Viaje al centro de la guerra

Babel

Viaje al centro de la guerra

Javier Hernández Alpízar

En México, quedamos cercados por la violencia, las armas, la muerte, el luto, como ese pueblo sitiado de la película de Terry Gilliam El Barón de Munchausen.  No solamente está la guerra afuera, sitiando nuestro mundo, sino adentro, alterando la cotidianidad, y arriba, en la cabeza de un poder rendido a la lógica de la guerra, a la maquinaria de hacer dinero por muertos, al álgebra macabra de sumar y entregar cuentas de cadáveres como signos de eficiencia. “Dinero, maquinización, álgebra… Analogía perfecta”, como escribió Simone Weil. La maquinaria de la gravedad que puede expresarse en otras monedas: Oro, drogas, cifras macroeconómicas.

Una posible respuesta es salir a las calles, gritar, alzar pancartas. Pero con una sociedad, y un poder sobre todo, con el seso sorbido por los hombres de gris, una marcha de los inconformes es como la marcha de los niños y niñas en la novela Momo; ninguna gente “seria” se entera. Acaso les provoca ruido, o peor, “caos vial”.

Otra respuesta posible es salir a tocar puertas. Lanzar una botella al mar. Alzar la voz al cielo, y los mexicanos que nos sentimos tan lejos de él, a los Estados Unidos, de los que estamos tan cerca.

Tal vez se vayan rompiendo prejuicios, como ocurre cuando las caravanas de las víctimas y los inconformes recorren México y van viendo que es un poco igual en todas partes. Que norte y sur son mexicanos, que ambos quieren dejar atrás este tiempo oscuro.

Quizá eso pase en los Estados Unidos. Es posible que no todos rumien el lugar común de “el mundo nos odia por nuestra libertad”. Quizá no todos estén tan mal informados que imaginen que los Estados Unidos se pasan el tiempo regalando dinero a los países del sur en forma de “ayuda humanitaria”. Quizá no todos adoran al dios Dólar y sólo en el confían. Quizá no todos creen que tienen derecho a comprar el arma que quieran y el mundo fuera de sus fronteras no importa.

En cada país hay un status quo, le gente que se beneficia con la mayor parte de la riqueza y desea que las cosas sigan así para siempre; en los Estados Unidos, la industria de la guerra, de las armas, de la muerte. Pero en cada país hay pueblos, comunidades, la gente, quienes no ganan con las guerras, más allá de poner los muertos y los lisiados de guerra, o de ver arrebatadas sus libertades ciudadanas, sitiadas por la razón de Estado y sus argumentos bélicos.

Si los pueblos se dieran cuenta de que en las guerras ningún pueblo gana, que incluso en los Estados vencedores la gente común es oprimida y siempre pierde un poco o un mucho con cada aventura bélica, ¿de dónde sacarían los Estados gente dispuesta a matarse por nada?

Ahora van las voces de algunos de los mexicanos y de las mexicanas a quienes les ha arrebatado gente valiosa e irremplazable una guerra contra las drogas, una guerra perdida de antemano, hecha para consumir insumos de muerte de la industria bélica.

Seguramente los pacifistas deben parecer gente anacrónica “que se quedó en los setentas”, que todavía citan versos de Bob Dylan, y resultan tan estrafalarios como los viejos compañeros de aventuras del Barón de Munchausen; deben aparecer como Quijotes de la era de las redes sociales, como la marcha de los niños y las niñas en la novela Momo, y son incomprendidos incluso por muchos bienpensantes y políticamente correctos (un poco zombies) en México mismo… pero alguien tiene que decir lo que por obvio no se dice, y menos se discute: Que seguir produciendo y vendiendo masivamente instrumentos de muerte sólo provocará, masivamente, más muerte. Que seguir combatiendo el tráfico de drogas con ejércitos y muerte es como seguir cazando brujas en pleno siglo XXI. Porque hay quienes piden acabar con los “sureños” que hacen el trabajo sucio, pero nadie dice algo a los blanqueadores que hacen dinero “bueno” al dinero “malo” y acaso, si los sorprenden, piden disculpas y pagan una multa, pero nadie pide para ellos penas duras, ni blandas…

Hará falta mucha imaginación, mucho de la “loca de la casa”, para romper la ajedrecística lógica militar que tiene hecha una máquina de dinero y muerte a toda administración, a la política, a la discusión de los razonables. La esperanza, como siempre o casi, está puesta en esos Quijotes.

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