Jóvenes, los nuevos olvidados

Babel

Jóvenes, los nuevos olvidados

Javier Hernández Alpízar

¿Cómo nos las arreglamos, como país, para hacer de un elemento a nuestro favor un gran problema? Tal vez como una versión sofisticada de que cada hijo o hija trae “su torta bajo el brazo”, existe un concepto de “bono demográfico” según el cual un país en el que la mayor parte de la población es joven, y precisamente en edad de trabajar, cuenta con un gran potencial productivo. México está, ¿o debemos decir estaba?, en esa situación. Pero en lugar de haber invertido en educación y haber impulsado políticas estructurales, sistemáticas y permanentes, para crear empleos formales que dieran a los y las jóvenes una vida digna y al país un mejor futuro, tenemos a una juventud que ha visto vulnerados sus derechos a la educación, al trabajo, a la salud, la vivienda, a participar y ser escuchados, a no ser discriminados y a tener un futuro y esperanza de mejores tiempos.

Nos quedamos anclados en el México que nos hizo ver la mirada de Luis Buñuel en Los Olvidados. Con las y los jóvenes en la pobreza, extrema incluso, sin oportunidades, y además discriminados, estigmatizados y criminalizados por los adultos; y mientras más viejos, mayores prejuicios contra los jóvenes. Como si hubiera gobernado el país durante este sexenio el personaje ciego (don Carmelo) del filme de Buñuel, quien celebra que la policía mate a balazos a un joven que huye, con una editorial lapidaria y conservadora: “Así irán cayendo todos, como en tiempos de mi general Porfirio (Díaz), nadie se movía”… Incluso el regreso al priato, para algunos el regreso del México donde nadie se movía para no quedar fuera “de la foto”, y del presupuesto.

Un México viejo, de antes de la guerra, que mira a los jóvenes no como víctimas de la violación a sus derechos a la educación y el empleo, sino como flojos que “no quieren” estudiar ni trabajar, como vagos, malvivientes y delincuentes. Un México viejo (aunque pueden ser parte de él personas con menos de cuarenta años) que teme siempre al pasar por una calle cuando ve a un grupo de más de dos o tres jóvenes, que los juzga por la apariencia, por el color de la piel, la vestimenta, el estilo de arreglar su cabello, los tatuajes, los piercings, el lenguaje y la música ruidosa o lasciva. Un México viejo que cada vez que ve a un grupo de adolescentes con patineta coge el teléfono y marca el número de la policía.

Entonces, para una gran mayoría de los mexicanos, quienes están entre los 12 y los 29 años, el Estado no tuvo un lugar en le escuela, le ofreció un contexto de pobreza y presión para tratar de conseguir un ingreso y el tener que desertar de la escuela antes del bachillerato; y si acaso lo terminó no tiene, para la mayoría, un sitio en la universidad; en cambio le ofrece la educación como mercancía cara y sin calidad educativa; le ofrece las puertas del desempleo o de un empleo informal o un subempleo, sin contrato, prestaciones laborales ni perspectivas de crecimiento en ningún sentido. Una forma de empleo “ni ni”: sin salario decoroso ni derechos.

Ese Estado y esa sociedad le ofrecieron a la mayoría de los jóvenes una vida entre el analfabetismo funcional y la educación universitaria disfuncional, porque a mayor escolaridad menos oportunidades de un empleo, uno de verdad, con un salario de adulto. Y cuando sale a la calle, a jugar la cascarita, ligar, hacer amigos o tomarse una cerveza con la palomilla, tiene que lidiar con los adultos intolerantes y la policía preparada para extorsionar.

Por si fuera poco, el crimen organizado –industria que a los de arriba les ha dado oportunidades de delitos impunes de cuello blanco, como ser palomas mensajeras rumbo a las islas Caimán—, para los jóvenes ha significado el terror, el robachicos de sus pesadillas de infancia hecho una pesadilla real en la juventud.

Además, a un sector que quiso consumir el discurso de las promesas de democracia y participación ciudadana, el Estado mexicano le ha ofrecido unas elecciones con los dados cargados, sin respeto al sufragio, con los medios masivos como un altavoz regañón para acallar toda protesta, con el rito iniciático, para muchos jóvenes, en todo el acoso, el espionaje y la intimidación de la policía política y los porros, además de las peroratas de opinadores en medios electrónicos e impresos llamándolos a madurar y tornarse resignados. Como si los jóvenes no hubieran sido reprimidos por ser solidarios y estar contra la injusticia en Guadalajara, en Atenco, en Oaxaca, en Mérida, en Ciudad Juárez, en la ciudad de México…

Como en 1968 pareció que ser joven y, peor, ser estudiante, era un delito punible, en este inicio de siglo, ser joven es ser candidato a la violación estructural de tus derechos; insumo para la industria de la muerte y la violencia; elemento postergable al nihilismo de futuro del desarrollo, que sacrifica el mundo, el medio ambiente, los derechos humanos y las personas, sean ancianos, jóvenes, infancia, en aras de un abstracto y cada vez menos verosímil “país des(arr)ollado”.

Alguna vez un candidato priista perdedor dio pie a un chiste sobre su promesa electorera de dar a todos los niños del país “inglés y computación”; se decía que el primer e mail que enviaría el niño mexicano así educado diría: “I´m hungry”; la profecía se hizo realidad con las redes sociales y sus michos twitts y posteos juveniles que dicen “I´m angry”.

Los jóvenes tienen motivos de sobra para estar descontentos, inconformes, enojados y ser rebeldes. Por ello se enfrentan a un Estado que no tiene capacidad de dialogar ni dar respuestas a sus demandas, que no tiene más armas que la represión, la corrupción o el olvido. De nuevo, los olvidados. No es surrealista, es violencia hecha sistema.

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