Presuntos mexicanos

Babel

Presuntos mexicanos

Javier Hernández Alpízar

Será producto de la inflación que puso inalcanzables a los huevos; será que el dinero ganado trabajosamente en México se erosiona como la ilusión de ir al primer mundo (¿se acuerdan?); será que tras más de 100 mil homicidios dolosos en el sexenio, y casi 72 mil en la “guerra contra el crimen” (whatever tan means), los mexicanos nos hemos devaluado, pero ahora somos noticia como “presuntos mexicanos”. Con ese calificativo tan propio de la nota roja.

Escuchaba en la radio la noticia de los 18 mexicanos detenidos en Nicaragua, quienes llevaban en cash siete millones de dólares (nadie ha hablado de tarjetas Mónex o Soriana, éstos aman el efectivo) y la conductora, quien recibió por teléfono la noticia, le especificaba a la corresponsal en Managua: “presuntos mexicanos”. Los 18 iban en camionetas con logotipos de Televisa, decían ser periodistas. Ahora son “presuntos” y cuando escriben sobre ellos en las noticias entrecomillan “mexicanos”.

Qué lejanos los tiempos en que México y los mexicanos éramos sin comillas ni presuntos. Éramos, gracias a una política exterior de doble moral (sanforizada) de los gobiernos priistas, imagen de quienes recibieron a los exiliados republicanos españoles, a los exiliados por las dictaduras del Cono Sur, quienes no abandonaron a Cuba en momentos difíciles, quienes se solidarizaron con los movimientos revolucionarios en América Latina y el Caribe, incluida Nicaragua (Sandino y su pequeño ejército de locos cantaban La Adelita). Nos recibían con mariachi y tequila, no con desconfianza y recelo.

Hoy somos conocidos por los detenidos en España tratando de extender las redes de cárteles mexicanos, conocidos por ser una pesadilla para los transmigrantes centroamericanos que arriesgan la vida cruzando el territorio nacional para ir al norte. Padres de los dreamers que quizá tengan un chance en los Estados Unidos, porque no lo tienen aquí. Hasta Lázaro Cárdenas, en otro tiempo icono izquierdizante, al menos para algunos, hoy aparece mezclado a un rarísimo y fanático culto en la Nueva Jerusalén, Michoacán.

Nuestra imagen se ha devaluado como el poder adquisitivo de nuestras quincenas. Somos el país de la espiral de la violencia y la barbarie, en Francia lo editorializan, donde los votos se compran y venden por un plato de sopa Soriana, donde una medalla de oro engatusa al respetable mientras transnacionales canadienses nos cambian oro por cianuro y nos dejan sin agua…

Lo peor de todo, presuntos compatriotas de este entrecomillado articulista, es que la mala prensa tiene fundamento en hechos que sí existen. Nuestro prestigio es tan dudoso como incierta nuestra sensación optimista de que hay una luz al final del túnel, que ya parece El Túnel, de Sábato.

Tal vez, en lugar de protestar por los presuntos y las comillas debemos comenzar a hablar mal, y con razones, datos y argumentos, de México, de todo lo que dejamos podrir: La falta de democracia, la violación estructural de los derechos de casi todos, la violencia homicida que nos tiene hechos un icono de la barbarie, la discriminación de que hacemos víctimas a los centroamericanos y hasta a nosotros mismos, la muy entre entrecomillada libertad de expresión. Incluso, de nuestra poca atención y magro apoyo solidario ante algunas buenas causas. (¿Han oído hablar del Tribunal Permanente de los Pueblos en México o de la Caravana por la Paz de mexicanos en USA?)

Podremos comenzar a cambiar las cosas, tal vez, después de aceptar esa imagen funesta que nos forjamos todos, unos con mayor responsabilidad, otras con menos, algunos incluso con la impotencia de nuestra rebelión, la cual ha permitido no esta imposición sino una sucesión de imposiciones.

Así como a los falsos televisos detenidos en Managua, investiguémonos, quitemos los presuntos, descubramos los restos de inocencia allá en el fondo del caldero, pero sobre todo reconectémonos con nuestras raíces, las que hacían de nuestra presencia algo más interesante en el mundo. Por ahora, tenemos que aguantar el estigma del entrecomillado, que ya vendrán tiempos sin presuntos…

PD: Los falsos televisos me recuerdan la historia de unos magnates aldeanos de la radio comercial en Xalapa que fueron engañados por un junior, quien se hizo pasar por representante de Televisa. El fraude en México… ese sí, sin comillas.

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