La razón, el poder y la fuerza

Lunes 17 de septiembre de 2012

La razón, el poder y la fuerza
Carlos Fazio

El poder es inseparable de la existencia humana. Su manifestación se da como deseo de sometimiento o dominación. Según Hannah Arendt, la violencia aparece como prerrequisito del poder, del poder como simple fachada: el guante de terciopelo que oculta la mano de hierro. En Poder y desaparición, Pilar Calveiro afirma que el poder, a la vez individualizante y totalitario […] es, antes que nada, un multifacético mecanismo de represión. No hay poder sin represión, pero, más que eso, la represión es el alma del poder. A su vez, Foucault plantea que frente al poder siempre habrá resistencia, entendida como oposición a las formas y prácticas autoritarias; al poder autocrático.

En sus 20 tesis de política, Enrique Dussel señala que la corrupción o el fetichismo del poder se aplica a quienes lo ejercen desde su autoridad auto-referida (referida a sí mismos). La voluntad del representante (el gobernante) se absolutiza, deja de responder, de fundarse, de articularse a la voluntad general de la comunidad política (o el pueblo) y se desnaturaliza como dominación; ya no responde al poder delegado por la comunidad. Aunque en apariencia se haya hecho elegir con procedimientos electorales por unas masas obnubiladas por los mecanismos fetichistas de la mediocracia, la representación se corrompe. Se elige a los dominadores y el poder funciona desde arriba sobre el pueblo. Se corrompe el ejercicio del poder. La política se invierte, se fetichiza y la corrupción es doble: del gobernante que se cree sede soberana del poder y de la comunidad que se lo permite y lo consiente, que se torna servil en vez de ser actora de la construcción de lo político.
El representante corrompido se siente un pequeño dios y puede usar su poder para ejercer su voluntad como prepotencia despótica sobre ciudadanos disciplinados, obedientes (los no obedientes son objeto de la represión policial); como pulsión sádica ante sus enemigos; para amenazar con la represión burocrática-administrativa; para criminalizar y/o judicializar una protesta; como apropiación indebida de bienes y riquezas de la comunidad; para favorecer a un familiar (nepotismo). Toda lucha por un interés propio, de un individuo, una clase, una élite, una tribu, es corrupción política. Y ya escribía lord Acton que el poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente.
Para poder ejercer el poder auto-referido es necesario antes y de manera continua debilitar el poder político originario de la comunidad. El déspota desune al pueblo, impide el consenso desde abajo, crea conflictos. Divide para reinar. Esencialmente antidemocrático, el poder tiránico sólo puede gobernar si destruye el poder originario y normativo de la comunidad. El pueblo deviene en servidor y surgen élites, clases políticas y burocracias auto-referenciales que no responden más a la comunidad política.
A veces es necesario llegar a acuerdos por la vía del razonamiento y los argumentos. Cuando el ciudadano participa simétricamente se puede llegar a consensos. Pero ese consenso no puede ser fruto de un acto de dominación, violencia o imposición de quien ostenta el poder fetichizado. En un conflicto estudiantil universitario, por ejemplo, no se puede dialogar con una pistola en la cabeza o bajo la amenaza del uso de la fuerza policial por rectoría. Tampoco bajo la presión de actas administrativas. El consenso debe ser un acuerdo de todos los participantes como sujetos, libres, autónomos, racionales, con igualdad de intervención retórica. (Dussel, Tesis 2).

A menudo se ignora que el poder lo tiene siempre y solamente el pueblo. Lo tiene siempre aunque sea debilitado, acosado, intimidado, de manera que no pueda expresarse. El que ostenta la pura fuerza, la violencia, el ejercicio del dominio despótico o aparentemente legítimo, es un poder fetichizado, desnaturalizado, espurio, que aunque se llame poder consiste por el contrario en una violencia destructora de lo político como tal. El totalitarismo es un tipo de ejercicio de la fuerza por medios no políticos, policiacos o cuasimilitares (el uso cínico de la fuerza como violencia o represión), que no puede despertar en los ciudadanos la adhesión consensual.
Foucault define la técnica disciplinaria como tecnología individualizante del poder, basada en escrutar en los individuos sus comportamientos y su cuerpo con el fin de anatomizarlos. Es decir, producir cuerpos dóciles y fragmentados. El disciplinamiento como instrumento de control del cuerpo social. Como encarnación del poder auto-referido, despótico, la autoridad suele usar retórica o demagógicamente el peso de la institución (una mediación) para exigir disciplina, incurriendo en un ejercicio fetichizado del poder al negar, de facto, el ejercicio delegado del poder por la comunidad. Dussel habla del poder obedencial (Tesis 4). Según la enseñanza del EZLN, los que mandan deben mandar obedeciendo. Cuando el representante (que actúa por delegación, como un servicio, en nombre de otro) se vuelve sobre sí y se autoafirma como la última instancia del poder, al desobedecer el mandato de la comunidad se ha fetichizado. Simplemente, manda mandando como si fuera un patrón o un tirano. Manda a obedientes (como masa pasiva que recibe órdenes del poder).
La crítica radical, como expresión de libertad y fundamento político de una nueva subjetividad de la resistencia de los oprimidos, puede detener al poder injusto y opresor, poniéndole límites y evitando sus excesos. La crítica como contrapoder podrá desenmascarar la dominación autoritaria, depredadora, soberbia, frívola. Y ya le decía el Viejo Antonio al sup Marcos: Si no puedes tener la razón y la fuerza, escoge siempre la razón y deja que el enemigo tenga la fuerza. En muchos combates puede la fuerza obtener la victoria, pero en la lucha toda sólo la razón vence. El poderoso nunca podrá sacar razón de su fuerza, pero nosotros siempre podremos obtener fuerza de la razón.

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