite to implement class-specific reductions in the standard of living and social services (such as health and education) available for workers and salaried employees. It means public funds can be diverted to an even greater extent to pay high interest rates to wealthy bondholders while subjecting public policy to the dictates of the overlords of finance capital.

Rather than talking of ‘austerity’, with its connotation of stern self-discipline, leftist critics should clearly describe ruling class policies against the working and salaried classes, which increase inequalities and concentrate even more wealth and power at the top. ‘Austerity’ policies are therefore an expression of how the ruling classes use the state to shift the burden of the cost of their economic crisis onto labor.

The ideologues of the ruling classes co-opted concepts and terms, which the left originally used to advance improvements in living standards and turned them on their heads. Two of these euphemisms, co-opted from the left, are ‘reform’ and ‘structural adjustment’. ‘Reform’, for many centuries, referred to changes, which lessened inequalities and increased popular representation. ‘Reforms’ were positive changes enhancing public welfare and constraining the abuse of power by oligarchic or plutocratic regimes. Over the past three decades, however, leading academic economists, journalists and international banking officials have subverted the meaning of ‘reform’ into its opposite: it now refers to the elimination of labor rights, the end of public regulation of capital and the curtailment of public subsidies making food and fuel affordable to the poor. In today’s capitalist vocabulary ‘reform’ means reversing progressive changes and restoring the privileges of private monopolies. ‘Reform’ means ending job security and facilitating massive layoffs of workers by lowering or eliminating mandatory severance pay. ‘Reform’ no longer means positive social changes; it now means reversing those hard fought changes and restoring the unrestrained power of capital. It means a return to capital’s earlier and most brutal phase, before labor organizations existed and when class struggle was suppressed. Hence ‘reform’ now means restoring privileges, power and profit for the rich.

In a similar fashion, the linguistic courtesans of the economic profession have co-opted the term ‘structural’ as in ‘structural adjustment’ to service the unbridled power of capital. As late as the 1970’s ‘structural’ change referred to the redistribution of land from the big landlords to the landless; a shift in power from plutocrats to popular classes. ‘Structures’ referred to the organization of concentrated private power in the state and economy. Today, however, ‘structure’ refers to the public institutions and public policies, which grew out of labor and citizen struggles to provide social security, for protecting the welfare, health and retirement of workers. ‘Structural changes’ now are the euphemism for smashing those public institutions, ending the constraints on capital’s predatory behavior and destroying labor’s capacity to negotiate, struggle or preserve its social advances.

The term ‘adjustment’, as in ‘structural adjustment’ (SA), is itself a bland euphemism implying fine-tuning , the careful modulation of public institutions and policies back to health and balance. But, in reality, ‘structural adjustment’ represents a frontal attack on the public sector and a wholesale dismantling of protective legislation and public agencies organized to protect labor, the environment and consumers. ‘Structural adjustment’ masks a systematic assault on the people’s living standards for the benefit of the capitalist class.

The capitalist class has cultivated a crop of economists and journalists who peddle brutal policies in bland, evasive and deceptive language in order to neutralize popular opposition. Unfortunately, many of their ‘leftist’ critics tend to rely on the same terminology.

Given the widespread corruption of language so pervasive in contemporary discussions about the crisis of capitalism the left should stop relying on this deceptive set of euphemisms co-opted by the ruling class. It is frustrating to see how easily the following terms enter our discourse:

Market discipline – The euphemism ‘discipline’ connotes serious, conscientious strength of character in the face of challenges as opposed to irresponsible, escapist behavior. In reality, when paired with ‘market’, it refers to capitalists taking advantage of unemployed workers and using their political influence and power lay-off masses workers and intimidate those remaining employees into greater exploitation and overwork, thereby producing more profit for less pay. It also covers the capacity of capitalist overlords to raise their rate of profit by slashing the social costs of production, such as worker and environmental protection, health coverage and pensions.

‘Market shock’ – This refers to capitalists engaging in brutal massive, abrupt firings, cuts in wages and slashing of health plans and pensions in order to improve stock quotations, augment profits and secure bigger bonuses for the bosses. By linking the bland, neutral term, ‘market’ to ‘shock’, the apologists of capital disguise the identity of those responsible for these measures, their brutal consequences and the immense benefits enjoyed by the elite.

‘Market Demands’ – This euphemistic phrase is designed to anthropomorphize an economic category, to diffuse criticism away from real flesh and blood power-holders, their class interests and their despotic strangle-hold over labor. Instead of ‘market demands’, the phrase should read: ‘the capitalist class commands the workers to sacrifice their own wages and health to secure more profit for the multi-national corporations’ – a clear concept more likely to arouse the ire of those adversely affected.

‘Free Enterprise’ – An euphemism spliced together from two real concepts: private enterprise for private profit and free competition. By eliminating the underlying image of private gain for the few against the interests of the many, the apologists of capital have invented a concept that emphasizes individual virtues of ‘enterprise’ and ‘freedom’ as opposed to the real economic vices of greed and exploitation.

‘Free Market’ – A euphemism implying free, fair and equal competition in unregulated markets glossing over the reality of market domination by monopolies and oligopolies dependent on massive state bailouts in times of capitalist crisis. ‘Free’ refers specifically to the absence of public regulations and state intervention to defend workers safety as well as consumer and environmental protection. In other words, ‘freedom’ masks the wanton destruction of the civic order by private capitalists through their unbridled exercise of economic and political power. ‘Free market’ is the euphemism for the absolute rule of capitalists over the rights and livelihood of millions of citizens, in essence, a true denial of freedom.

‘Economic Recovery’ – This euphemistic phrase means the recovery of profits by the major corporations. It disguises the total absence of recovery of living standards for the working and middle classes, the reversal of social benefits and the economic losses of mortgage holders, debtors, the long-term unemployed and bankrupted small business owners. What is glossed over in the term ‘economic recovery’ is how mass immiseration became a key condition for the recovery of corporate profits.

‘Privatization’ – This describes the transfer of public enterprises, usually the profitable ones, to well-connected, large scale private capitalists at prices well below their real value, leading to the loss of public services, stable public employment and higher costs to consumers as the new private owners jack up prices and lay-off workers – all in the name of another euphemism, ‘efficiency’.

‘Efficiency’ – Efficiency here refers only to the balance sheets of an enterprise; it does not reflect the heavy costs of ‘privatization’ borne by related sectors of the economy. For example, ‘privatization’ of transport adds costs to upstream and downstream businesses by making them less competitive compared with competitors in other countries; ‘privatization’ eliminates services in regions that are less profitable, leading to local economic collapse and isolation from national markets. Frequently, public officials, who are aligned with private capitalists, will deliberately disinvest in public enterprises and appoint incompetent political cronies as part of patronage politics, in order to degrade services and foment public discontent. This creates a public opinion favorable to ‘privatizing’ the enterprise. In other words ‘privatization’ is not a result of the inherent inefficiencies of public enterprises, as the capitalist ideologues like to argue, but a deliberate political act designed to enhance private capital gain at the cost of public welfare.

Conclusion

Language, concepts and euphemisms are important weapons in the class struggle ‘from above’ designed by capitalist journalists and economists to maximize the wealth and power of capital. To the degree that progressive and leftist critics adopt these euphemisms and their frame of reference, their own critiques and the alternatives they propose are limited by the rhetoric of capital. Putting ‘quotation marks’ around the euphemisms may be a mark of disapproval but this does nothing to advance a different analytical framework necessary for successful class struggle ‘from below’. Equally important, it side-steps the need for a fundamental break with the capitalist system including its corrupted language and deceptive concepts. Capitalists have overturned the most fundamental gains of the working class and we are falling back toward the absolute rule of capital. This must raise anew the issue of a socialist transformation of the state, economy and class structure. An integral part of that process must be the complete rejection of the euphemisms used by capitalist ideologues and their systematic replacement by terms and concepts that truly reflect the harsh reality, that clearly identify the perpetrators of this decline and that define the social agencies for political transformation.

1 comentario

  1. 6 noviembre, 2014 a 13:37 pm

    hello very good post


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