El misterio del bien

Babel

El misterio del bien

Javier Hernández Alpízar

Escuchaba en un interesante programa de la radio de la Ibero que Roger Garaudy buscó toda su vida resolver, al menos para sí mismo, los grandes problemas del mal, la muerte y el dolor. Lo trató de hacer en sucesivas etapas de su vida desde la filosofía, el marxismo humanista, y la religión, primero en el catolicismo y luego en el Islam.

Tal vez el problema del mal se presenta, y hasta puede convertirse en una suerte de misterio, en un horizonte intelectual, filosófico y moral, en donde se da por supuesto la existencia del bien, por ejemplo con el concepto de Dios o de alguna teodicea. Pero la experiencia de más de un humano es que lo tangible e innegable es la presencia y el dominio del mal en el mundo social. No solamente por el dolor y la muerte, sino por la violencia, el homicidio, la crueldad y sobre todo las estructuras sociales e históricas de la dominación, la opresión, la explotación, la represión, los imperialismos.

Como en una figura que puede tener dos o más rostros – para nuestro argumento bastan dos—, el alto contraste se puede invertir. El mal existe, sin preocuparse por justificar o fundamentar su presencia y predominio en la historia, es lo dado. Y en medio de esa atroz sucesión de guerras, violencias y males sin cuento, pero con estructuras que duran y perduran, lo que resulta misterioso es la presencia y perseverancia del bien.

Es lógico que sin la experiencia de uno no podría comprenderse al otro, incluso es uno de los argumentos de las teodiceas. El mal existe para que podamos, en contraste, conocer y comprender el bien, pero el problema es: Cómo subsiste o como persevera en su ser el bien, en medio de una historia que parece ser la sucesión de estructuras humanas, bastante estables (y bastante establishment), del mal.

Como los personajes de Ernesto Sábato en sus novelas, parece que estamos evolutivamente programados para recordar los males más que los bienes. Quizá recordar los daños, amenazas y riesgos, nos ayuda a estar alertas, es bueno para sobrevivir. Somos más bien los hijos de Caín, pues es quien sobrevivió. Probablemente eso configura nuestra imagen del pasado, y del presente que se está volviendo pasado a ritmo vertiginoso, como un espectáculo de horrores. Las estructuras sociales tienden a corromperse y a potenciar el ascenso al poder de quienes practican la violencia y la opresión sin escrúpulos. Incluso los héroes jóvenes, si no mueren pronto, tienden a convertirse en viejos dictadores.

Pero no desaparece de nuestras conciencias e imaginaciones, al menos como horizonte utópico, la idea, el ideal, del bien. Algo en cada uno de nosotros nos hace esperar de nuestros semejantes el bien y no el mal. Esperanza a contramano de la experiencia. Y cuando recibimos el mal, eso que – podemos especular— es lo sagrado en cada uno de nosotros, se queja, dice: “¿Por qué a mí?”

Sin suponer, postular o abrazar una idea numénica, es verdaderamente un misterio el origen, la fuente de esa esperanza, esa aspiración, esa necesidad y deseo del bien, que parece estar arraigada en el fondo de nuestra biología y metabolismo. Pero, como buenos herederos de Marx, no es tan interesante contemplar ese misterio como ayudar a transformar la realidad que se opone a su imperativo: Que en el mundo haya justicia, equidad, alegría, y no lo que tanto preocupó a Roger Garaudy y en mayor o menor medida nos preocupa a todos: el dolor, la muerte y el mal.

En lugar de tratar de entender ese apetito de bien que no se muere en medio de la perversión de la vida por el fetichismo de la mercancía y la necrofilia reinantes, es bueno proponerse, como dice Italo Calvino en La ciudades invisibles: “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

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