Solalinde y el Cristo migrante

Babel

Solalinde y el Cristo migrante

Javier Harnández Alpízar

Me impresionó la idea, al final de una nota periodística sobre la carta en que personal del alberge para migrantes Hermanos del Camino, de Ixtepec, Oaxaca, pide a autoridades eclesiásticas la permanencia de tiempo completo de Alejandro Solalinde.  El obispo de Tehuantepec Oscar Armando Campos Contreras ha ordenado a Solalinde dejar el albergue, castigándolo por “protagónico”, y el defensor de migrantes dice que incluso tratan de “rebasarlo a laico”, es decir, privarlo de sus funciones de culto como sacerdote. Pero en el lenguaje de sus compañeros defensores y defensoras de migrantes, el argumento es la fe que profesan: “Jesús fue migrante”. Une fe, un lenguaje y sobre todo acciones similares a las mujeres de La Patrona, Ver.

En efecto, cuenta el Evangelio que cuando Herodes estaba exterminando a los niños menores de dos años – temeroso de la profecía de un mesías- rey que nacería en sus tiempos— un ángel le dijo a José en sueños que huyera con su esposa e hijo a Egipto. Es decir, desde recién nacido Jesús fue migrante, porque en su tierra natal era un perseguido político. Jesús, además de migrante, era un refugiado político. Y había una nación cosmopolita en donde el niño y sus padres pudieron salvar sus vidas, para que Jesús regresara años después, cuando ya había muerto Herodes y pasado el peligro. Las historias de migrantes, refugiados, exiliados, transterrados y repatriados en la Biblia no son secundarias, están en el centro: Abraham sale de Ur por orden divina a buscar una promesa en otras tierras; José es desplazado forzado por sus propios hermanos a Egipto; el pueblo hebreo regresa a su tierra natal peregrinando, migrando a través del desierto, huyendo de una nación donde sufrió la esclavitud; los hebreos llevados por la fuerza a Babilonia recuerdan con nostalgia Jerusalén, su ciudad, y llorando cantan: “que se seque mi mano si me olvido de Jerusalén”, textos que han dado lugar a una de las piezas de ópera más conocidas, el coro de los esclavos de la ópera Nabucodonosor. Va pensiero…

Pero, como recuerdan en su carta los cristianos del albergue Hermanos del Camino, no es un tema de historia, ni siquiera de historia de la salvación. Porque ellos ven al Dios migrante de su fe en los migrantes centroamericanos que actualmente pasan por Ixtepec huyendo de la violencia, la miseria, el hambre y la criminalización de la pobreza en sus países, para enfrentar la violación grave de sus derechos humanos, crímenes de lesa humanidad como ejecución, desaparición forzada, secuestros, violaciones, torturas, mutilaciones, extorsiones, robo, trata de personas y esclavitud en México, tratando de llegar a la Babilonia de nuestros días.

Para entenderlo, el obispo de Tehuantepec o los detractores del “protagonismo” de Alejandro Solalinde no necesitan leer la Biblia, quizá eso incluso lo hacen, pero de nada les sirve. Tendrían que tener un corazón como el de las y los defensores que arriesgan incluso sus vidas por ayudar a los migrantes en lugares como Tabasco, Oaxaca, Veracruz, Estado de México, Querétaro y en otros puntos del camino de sufrimiento de los migrantes.

En España también la derecha propone quitar a los extranjeros que estén allá de manera “ilegal” la atención de salud estatal, para obligarlos a “firmar un convenio” con el Estado español y pagar su servicio de salud. Entrevistado por la prensa un político conservador dijo que los extranjeros deberían regresar a sus países, ya que España no debe convertirse en el paraíso de los migrantes. La derecha española también quiere expulsar a los pecadores del paraíso.

Es una muy baja pasión la xenofobia, hipócrita y convenenciera como otras bajas pasiones, porque recibe bien al extranjero rico, que llega cargado de dinero, pero desprecia y si puede utiliza y esquilma al extranjero pobre que viene huyendo ya de la violencia estructural en su país de origen.

Sea o no creyente, una persona de este siglo puede tener el referente de siglos de civilización que intentaron sepultar a la barbarie, procurando eliminar discriminaciones y prejuicios como la xenofobia, y exaltar la hospitalidad. Escuchaba hace poco en un programa de radio el mito de Licaón, a quien Zeus castigó por la mala costumbre de asesinar a sus huéspedes y comérselos. Lo transformó en un lobo, de donde viene la mitología de la licantropía. Como puede verse la falta de hospitalidad ya era condenada por otros pueblos antes incluso del cristianismo.

Pero parece que el siglo XXI está marcado por el signo de los retrocesos, por el regreso de atavismos, de las formas de incivilización y falta de humanidad que creíamos ya superadas. Regresan, como las enfermedades que creíamos ya extinguidas, infamias como la xenofobia. O mejor dicho, nunca se fueron, como el PRI.

Tal vez todo esto se puede decir de manera más sencilla, sin tanto antecedente libresco, como suele hacerlo el propio Alejandro Solalinde cuando platica. El asunto no es difícil de enunciar ni de entender, simplemente “no hay que ser ojetes”. O si la palabra no está en su diccionario, una versión más latina: no seamos el lobo de los hombres.

1 comentario

  1. 8 agosto, 2012 a 11:45 am

    Adhiero, “no hay que ser ojetes”.


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