Entre Marx y una multitud apiñada

Babel

Entre Marx y una multitud apiñada

Javier Hernández Alpízar

El rostro barbudo de Marx estaba justo enfrente del mío. No es que seamos muy amigos, lo que pasa es que la prole, como le dicen las fresas al proletariado, estaba apiñada. Una masa de trabajadores disciplinados en el Sistema de Transporte Masivo. El tiempo apremia y el espacio cede generosamente unos milímetros para que quepan más brazos productivos rumbo a su trabajadero.

La cara de Marx estaba seria como se quedó para siempre, con ese aire de profeta de la raza homo faber, y ahora aquí entre las compactas masas de la raza de bronce. El joven que iba leyendo uno de los prólogos de Engels a uno de los volúmenes del Capital, en la edición del Fondo, era güero, porque es de muchos colores la raza de bronce, pero toda ella destinada a cumplir la condena lapidaria de San Pablo: “Quien no trabaje que no coma”. Aunque a la URSS se le aflojó el mastique, o se desmerengó como dice Fidel Castro, Marx no ha desaparecido, deambula como pastor sin rebaño entre las manos de los lectores menos sospechados.

Viajar por alguna de las arterias del Sistema de Transporte Masivo de la Ciudad Monstruo puede ser trance más arduo que la Odisea de Ulises, el de Joyce o el de Homero, o ambos. Una ruta llena de obstáculos para llegar a tiempo a esa Penélope siempre fiel que es La Chinga, como cariñosamente llama la clase trabajadora a la chamba, el empleo, el camello, la diaria jornada laboral. Y cuyo tejido, el salario, también desteje de noche lo que avanzó de día.

El camino se encuentra sembrado de tentaciones como las que pasó San Antonio, o como las sirenas de la Odisea, sean antojitos, baratijas, impresos de muy baja ley informativa, golosinas, cigarros, pensamientos, diálogos, delitos menores y no tanto, canciones en la radio o en el I Phone y laberintos de transbordo que te transportan a otras dimensiones, apenas unas cuantas estaciones entre las calles grises, tapizadas de tags graffiteados y con alfombras de sutil polvo y basuras, y las calles un poco más luminosas, y hasta con áreas verdes, de las zonas del sur, algo más cuidadas por sus habitantes y por el gobierno de la metrópoli.

Como si hubiera una armonía preestablecida, nada detiene a la disciplinada tropa, a lo sumo algunos llegarán tarde, pero las manecillas del reloj siguen su curso y la ciudad sigue respirando su dosis de tóxicos para llegar viva a la noche. La fábrica de las riquezas siempre ajenas no se detiene. Los mecanismos explicados por Marx, y prologados por Engels, siguen funcionando, como los dientes que diariamente desollan al obrero, mientras el güero aligera, leyendo cosas que quizás entiende, su tránsito a otro sector del Monstruo, la clase trabajadora cumple su horario, cumple su rutina, obedece a la ley del mercado que abarata su trabajo y encarece sus medios de vida. Hoy tiene que trabajar cuatro días para que el salario reunido compre lo que compraba el salario de un día en los setentas.

Definitivamente no tenía yo todo el día para reflexionar, ni en Marx ni en algunas otras cosas. Hay que llegar al trabajo, comprar el pan, hacer el trámite, ir a la escuela, formar fila en el banco, o en la banca del desempleado, regresar con los propios, convivir con los extraños, comprar las tortillas o comer en el botanero, caminar ignorando los mensajes crípticos de los graffiti o los subliminales, dicen, de la publicidad. Nuestros cinco sentidos están socialmente condicionados. Ya está, aquí bajo, me gusta esta estación, Zapata, sin desdeñar a la División del Norte. Adiós, Marx, saludos a Jenny. Adiós, Engels, saludos a Groucho. Adiós metronautas, apiñados como los ángeles en las cabezas de los alfileres, como las letras en la conciencia escrita de Marx, el profeta de estas multitudes, raza de bronce chambeadora. La máquina me ha vuelto una sombra borrosa, ya lo dijo Rodrigo, no me acuerdo en que lado.

Uno de estos días puede que me encuentre a Bakunin en el subte.

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